Aunque no seamos conscientes de ello, vivimos en un mundo plagado de estereotipos que reflejan opiniones generalizadas en la sociedad. La psicóloga estadounidense Susan Fiske analiza desde hace un cuarto de siglo cómo nos formamos impresiones de los demás y cómo afectan los prejuicios culturales a nuestras relaciones.
Los catalanes son unos peseteros y los andaluces, vagos y exagerados. Los franceses suelen ser estirados y chovinistas; y los italianos, unos machistas. A las mujeres les gusta ir de compras, hablan por los codos y les cuesta aparcar; a los hombres, en cambio, se les da bien la tecnología y son más pragmáticos. Vivimos en un mundo de estereotipos con los que nos manejamos a diario y que inundan la mayoría de nuestras conversaciones. Pero aunque no seamos conscientes de ello, responden a prejuicios que están en la base de la discriminación. La investigadora social Susan Fiske estudia cómo afectan a nuestra forma de relacionarnos con los demás.
–¿Tan difícil es llegar a entendernos?
–¡Las personas somos complicadas! El hecho de mirar a una a la cara y poder formarnos una impresión de cómo es, de si es simpática, de su personalidad o de su grado de lealtad resulta fascinante. Lo más increíble es que sólo necesitamos una fracción de segundo para decidir si confiamos o no en ella. Aunque, claro, tenemos que hacerlo así para poder sobrevivir.
–¿Y cómo lo hacemos?
–Cuando conocemos a alguien, nos fijamos, sobre todo, en su boca, en si nos parece que está ligeramente sonriente o, por el contrario, denota enfado. Así inferimos si una persona es dominante o afable. También influyen los rasgos de madurez de sus facciones. Cuanto más masculinas sean, más seguras nos parecen. En mi laboratorio estudiamos los distintos grupos sociales y morales a los que pertenece la gente y analizamos qué ven los demás cuando miran a la cara a miembros de otros colectivos. Hemos descubierto que la primera clasificación que hacemos tiene que ver con la etnia, la edad y el género. La clase social nos resulta algo más complicada, aunque también la acabamos pescando rápidamente.
–¿Nos bastan esas clasificaciones para comprender a los demás?
–Hace algunos años comenzamos un estudio sistemático de todas las técnicas que la gente usa para comprender y dar sentido a los individuos y a los distintos grupos sociales. Por ejemplo, imagina que tu gobierno te dice que hay un conjunto bastante numeroso de inmigrantes que van a venir a tu país. Ante esa noticia, lo primero que quieres saber es cuáles son sus intenciones y si van a participar en la economía, o si, por el contrario, lo hacen con la intención de competir con nosotros.
–A menudo compartimos una misma opinión sobre los chinos o sudamericanos que viven en España. ¿Cómo se generan esos juicios de valor globales?
–A partir de la percepción que tenemos de si un grupo nuevo de individuos es competitivo o cooperativo. Los colectivos que están vistos como explotadores no nos gustan; y, si además son de fuera, no nos caen bien. Tampoco nos agrada la gente pobre. Es algo generalizado que suele darse en todo el mundo. En cambio, los estereotipos concretos dependen de cada cultura. Por ejemplo, el tópico que se tiene en España sobre los pakistaníes quizá no tiene nada que ver con el que hay en Gran Bretaña, donde tienen una imagen muy negativa; los ingleses suelen verlos como gente que quiere aprovecharse de la sociedad británica. En cambio, para un estadounidense son gente hábil con la tecnología, pero no muy sociable.
–¿Tiene alguna idea sobre cómo se forjan esos estereotipos?
–No lo sabemos. En parte, depende del tipo de empleos que consiguen los que vienen de fuera, de su cultura de origen y de la cultura a la que llegan; de si la labor que realizan se percibe como beneficiosa... De alguna manera, la estructura social determina el estereotipo, este determina la emoción, y la emoción, el comportamiento.
–¿Esas emociones que nos despiertan los demás son innatas o culturalmente aprendidas?
–En general, creamos esterotipos a través de la cultura, aunque la sensación de incomodidad ante quienes son diferentes resulta natural. Incluso les ocurre a los bebés: a las pocas semanas ya perciben las diferencias entre personas de distintas etnias. Por ejemplo, si el pequeño es blanco se sorprende ante una persona negra la primera vez que la ve, y no tiene por qué sentirse necesariamente a gusto con ella. La diferencia nos incomoda, pero podemos acostumbrarnos a ella. Los estereotipos concretos parten de esas disimilitudes y, en último término, estas adquieren significado en función de la cultura y la representación que se haga de ella.
–¿Y qué parte de nuestro cerebro se encarga de juzgar a los otros?
–Elaboramos los juicios de valor en la amígdala, una zona implicada en muchas acciones, desde las funciones visuales más básicas hasta la capacidad para mantenernos alerta. También está relacionada con la percepción que tenemos de alguien. De hecho, cuanto más sentimos que podemos depositar nuestra confianza en una persona, menos se activa esta zona del cerebro, y cuanto más desconfiamos, más activa está. En las emociones, la amígdala también desempeña un papel importante. Por eso, en mi grupo de investigación de Princeton decidimos estudiar la respuesta de esta región de los sesos cuando la gente se enfrenta a colectivos distintos. Hicimos un experimento: seleccionamos un grupo de personas a las que les preguntamos por determinados grupos sociales y cómo se sentían con ellos y hacia ellos. La reacción que mostraban los europeos ante vagabundos, drogadictos y gitanos era de desprecio. La sociedad suele ver con repugnancia estos colectivos, a los que considera esencialmente “sucios”.
entrevista333b–Sentimos repugnancia, pero también pena...
–Durante el congreso de neurociencias organizado por la Cátedra El Cerebro Social de la Universidad Autónoma de Barcelona que se celebró en esta ciudad en noviembre de 2008, presentamos un gran hallazgo que hemos detectado gracias a las técnicas de neuroimagen. Mediante ellas descubrimos que un área del cerebro denominada córtex medio prefrontal se activa cuando pensamos en otras personas o intentamos adivinar lo que están pensando. Esto es así tanto si se trata de un sin techo o de nuestra propia madre. Sin embargo, cuando miramos una imagen de un pobre o de un drogadicto... ¡no se ilumina! Es como si mirásemos un cubo de basura. En cambio, lo que sí lo hace es la ínsula, una parte de los sesos que se encuentra asociada con la sensación de repugnancia. Por lo tanto, al ver la imagen de una persona de estos colectivos, lo que de verdad pensamos es: “me resulta repugnante, no quiero mirarla, no quiero pensar en cómo es, no quiero tener nada que ver con ella”.
–¿Por qué?
–Nos suele preocupar, en general, la suciedad y la indeterminación. Ante imágenes de personas enfermas o mal aseadas, las reacciones que se obtienen son universales. En otra de las investigaciones solicitamos a los voluntarios que nos dijesen qué grupos sociales había en su sociedad y que valorasen si se podía confiar en ellos y cosas así. Curiosamente, todos respondieron siempre que los pobres y los grupos nómadas les resultaban desagradables.
–¿Podría tratarse entonces de una respuesta biológica?
–Es potencialmente biológica la tendencia a la calma y a la jerarquía. Por eso, determinados grupos nos suponen un problema, ya que desequilibran estos factores. Es el caso de la gente mayor; hoy en día no se respeta demasiado a los ancianos, a diferencia de lo que ocurría en el pasado. Pensamos que son amables, pero dudamos de su competencia. Ocurre lo mismo con los discapacitados. Nos compadecemos de ellos porque nos consideramos mejores. Paradójicamente, ayudamos a esos grupos a la vez que los ignoramos.
–¿Por qué esos colectivos frágiles generan esa respuesta?
–Por una parte, el cerebro parece deshumanizar a los adictos y a los sin techo. Por otra, los grupos que vienen de fuera y tienen éxito nos producen envidia, un sentimiento muy peligroso, porque tendemos a asociar el motivo que causa este sentimiento con esos grupos. Eso puede llegar a provocar ira.
–Pero esos sentimientos de rechazo también hacen que nos sintamos culpables...
–Las decisiones morales que tomamos dependen de nuestras consideraciones personales acerca de si esa persona es responsable de estar en su situación. Todo el mundo espera llegar a viejo, por lo tanto, no culpas a la gente mayor de serlo. En cambio, en lo que respecta a los pobres, la cosa cambia y depende, por ejemplo, de si consideramos que son vagos o trabajadores.
–¿Y la moral no tiene nada que ver en todo esto?
–La moral es una determinación cultural y está en casi todos los grupos humanos. Así, casi todas las sociedades opinan que el incesto está mal, de la misma manera que piensan que una persona enferma es desagradable y, por tanto, se apartan de ella. Se puede intentar elaborar un argumento desde el punto de vista de la evolución para explicar ciertos estigmas. Por ejemplo, cuando hace millones de años alguien tenía malas intenciones hacia el grupo, se le excluía.
–A veces, no obstante, esas impresiones que nos formamos no son muy precisas.
–Son consideraciones con las que intentamos descubrir qué hay en la mente del otro. Observamos a la gente, estamos pendientes de lo que dicen y de cómo se comportan.Y eso tiene su lógica, ya que necesitamos tomar decisiones sobre los otros rápidamente; si somos de grupos distintos, tenemos que estar seguros de que no han venido a matarnos. En realidad, no puedes funcionar en un grupo a menos que hagas suposiciones sobre otras personas. Es así como hemos desarrollado maneras de emitir juicios de confianza y desconfianza.
–¿Podemos deshacernos de los estereotipos?
–¡Claro! En general, basta con dar a la gente información sobre ese colectivo y tranquilizarla sobre sus propósitos. Otra forma de romper sus creencias es establecer un contacto entre los grupos minoritarios y los mayoritarios, ponerlos en igualdad de condiciones para que cooperen en pos de un mismo objetivo. Puede que al principio haya fricciones, pero la interacción hace que los sentimientos cambien.
–¿Pueden rastrearse esos clichés en el cerebro?
–En mi laboratorio utilizamos una metodología combinada: por una parte, preguntamos a la gente cómo se siente hacia determinados colectivos, les enseñamos fotos y observamos sus reacciones. A continuación examinamos con técnicas de neuroimagen qué piensan, qué dicen y qué áreas del cerebro se encargan de procesar esas ideas. Analizamos qué partes se activan en el córtex medio y prefrontal, en la amígdala y en la ínsula. Uno de los últimos estudios que estamos desarrollando tiene que ver con cómo percibimos a los demás hombres y mujeres. Cuando a ellos les enseñamos fotos de mujeres en bikini y con ropa son incapaces de recordar las caras, pero ¡sí los bikinis! Al mirar a través del escáner qué pasaba en sus cerebros, vimos que estaba desactivada la región que se pone en marcha cuando nos formamos una impresión sobre los demás. Además, cuanto más sexista era el hombre, menos pensaba en la personalidad de las mujeres en bañador. En este caso, no las deshumanizaban, sino que las convertían en objetos.
–¿Y las mujeres?
–Es el próximo paso, aunque estoy casi segura de que ellas se preocuparán más por pensar en qué tipo de persona tienen delante. ¡Pero ya veremos!
Cristina Sáez
Este es un espacio para compartir unas serie de temas sobre las ciencias cognitivas y áreas del saber relacionadas
martes, 27 de enero de 2009
Cerebro artificial
Investigadores de la Universidad del Sur de California están dando los primeros pasos hacia el desarrollo de cerebros sintéticos creando neuronas a partir de nanotubos de carbono que imitan algunas funciones cerebrales.
“En este momento aún no sabemos si crear un cerebro artificial completo será posible” dice la ingeniera Alice Parker. “Puede llevarnos décadas crear algo que se parezca mínimamente al cerebro humano, pero obtener piezas como un sistema de visión artificial o una cóclea sintética que interactúen con un cerebro real podría estar disponible bastante pronto”, vaticina.
A diferencia de los programas informáticos (software) que simulan la actividad cerebral, el cerebro sintético estaría formado por hardware que imitaría a las neuronas. Y por lo tanto, cada una de estas células artificiales debería poseer también la compleja plasticidad necesaria para aprender con la experiencia y adaptarse a los cambios en el entorno.
El segundo reto tiene que ver con el espacio. Si para el año 2022 se construyera un cerebro sintético con la tecnología actual, se necesitarían billones de neuronas artificiales que ocuparían una habitación completa. “Obviamente la tecnología tendrá que reducir su tamaño si queremos usarla en un ser humano o para fabricar un cerebro robótico”, dice Parker. A estas dificultades hay que añadir que el cerebro nunca se apaga, lo que en el terreno de lo sintético supondría un problema de suministro de energía.
Aunque antes de llegar a todo eso hay que resolver el problema de las conexiones y comunicaciones neuronales. Cada neurona del córtex cerebral está conectada a decenas de miles de compañeras. Se necesitan muchas matemáticas y complejas operaciones computaciones para conseguir que neuronas artificiales de carbono reciban y transmitan señales tal y como sucede en nuestro órgano pensante.
Parker y sus compañeros han escogido los nanotubos de carbono para sus experimentos porque, gracias a su estructura tridimensional, permite establecer "conexiones en todas las direcciones y planos". Además de que una prótesis de este material orgánico tendría menos peligro de ser rechazada por el cuerpo humano.
Al margen de los retos tecnológicos, desarrollar un cerebro sintético, o incluso sólo una parte, también plantea cuestiones bioéticas. Por ejemplo, si como apuntan las últimas investigaciones el papel de las emociones en el aprendizaje y el resto de las funciones cerebrales es tan importante, habrá que entender cómo funcionan a nivel molecular.
“En este momento aún no sabemos si crear un cerebro artificial completo será posible” dice la ingeniera Alice Parker. “Puede llevarnos décadas crear algo que se parezca mínimamente al cerebro humano, pero obtener piezas como un sistema de visión artificial o una cóclea sintética que interactúen con un cerebro real podría estar disponible bastante pronto”, vaticina.
A diferencia de los programas informáticos (software) que simulan la actividad cerebral, el cerebro sintético estaría formado por hardware que imitaría a las neuronas. Y por lo tanto, cada una de estas células artificiales debería poseer también la compleja plasticidad necesaria para aprender con la experiencia y adaptarse a los cambios en el entorno.
El segundo reto tiene que ver con el espacio. Si para el año 2022 se construyera un cerebro sintético con la tecnología actual, se necesitarían billones de neuronas artificiales que ocuparían una habitación completa. “Obviamente la tecnología tendrá que reducir su tamaño si queremos usarla en un ser humano o para fabricar un cerebro robótico”, dice Parker. A estas dificultades hay que añadir que el cerebro nunca se apaga, lo que en el terreno de lo sintético supondría un problema de suministro de energía.
Aunque antes de llegar a todo eso hay que resolver el problema de las conexiones y comunicaciones neuronales. Cada neurona del córtex cerebral está conectada a decenas de miles de compañeras. Se necesitan muchas matemáticas y complejas operaciones computaciones para conseguir que neuronas artificiales de carbono reciban y transmitan señales tal y como sucede en nuestro órgano pensante.
Parker y sus compañeros han escogido los nanotubos de carbono para sus experimentos porque, gracias a su estructura tridimensional, permite establecer "conexiones en todas las direcciones y planos". Además de que una prótesis de este material orgánico tendría menos peligro de ser rechazada por el cuerpo humano.
Al margen de los retos tecnológicos, desarrollar un cerebro sintético, o incluso sólo una parte, también plantea cuestiones bioéticas. Por ejemplo, si como apuntan las últimas investigaciones el papel de las emociones en el aprendizaje y el resto de las funciones cerebrales es tan importante, habrá que entender cómo funcionan a nivel molecular.
El ritmo es innato en nuestra especie
Si la música rock le hace vibrar y al oir el tac-pum tac-pum-pum de una batería no puede evitar mover los pies acompasadamente, sepa que no es el único. Los recién nacidos llegan al mundo con una capacidad innata para detectar el ritmo regular, según revela un estudio publicado hoy en la revista PNAS.
La música, concluyen los autores, es apreciada desde el útero materno, y una vez que nacemos podemos sentir el ritmo incluso mientras dormimos. Para probarlo, el húngaro Istvan Winkler trabajó con 14 niños sanos de 37 a 40 semanas de edad, a quienes les hizo escuchar algunas canciones Rhythm & Blues mientras medía la actividad de su cerebro con electrodos no invasivos. Cuando probó a eliminar algún golpe del ritmo, el investigador y su equipo comprobaron que los pequeños reaccionaban negativamente, detectando una violación de sus expectativas sensoriales. "El sistema auditorio de un bebé funciona del mismo modo que el adulto, haciendo continuamente predicciones”, explica Winkler.
Los resultados indican que la percepción de un sonido rítmico, y posiblemente otros aspectos de la apreciación musical, nos acompañan desde que nacemos, lo que implica que la música podría tener ventajas evolutivas para los seres humanos. Además, si bien el desarrollo del lenguaje tarda mucho, el nuevo estudio confirma que la música es el primer lenguaje que los padres deberían usar para comunicarse con sus hijos.
La música, concluyen los autores, es apreciada desde el útero materno, y una vez que nacemos podemos sentir el ritmo incluso mientras dormimos. Para probarlo, el húngaro Istvan Winkler trabajó con 14 niños sanos de 37 a 40 semanas de edad, a quienes les hizo escuchar algunas canciones Rhythm & Blues mientras medía la actividad de su cerebro con electrodos no invasivos. Cuando probó a eliminar algún golpe del ritmo, el investigador y su equipo comprobaron que los pequeños reaccionaban negativamente, detectando una violación de sus expectativas sensoriales. "El sistema auditorio de un bebé funciona del mismo modo que el adulto, haciendo continuamente predicciones”, explica Winkler.
Los resultados indican que la percepción de un sonido rítmico, y posiblemente otros aspectos de la apreciación musical, nos acompañan desde que nacemos, lo que implica que la música podría tener ventajas evolutivas para los seres humanos. Además, si bien el desarrollo del lenguaje tarda mucho, el nuevo estudio confirma que la música es el primer lenguaje que los padres deberían usar para comunicarse con sus hijos.
viernes, 23 de enero de 2009
Evolución sexual
Una nueva investigación de la Universidad de Pittsburgh finalmente podría proporcionar pruebas sobre las etapas iniciales de la evolución de los sexos separados, una teoría que sostiene que machos y hembras evolucionaron de ancestros hermafroditas. Se sabe muy poco sobre estas etapas iniciales, debido al mucho tiempo transcurrido desde entonces, lo cual ha dificultado, o en algunos aspectos imposibilitado, el estudio de esa transición.
Sin embargo, Tia Lynn Ashman, una ecóloga especializada en la evolución vegetal, del Departamento de Ciencias Biológicas de la citada universidad, ha documentado la evolución inicial de sexos separados en una especie de fresa silvestre que aún realiza una transición desde el hermafroditismo.
Estos resultados también se aplican a los animales (mediante la teoría unificada) y proporcionan la primera prueba que apoya a la teoría que sostiene que el establecimiento de sexos separados fue consecuencia de una mutación genética en genes hermafroditas que condujo a cromosomas sexuales masculinos y femeninos. Con la capacidad de reproducirse pero sin el riesgo de engendrar descendencia con defectos por culpa de la autofertilización en los hermafroditas, los sexos separados prosperaron.
El estudio también muestra que las plantas pueden proporcionar conocimientos sobre la evolución animal y humana. "Tenemos la oportunidad de observar la evolución de cromosomas sexuales en las plantas porque esa evolución es más reciente", apunta Ashman. "No veríamos esto en los animales porque los cromosomas sexuales se desarrollaron hace mucho tiempo. En su lugar, podemos realizar un estudio de una especie que ahora esté en esa etapa inicial y aplicarlo a los animales basándonos en la teoría unificada, la que sostiene que la biología animal y la vegetal se superponen a menudo".
Para el estudio actual, Ashman y Rachel Spigler trabajaron con una especie de fresa silvestre en la cual no está completa la evolución de sexos separados, de forma que existen plantas hermafroditas entre las plantas masculinas y femeninas. Los cromosomas sexuales en estas plantas tienen dos posiciones de genes en un cromosoma: una que controla la esterilidad y la fertilidad en las plantas masculinas y la otra en las femeninas. Los descendientes que heredan ambas versiones de fertilidad son plantas hermafroditas capaces de autorreproducirse. Las plantas que poseen una versión de fertilidad y una de esterilidad se convierten en masculinas o femeninas. Aquellas que tienen ambas versiones de esterilidad son completamente estériles, no pueden reproducirse, y, de este modo, mueren sin dejar descendencia.
Las plantas de un solo sexo no sólo se reproducen entre sí, sino también con plantas hermafroditas, y transmiten la mutación, lo cual puede originar descendientes de un solo sexo. También puede originar plantas estériles, pero las plantas con genes que favorezcan la producción de descendientes fértiles tienden a ser más exitosas.
Cuando se tienen en cuenta los efectos nocivos de la autofertilización en las hermafroditas, se debe esperar un descenso gradual del número de plantas de esta clase. Como consecuencia, se trasmitirán menos cromosomas con ambas versiones de fertilidad y aumentará la frecuencia de individuos de un solo sexo.
Scitech News
Sin embargo, Tia Lynn Ashman, una ecóloga especializada en la evolución vegetal, del Departamento de Ciencias Biológicas de la citada universidad, ha documentado la evolución inicial de sexos separados en una especie de fresa silvestre que aún realiza una transición desde el hermafroditismo.
Estos resultados también se aplican a los animales (mediante la teoría unificada) y proporcionan la primera prueba que apoya a la teoría que sostiene que el establecimiento de sexos separados fue consecuencia de una mutación genética en genes hermafroditas que condujo a cromosomas sexuales masculinos y femeninos. Con la capacidad de reproducirse pero sin el riesgo de engendrar descendencia con defectos por culpa de la autofertilización en los hermafroditas, los sexos separados prosperaron.
El estudio también muestra que las plantas pueden proporcionar conocimientos sobre la evolución animal y humana. "Tenemos la oportunidad de observar la evolución de cromosomas sexuales en las plantas porque esa evolución es más reciente", apunta Ashman. "No veríamos esto en los animales porque los cromosomas sexuales se desarrollaron hace mucho tiempo. En su lugar, podemos realizar un estudio de una especie que ahora esté en esa etapa inicial y aplicarlo a los animales basándonos en la teoría unificada, la que sostiene que la biología animal y la vegetal se superponen a menudo".
Para el estudio actual, Ashman y Rachel Spigler trabajaron con una especie de fresa silvestre en la cual no está completa la evolución de sexos separados, de forma que existen plantas hermafroditas entre las plantas masculinas y femeninas. Los cromosomas sexuales en estas plantas tienen dos posiciones de genes en un cromosoma: una que controla la esterilidad y la fertilidad en las plantas masculinas y la otra en las femeninas. Los descendientes que heredan ambas versiones de fertilidad son plantas hermafroditas capaces de autorreproducirse. Las plantas que poseen una versión de fertilidad y una de esterilidad se convierten en masculinas o femeninas. Aquellas que tienen ambas versiones de esterilidad son completamente estériles, no pueden reproducirse, y, de este modo, mueren sin dejar descendencia.
Las plantas de un solo sexo no sólo se reproducen entre sí, sino también con plantas hermafroditas, y transmiten la mutación, lo cual puede originar descendientes de un solo sexo. También puede originar plantas estériles, pero las plantas con genes que favorezcan la producción de descendientes fértiles tienden a ser más exitosas.
Cuando se tienen en cuenta los efectos nocivos de la autofertilización en las hermafroditas, se debe esperar un descenso gradual del número de plantas de esta clase. Como consecuencia, se trasmitirán menos cromosomas con ambas versiones de fertilidad y aumentará la frecuencia de individuos de un solo sexo.
Scitech News
Como la actividad social afecta la genética de la especie
Una nueva investigación sugiere que ciertos sucesos ocurridos en siglos recientes tienen un impacto sustancial sobre los patrones de la diversidad genética en el suroeste de Europa. El estudio muestra que los patrones geográficos de ascendencia de la población parecen estar influenciados por las conversiones religiosas tanto de judíos como de musulmanes en la Península Ibérica.
La mayoría de los estudios sobre la diversidad genética europea se ha centrado sobre las variaciones a gran escala y las interpretaciones basadas en acontecimientos ocurridos durante la prehistoria, pero las emigraciones y las invasiones en épocas históricas pueden tener también efectos profundos sobre el "paisaje" genético.
El profesor Mark A. Jobling, del Departamento de Genética en la Universidad de Leicester, y sus colegas, realizaron un sofisticado análisis genético de 1.140 hombres de la Península Ibérica y de las Islas Baleares, centrándose en el cromosoma Y, el que es transmitido del padre al hijo.
Los investigadores encontraron un nivel remarcablemente alto de ascendencia judía sefardita (19,8 por ciento) y del norte de África (10,6 por ciento) en esta enorme muestra de cromosomas Y modernos. La Península Ibérica tiene un pasado reciente complejo, con la residencia durante largo tiempo de estas dos poblaciones con orígenes geográficos diferentes y características religiosas y culturales únicas.
La gran proporción de ancestros judíos sefarditas detectada no se ajusta a las expectativas que cabría esperar a partir de los registros históricos. Estas proporciones sugieren, según Jobling, un elevado nivel de conversión religiosa, ya fuese voluntaria o forzada, promovida por episodios históricos de intolerancia social y religiosa que condujeron finalmente a la integración de los descendientes dentro del grupo social dominante, ante lo poco conveniente de seguir fuera de tal grupo.
Adicionalmente, el linaje del norte de África en las poblaciones ibéricas exhibe una baja diversidad. La distribución geográfica de la ascendencia del norte de África en la península no refleja la colonización inicial y la posterior retirada. Es probable que fuera resultado de un movimiento poblacional posterior y forzado, que está más marcado en algunas regiones que en otras, según Jobling.
La investigación demuestra que tanto los episodios de inmigración desde Oriente Medio como desde el Norte de África, en los últimos dos milenios, y la introducción de nuevos tipos de cromosoma Y, eventos todos ellos impulsados por la conversión religiosa y los matrimonios mixtos, han tenido un gran impacto sobre las poblaciones modernas en España, Portugal y las Islas Baleares. Además, los hallazgos demuestran que la historia reciente debe ser tomada en consideración cuando se investiguen los impactos de los acontecimientos ocurridos durante la prehistoria temprana de Europa.
Scitech News
La mayoría de los estudios sobre la diversidad genética europea se ha centrado sobre las variaciones a gran escala y las interpretaciones basadas en acontecimientos ocurridos durante la prehistoria, pero las emigraciones y las invasiones en épocas históricas pueden tener también efectos profundos sobre el "paisaje" genético.
El profesor Mark A. Jobling, del Departamento de Genética en la Universidad de Leicester, y sus colegas, realizaron un sofisticado análisis genético de 1.140 hombres de la Península Ibérica y de las Islas Baleares, centrándose en el cromosoma Y, el que es transmitido del padre al hijo.
Los investigadores encontraron un nivel remarcablemente alto de ascendencia judía sefardita (19,8 por ciento) y del norte de África (10,6 por ciento) en esta enorme muestra de cromosomas Y modernos. La Península Ibérica tiene un pasado reciente complejo, con la residencia durante largo tiempo de estas dos poblaciones con orígenes geográficos diferentes y características religiosas y culturales únicas.
La gran proporción de ancestros judíos sefarditas detectada no se ajusta a las expectativas que cabría esperar a partir de los registros históricos. Estas proporciones sugieren, según Jobling, un elevado nivel de conversión religiosa, ya fuese voluntaria o forzada, promovida por episodios históricos de intolerancia social y religiosa que condujeron finalmente a la integración de los descendientes dentro del grupo social dominante, ante lo poco conveniente de seguir fuera de tal grupo.
Adicionalmente, el linaje del norte de África en las poblaciones ibéricas exhibe una baja diversidad. La distribución geográfica de la ascendencia del norte de África en la península no refleja la colonización inicial y la posterior retirada. Es probable que fuera resultado de un movimiento poblacional posterior y forzado, que está más marcado en algunas regiones que en otras, según Jobling.
La investigación demuestra que tanto los episodios de inmigración desde Oriente Medio como desde el Norte de África, en los últimos dos milenios, y la introducción de nuevos tipos de cromosoma Y, eventos todos ellos impulsados por la conversión religiosa y los matrimonios mixtos, han tenido un gran impacto sobre las poblaciones modernas en España, Portugal y las Islas Baleares. Además, los hallazgos demuestran que la historia reciente debe ser tomada en consideración cuando se investiguen los impactos de los acontecimientos ocurridos durante la prehistoria temprana de Europa.
Scitech News
Enfluencia emocional
Martes, 20 de Enero de 2009 10:41
Todos sabemos que aunque las cosas nos vayan muy bien, si las personas con las que nos unen vínculos afectivos son desgraciadas, no seremos tan felices como lo seríamos si ellas también fuesen afortunadas. En un estudio reciente se ha intentado rastrear a gran escala la influencia de la felicidad de las personas cercanas sobre la de uno mismo.
Nicholas Christakis, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, y James Fowler, de la Universidad de San Diego en California, analizaron datos recolectados durante el Framingham Heart Study (Estudio Cardiaco de Framingham) para comprobar si la felicidad podía "contagiarse" de persona a persona, y si se forman grupos de felicidad dentro de las redes sociales.
En el Framingham Heart Study, 5124 adultos de entre 21 y 70 años de edad fueron reclutados y estudiados con el debido seguimiento entre 1971 y 2003, para examinar varios aspectos de su salud y su vida. Se pidió a los participantes identificar a sus familiares, amigos íntimos, lugar de residencia y lugar de trabajo, para garantizar que pudieran ser contactadas cada dos a cuatro años para el citado seguimiento. Los autores del nuevo estudio encontraron 53.228 lazos sociales entre los 5.124 participantes, y un total de 12.067 personas. Fowler y Christakis se centraron sobre las vidas de 4.739 participantes en el periodo desde 1983 hasta 2003.
Durante el estudio original, se recogieron datos adicionales sobre el estado de ánimo, empleando una escala de puntuación de la depresión.
Valiéndose de análisis estadísticos, los autores del nuevo estudio midieron cómo las redes sociales se correlacionaban con la felicidad manifestada. Encontraron no sólo que personas que vivían en la misma casa y que se volvían más felices elevaban la probabilidad de que los otros residentes ganaran también en felicidad, sino que además se vieron efectos similares en hermanos y hermanas que vivían cerca y hasta en vecinos con quienes hubiera buena relación.
Un aspecto importante de los resultados del estudio es la conclusión alcanzada por los investigadores de que una estrecha proximidad física es esencial para que la felicidad se contagie. Una persona será más feliz (con un 42 por ciento de probabilidades) si un amigo o amiga de ella, que viva a menos de media milla (unos 800 metros) pasa a ser feliz. El efecto es sólo del 22 por ciento para amigos que viven a una distancia mayor que esa pero inferior a dos millas (3,2 kilómetros), y disminuye hasta volverse insignificante a medida que la distancia física aumenta más.
Los hallazgos sugieren que las concentraciones de individuos felices resultan del contagio de felicidad de unos a otros, y que no son sólo el resultado de una tendencia de las personas a relacionarse con otras similares a ellas.
Conviene advertir, sin embargo, que en otra investigación también reciente, Jason Fletcher, de la Universidad de Yale, y Ethan Cohen-Cole, del Banco de la Reserva Federal de Boston, han alertado que los métodos empleados para detectar los efectos de las redes sociales en el estudio de Christakis y Fowler están sujetos a interpretaciones y valoraciones engañosas que podrían sugerir efectos inexistentes.
Scitech News
Todos sabemos que aunque las cosas nos vayan muy bien, si las personas con las que nos unen vínculos afectivos son desgraciadas, no seremos tan felices como lo seríamos si ellas también fuesen afortunadas. En un estudio reciente se ha intentado rastrear a gran escala la influencia de la felicidad de las personas cercanas sobre la de uno mismo.
Nicholas Christakis, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, y James Fowler, de la Universidad de San Diego en California, analizaron datos recolectados durante el Framingham Heart Study (Estudio Cardiaco de Framingham) para comprobar si la felicidad podía "contagiarse" de persona a persona, y si se forman grupos de felicidad dentro de las redes sociales.
En el Framingham Heart Study, 5124 adultos de entre 21 y 70 años de edad fueron reclutados y estudiados con el debido seguimiento entre 1971 y 2003, para examinar varios aspectos de su salud y su vida. Se pidió a los participantes identificar a sus familiares, amigos íntimos, lugar de residencia y lugar de trabajo, para garantizar que pudieran ser contactadas cada dos a cuatro años para el citado seguimiento. Los autores del nuevo estudio encontraron 53.228 lazos sociales entre los 5.124 participantes, y un total de 12.067 personas. Fowler y Christakis se centraron sobre las vidas de 4.739 participantes en el periodo desde 1983 hasta 2003.
Durante el estudio original, se recogieron datos adicionales sobre el estado de ánimo, empleando una escala de puntuación de la depresión.
Valiéndose de análisis estadísticos, los autores del nuevo estudio midieron cómo las redes sociales se correlacionaban con la felicidad manifestada. Encontraron no sólo que personas que vivían en la misma casa y que se volvían más felices elevaban la probabilidad de que los otros residentes ganaran también en felicidad, sino que además se vieron efectos similares en hermanos y hermanas que vivían cerca y hasta en vecinos con quienes hubiera buena relación.
Un aspecto importante de los resultados del estudio es la conclusión alcanzada por los investigadores de que una estrecha proximidad física es esencial para que la felicidad se contagie. Una persona será más feliz (con un 42 por ciento de probabilidades) si un amigo o amiga de ella, que viva a menos de media milla (unos 800 metros) pasa a ser feliz. El efecto es sólo del 22 por ciento para amigos que viven a una distancia mayor que esa pero inferior a dos millas (3,2 kilómetros), y disminuye hasta volverse insignificante a medida que la distancia física aumenta más.
Los hallazgos sugieren que las concentraciones de individuos felices resultan del contagio de felicidad de unos a otros, y que no son sólo el resultado de una tendencia de las personas a relacionarse con otras similares a ellas.
Conviene advertir, sin embargo, que en otra investigación también reciente, Jason Fletcher, de la Universidad de Yale, y Ethan Cohen-Cole, del Banco de la Reserva Federal de Boston, han alertado que los métodos empleados para detectar los efectos de las redes sociales en el estudio de Christakis y Fowler están sujetos a interpretaciones y valoraciones engañosas que podrían sugerir efectos inexistentes.
Scitech News
jueves, 22 de enero de 2009
Función del llanto
Todos hemos vivido alguna ocasión en que llorar nos ha servido para desahogarnos y sentirnos mejor. ¿Pero por qué es beneficioso llorar? Y, por otra parte, ¿realmente hay veces en que llorar pueda empeorar nuestro estado de ánimo en vez de mejorarlo? Los psicólogos Jonathan Rottenberg y Lauren M. Bylsma de la Universidad del Sur de Florida, junto con su colega Ad J.J.M. Vingerhoets de la Universidad de Tilburgo, han hecho algunos hallazgos interesantes sobre la psicología del llanto.
Estos psicólogos analizaron los testimonios detallados de más de 3.000 personas que experimentaron episodios recientes de llanto (fuera del laboratorio), y constataron que los efectos beneficiosos de llorar dependen de cuándo, dónde y por qué lo hace cada individuo en particular.
Los autores del estudio comprobaron que la mayoría de las personas que expusieron sus episodios recientes de llanto afirmaba haberse sentido mejor después de llorar. Sin embargo, un tercio de las personas informaba no haberse sentido mejor, y una décima parte aseveraba incluso haber experimentado un empeoramiento de su estado de ánimo después de llorar.
El análisis de los testimonios también reveló que las personas que al llorar recibieron apoyo social tenían mayores probabilidades de sentirse mejor después del llanto.
Las investigaciones realizadas hasta la fecha no han logrado establecer con claridad por qué llorar es beneficioso, pues, entre otras cosas, los resultados, a menudo, parecen depender de cómo se estudia el llanto. Por ejemplo, estudiarlo en directo y bajo condiciones de laboratorio entraña bastantes dificultades. Los voluntarios que acuden a un laboratorio para llorar y explicar cómo se sienten después, no suelen describir efectos positivos de la experiencia. En la mayoría de los casos, se sienten peor. Esto puede deberse a las condiciones estresantes inducidas por la propia investigación y el entorno del laboratorio, incluyendo por ejemplo ser filmados o contemplados mientras lloran. Esto a veces puede producir efectos negativos, como por ejemplo pasar vergüenza, que superan a los efectos beneficiosos usualmente producidos por el llanto.
Pese a todo, estos estudios realizados en laboratorios han generado datos detallados acerca de los efectos físicos del llanto. Llorar deja en el sujeto un efecto tranquilizante, que se traduce en una respiración más pausada, pero también acarrea experimentar una desagradable tensión nerviosa, que hace latir más deprisa el corazón y sudar más.
Sin embargo, el efecto relajante que el llanto tiene sobre el cuerpo suele durar más tiempo que la excitación desagradable. Ese efecto relajante puede surgir más tarde, neutralizando a la tensión nerviosa desatada al llorar, lo cual podría explicar por qué la gente tiende a recordar más la faceta beneficiosa del llanto.
La investigación realizada ha demostrado que los efectos del llanto también dependen de quién derrama las lágrimas. Por ejemplo, las personas con ansiedad o alteraciones del estado de ánimo son las que menos probabilidades tienen de experimentar los efectos positivos del llanto.
Estos psicólogos analizaron los testimonios detallados de más de 3.000 personas que experimentaron episodios recientes de llanto (fuera del laboratorio), y constataron que los efectos beneficiosos de llorar dependen de cuándo, dónde y por qué lo hace cada individuo en particular.
Los autores del estudio comprobaron que la mayoría de las personas que expusieron sus episodios recientes de llanto afirmaba haberse sentido mejor después de llorar. Sin embargo, un tercio de las personas informaba no haberse sentido mejor, y una décima parte aseveraba incluso haber experimentado un empeoramiento de su estado de ánimo después de llorar.
El análisis de los testimonios también reveló que las personas que al llorar recibieron apoyo social tenían mayores probabilidades de sentirse mejor después del llanto.
Las investigaciones realizadas hasta la fecha no han logrado establecer con claridad por qué llorar es beneficioso, pues, entre otras cosas, los resultados, a menudo, parecen depender de cómo se estudia el llanto. Por ejemplo, estudiarlo en directo y bajo condiciones de laboratorio entraña bastantes dificultades. Los voluntarios que acuden a un laboratorio para llorar y explicar cómo se sienten después, no suelen describir efectos positivos de la experiencia. En la mayoría de los casos, se sienten peor. Esto puede deberse a las condiciones estresantes inducidas por la propia investigación y el entorno del laboratorio, incluyendo por ejemplo ser filmados o contemplados mientras lloran. Esto a veces puede producir efectos negativos, como por ejemplo pasar vergüenza, que superan a los efectos beneficiosos usualmente producidos por el llanto.
Pese a todo, estos estudios realizados en laboratorios han generado datos detallados acerca de los efectos físicos del llanto. Llorar deja en el sujeto un efecto tranquilizante, que se traduce en una respiración más pausada, pero también acarrea experimentar una desagradable tensión nerviosa, que hace latir más deprisa el corazón y sudar más.
Sin embargo, el efecto relajante que el llanto tiene sobre el cuerpo suele durar más tiempo que la excitación desagradable. Ese efecto relajante puede surgir más tarde, neutralizando a la tensión nerviosa desatada al llorar, lo cual podría explicar por qué la gente tiende a recordar más la faceta beneficiosa del llanto.
La investigación realizada ha demostrado que los efectos del llanto también dependen de quién derrama las lágrimas. Por ejemplo, las personas con ansiedad o alteraciones del estado de ánimo son las que menos probabilidades tienen de experimentar los efectos positivos del llanto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)