miércoles, 27 de mayo de 2009

EL ANALISIS DE UTENSILIOS DE 13.000 AÑOS ATRAS REVELA SU USO PARA DESCUARTIZAR ANIMALES

El análisis bioquímico de un raro conjunto de objetos de piedra de la Civilización Clovis, desenterrados recientemente en la afueras de la ciudad de Boulder, en Colorado, EE.UU., indica que algunos de los utensilios fueron usados para descuartizar camellos y caballos de la edad de hielo, que poblaban Norteamérica hasta su extinción hace unos 13.000 años, según un estudio de la Universidad de Colorado en Boulder.

El estudio es el primero en identificar residuos proteicos de camellos extintos en herramientas de piedra en Norteamérica, y es sólo el segundo estudio en identificar residuos de proteínas equinas en un utensilio de la Civilización Clovis, según destaca el antropólogo Douglas Bamforth de la citada universidad, quien dirigió el estudio. El conjunto de objetos es uno de los pocos de la Cultura Clovis que han podido ser encontrados en Norteamérica.

Muchos arqueólogos creen que la Cultura Clovis coincide con la fecha en la que llegaron los primeros humanos al continente americano, viniendo desde Asia a través del Puente de Tierra de Bering, hace entre 13.000 y 13.500 años.

Este conjunto de enseres es conocido como la Colección Mahaffy, por habérsele dado el apellido del residente de Boulder y propietario de las tierras donde se hizo el hallazgo, Patrick Mahaffy. La colección es una de tan sólo dos de la Cultura Clovis que han sido analizadas en busca de residuos proteicos de mamíferos de la edad de hielo. El otro conjunto de enseres proviene del estado de Washington. Además de los residuos de camellos y de caballos en los artefactos, un tercer objeto de la Colección Mahaffy es la primera herramienta clovis en la que se hayan detectado vestigios de proteínas de oveja.

Docenas de especies de mamíferos norteamericanos se extinguieron a finales del Pleistoceno, incluyendo camellos americanos, caballos americanos, mamuts lanudos, tigres dientes de sable, rinocerontes lanudos, perezosos gigantes no arborícolas, y otros. Los científicos especulan con que esos mamíferos de la edad de hielo desaparecieron como resultado de la presión excesiva que la caza humana ejerció sobre ellos, o bien por culpa del cambio climático, o incluso a consecuencia de los estallidos en el aire de fragmentos de un cometa. Sin embargo, ninguna conclusión es lo bastante firme para convencer a todos. Las causas exactas de la extinción de esa fauna aún no están claras.

La Colección Mahaffy consta de 83 utensilios de piedra, incluyendo cuchillos y un hacha. Descubierto en Mayo del 2008 por Brant Turney, el conjunto de objetos fue desenterrado tras retirar la capa de tierra de unos 46 centímetros de grosor que lo cubría. Los enseres parecen no haber sido tocados desde que fueron guardados allí hace unos 13.000 años.

Scitech News

lunes, 25 de mayo de 2009

Por experiencia de otros

Mucha gente no acaba de aceptar que una fuente muy útil y fiable de información puede ser la experiencia de otro individuo. Las personas creen a menudo que la mejor manera de predecir cuán felices podrán ser con una experiencia futura es conociendo detalles sobre esa experiencia. Sin embargo, podría resultarles tanto o más útil conocer cuán felices han sido quienes han vivido ya dicha experiencia.

Ésta es la conclusión de un nuevo estudio dirigido por el psicólogo Daniel Gilbert de la Universidad de Harvard, en el cual se ha comprobado que si las personas quieren saber cuánto disfrutarán con una experiencia determinada, les resultará más útil saber cuánto disfrutó otra persona al vivir esa experiencia, que conocer detalles sobre la experiencia en sí misma.

"En lugar de cerrar los ojos e imaginar nuestro futuro, deberíamos examinar la experiencia de quienes han vivido esa situación", resume Gilbert.

Él y sus colegas estudiaron cómo las personas toman decisiones basadas en predicciones de cuánto placer, satisfacción o utilidad esas decisiones les traerán.

Se pidió a las personas analizadas en el estudio que predijeran cuánto disfrutarían un evento futuro sobre el cual no sabían absolutamente nada. De este modo, su ignorancia sobre el evento en sí mismo garantizaba que no pudieran recurrir a imaginarse viviendo la situación específica. A algunos individuos se les dijo cuánto disfrutó del mismo evento alguien del todo desconocido para ellos, y valiéndose de esta información fueron capaces de hacer predicciones excepcionalmente precisas.

En un experimento, por ejemplo, las mujeres predijeron cuánto disfrutarían de una "cita rápida" con un hombre.

Las citas rápidas, una forma cada vez más popular de conocerse para personas sin pareja, constan de sesiones en las que hombres y mujeres tienen numerosas "minicitas" con hasta 30 personas distintas, que suelen durar de tres a cinco minutos. Después de cada cita, el hombre y la mujer seleccionan una casilla en una tarjeta para apuntar si desearían volver a ver a la persona otra vez.

En el experimento, algunas mujeres no sabían nada sobre el hombre, excepto cuánto disfrutó con él otra mujer, a la que ellas no conocían de nada. Otras mujeres leyeron el perfil personal del hombre y vieron su fotografía.

Las mujeres que supieron del resultado de una experiencia previa de una desconocida con ese hombre hicieron mucho mejor el trabajo de predecir su propio disfrute de la cita rápida que aquellas que estudiaron el perfil del hombre y su fotografía.

Un dato interesante de los resultados del estudio es que las mujeres de ambos grupos esperaban equivocadamente que el perfil y la foto del hombre les permitirían hacer un pronóstico mucho más preciso de su experiencia futura con él que el testimonio de una desconocida, y mantuvieron esa creencia incluso después de terminar el experimento.

Creencias y memoria

Un equipo de investigadores ha descubierto que las personas de la tercera edad que creen que las personas mayores tendrían muy malos resultados en un test para comprobar la memoria, tienen un rendimiento peor que aquellas personas mayores que no hacen caso a los estereotipos sobre el envejecimiento y la pérdida de la memoria.

En este nuevo estudio, el profesor de psicología Tom Hess y un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, demuestran que la habilidad para recordar se ve afectada negativamente cuando se activan estereotipos negativos al respecto en una situación dada. Por ejemplo, los sujetos de la tercera edad tendrán un mal rendimiento en un test de memoria si se les dice que las personas mayores rinden muy poco en ese tipo específico de test. La memoria también se resiente si estas personas creen que son menospreciadas por otros individuos a causa de su edad avanzada.

“Estas situaciones pueden ser parte de la vida diaria de una persona mayor”, explica Hess. “Por ejemplo, preocuparse por lo que otros piensan sobre ellos en el trabajo, tiene un efecto negativo en su eficacia laboral y, refuerza, de este modo, el estereotipo negativo". Sin embargo, añade Hess, “la otra cara de la moneda es que aquellos que no se sienten estigmatizados, o se hallan en situaciones en las que se activan los puntos de vista más positivos sobre el envejecimiento, muestran niveles de memoria significativamente más altos”. Dicho de otra forma, si usted confía en que el envejecimiento no devastará su memoria, tendrá más probabilidades de llevar a cabo correctamente tareas de uso de la misma.

En el estudio también se descubrió un par de factores que afectaban al alcance de la influencia de los estereotipos negativos en las personas mayores. Por ejemplo, los individuos de entre 60 y 70 años de edad sufrían mucho más cuando estos estereotipos negativos se activaban, que lo que sufrían quienes estaban entre los 71 y los 82 años. Sin embargo, las personas de este último grupo, tenían un rendimiento peor cuando se sentían estigmatizadas.

En el estudio, también se desveló que los efectos negativos más fuertes los experimentaban aquellas personas mayores con niveles más altos de educación. “Nuestra interpretación es que se trata de algo que encaja con la idea de que aquellos que más valoran su habilidad para recordar cosas, son los que más probabilidades tienen de poseer una mayor sensibilidad ante las implicaciones negativas de los estereotipos y, por tanto, son también quienes más tienden a experimentar los problemas asociados a dichos estereotipos".

martes, 21 de abril de 2009

El ojo cooperativo



Una característica que nos diferencia de la mayoría de los mamíferos (a parte de usar tarjetas de crédito) es el hecho de que en nuestro caso se distingue fácilmente el “blanco de los ojos”, es decir, el hecho de que la superficie blanca de nuestra córnea es muy superior que la que tienen otras especies (Kobayashi and Kohshima, 1997). En una comparación sistemática de 92 especies de primates (incluidos nosotros) se encontró que 85 tenían una esclera uniforme de color pardo o pardo oscuro (Kobayashi and Kohshima, 2001). Dado que nuestros parientes cercanos (chimpancé, gorila) no comparten esta característica, cabe pensar que surgió en algún momento de nuestra evolución. La pregunta es: ¿confería alguna ventaja adaptativa a nuestros antecesores? Y en tal caso ¿qué ventaja?


La respuesta a la primera pregunta no es necesariamente afirmativa. Las características que observamos en las especies actuales no son siempre producto de la selección natural. Pueden ser debidas al azar o ser consecuencias indirectas de la selección de otros caracteres. Sin embargo, no puede descartarse que el blanco de los ojos tuviera una función en nuestra especie. Otros datos apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, en el ojo humano la superficie blanca es muy superior a la de otras especies (tres veces mayor que en nuestros parientes próximos) y el contraste entre el color del ojo y el color de la piel es muy alto en nuestro caso (y mucho más bajo en las especies estudiadas). Todo esto sugiere que diferentes características han tenido que combinarse para dar lugar al típico ojo humano.


¿Dónde podría estar la ventaja selectiva? Se han sugerido algunas explicaciones. Por ejemplo, podría servir como indicador de la salud del individuo, lo que podría contribuir a su éxito reproductivo (al ser preferido por individuos de sexo opuesto para aparearse). No obstante, esto debería aplicar de forma parecida a los chimpancés. Otra posibilidad es que esta característica facilitara en gran medida que otros individuos pudieran saber en qué dirección estamos mirando, con lo que podría aumentar notablemente la interacción ¿Y el hecho de que otros puedan saber a dónde estoy mirando constituye una ventaja? Depende. Podría serlo si los humanos evolucionamos un ambiente social cooperativo (podría ser una desventaja en caso contrario). Pero, precisamente, la capacidad de cooperación es una de las características genuinamente humanas y que nos distingue de los chimpancés y los gorilas. Este espíritu de grupo seguramente fue un factor importante en nuestro éxito como especie y nos ayudó a colonizar la mayoría de los hábitats del planeta. Según esta idea, denominada hipótesis del ojo cooperativo, el característico contraste de nuestros ojos fue seleccionado porque permitía una mayor co-orientación visual entre individuos, lo que haría más fácil la coordinación de tareas.


Sin duda, la hipótesis es interesante, pero cómo comprobarla. Michael Tomasello y sus colaboradores, del Instituto Max-Plank de Antropología Evolutiva de Leipzig, se han puesto a ello y nos lo cuentan en un artículo reciente de la revista Journal of Human Evolution (Tomasello et al., 2007). La idea es en principio simple. Si la hipótesis del ojo cooperativo es cierta, los humanos seguiríamos la mirada de otros individuos basándonos precisamente en la dirección a la que apuntan sus ojos y esperaríamos que eso no ocurriera en especies emparentadas (que no tienen blanco en los ojos). Para comprobar esta idea los investigadores compararon el comportamiento de bebés humanos con el de chimpancés (jóvenes y adultos). Un experimentador humano miraba al cielo “sólo con los ojos”, o bien “sólo con la cabeza” (con los ojos cerrados), o bien “con ambos a la vez”. Los chimpancés siguieron la mirada del experimentador basándose fundamentalmente en el movimiento de la cabeza (aunque los ojos jugaban también algún papel). En cambio, los bebés humanos se basaron casi exclusivamente en los movimientos oculares. Estos resultados apoyan la hipótesis del ojo cooperativo (más bien, una parte de ella), pero todavía estamos lejos de poder afirmar que la hipótesis está contrastada más allá de toda duda razonable. Entretanto, me quedo con los versos de Gutierre de Cetina.


Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.


Kobayashi, H., and Kohshima, S. (1997) Unique morphology of the human eye. Nature 387: 767-768.

Kobayashi, H., and Kohshima, S. (2001) Unique morphology of the human eye and its adaptive meaning: comparative studies on external morphology of the primate eye. J Hum Evol 40: 419-435.

Tomasello, M., Hare, B., Lehmann, H., and Call, J. (2007) Reliance on head versus eyes in the gaze following of great apes and human infants: the cooperative eyes hypothesis. Journal of Human Evolution 52: 314-320.

Rostros y primates

El término instinto está algo desprestigiado en la actualidad, pero tenemos que considerarlo en este blog ya que se encuentra justo en el núcleo del debate Naturaleza-Crianza. El concepto no es nuevo en absoluto. El gran filósofo norteamericano William James lo había desarrollado mucho antes (aunque no de forma experimental), y no tuvo ningún empacho en aplicarlo a la conducta humana. Sin embargo, actualmente los psicólogos son algo reacios a aplicar este término a los humanos. El problema es que la idea de una conducta totalmente programada desde el nacimiento e independiente por completo del medio, resulta útil para describir algunas situaciones, pero no todas. Con las conductas esterotipadas que observamos, por ejemplo en los insectos, el concepto de instinto se ajusta bastante bien. Pero cuando tratamos de explicar comportamientos más complejos, por ejemplo en mamíferos o aves, la cosa se complica. En general, cuanto mayor y más complejo sea el cerebro de un animal, su conducta estará gobernada más por el aprendizaje y menos por el instinto. El problema radica en que muchas de las pautas de conducta que se observan son en parte programadas y en parte aprendidas. De aquí que la dicotomía tajante entre instinto y aprendizaje no funcione.

Uno de los conceptos desarrollados por Konrad Lorenz es el denominado ‘imprinting’. Lorenz observó que los pollitos de ganso identificaban como ‘su madre’ al primer animal que veían nada más salir del cascarón. De hecho, durante un periodo de su vida se vio constantemente perseguido por un grupo de gansos jóvenes que le identificaban como tal. Este fenómeno debe de estar genéticamente programado y sólo funciona en un periodo de tiempo muy corto. Por otra parte, no puede negarse que los pollos ‘aprenden’ quién es su madre. En condiciones normales, este tipo de aprendizaje genéticamente controlado asegura que el pollito va a ‘aprender’ correctamente quién es su verdadera madre ¿Genético o aprendido?

Veamos otro caso. El pinzón vulgar (Fringilla coelebs) tiene un canto muy característico, que podría definirse como una breve y vigorosa cascada de aproximadamente 12 notas. Los pinzones criados en cautividad (y por tanto, privados del canto de un pinzón salvaje) desarrollan un canto irreconocible, aunque con el número de notas correcto. Si se los cría en grupos aislados entre sí, cada grupo desarrolla un canto diferente. Esto nos indica que el canto del pinzón es aprendido y no innato; sin embargo, si exponemos a los pinzones cautivos al canto de su propia especie y al de una especie diferente, invariablemente desarrollan el canto típico del pinzón. Esto nos indica que el pinzón reconoce de forma ‘instintiva’ el canto de su propia especie. Interesante ¿no?

El problema es que, en la mayoría de los casos, resulta muy difícil separar los efectos genéticos de los ambientales, a menos que recurriésemos a técnicas francamente drásticas. Por ejemplo, el faraón Psammeticus (siglo VII ac) pensaba que el lenguaje se adquiere de forma innata, de forma que un niño que creciera sin contacto con ninguna lengua hablaría la “lengua original”. Dicho y hecho, el faraón ordenó que dos niños fueran criados en completo aislamiento. Al cabo de algunos años, uno de ellos pronunció un sonido parecido a “bekos”, que en frigio significa “pan”. De aquí dedujo el faraón que el idioma original debía de ser el frigio. Por cierto, se dice que el rey Jaime V de Escocia también realizó el más que dudoso experimento. En este caso, el niño (criado por una mujer sorda en una cabina especialmente diseñada) acabó siendo incapaz de hablar lengua alguna.

Un experimento parecido (aunque menos cuestionable desde el punto de vista ético) es el que ha realizado el investigador japonés Yoichi Sugita, y nos lo cuenta en el último número del PNAS (1). En este caso, lo que Sugita quería averiguar es si el reconocimiento visual de caras tiene una base biológica en primates. Para ello crió a un grupo de monos (Macaca fuscata) completamente privados de la visión de un rostro (humano o de mono). Los cuidadores daban el biberón a los monitos con una especie de caperuza de tela, aunque se les proporcionó un ambiente visualmente rico (con flores de colores y juguetes vistosos, pero nada que recordase a un rostro).

El sistema visual de reconocimiento de caras es capaz de discriminar cambios sutiles (p.e. distinguiendo expresiones faciales). Algunos autores asumen que dicho sistema “viene de fábrica”, o sea, se encuentra organizado en el cerebro al nacer. Otros investigadores argumentan que el reconocimiento de caras tiene su origen en una capacidad perceptual más general, y que acaba “especializándose en caras” debido a l uso frecuente en esta tarea. En definitiva, tenemos planteado un debate Naturaleza-Crianza en miniatura, con la importante ventaja de que ahora nos estamos limitando a un tema concreto, por lo que es posible abordarlo de manera experimental.

Tras un periodo (6, 12 y 24 meses, dependiendo del grupo) los monitos fueron sometidos a experimentos visuales y comparados con el grupo de control, el cual había sido criado por otros monos. En primer lugar, se comprobó que todos los animales (privados o no) prefirieron estímulos visuales que contenían caras, fueran humanas o de macaco, frente a estímulos con otros motivos. Esto sugiere que los macacos tienen una idea innata de qué debe ser una cara, y coincide con experimentos anteriores acerca de las preferencias visuales de los bebés humanos. En segundo lugar, utilizando una técnica específica (visual paired-comparison procedure) se determinó si los pequeños macacos eran capaces de distinguir entre caras nuevas y familiares. Los macacos de control no tuvieron problemas en realizar esta tarea con caras de otros macacos, pero no eran capaces de discriminar en el caso de rostros humanos. Sin embargo, y esto es lo más interesante, los macacos no-condicionados fueron igualmente capaces de distinguir lo nuevo y lo familiar, tanto en caras humanas como de mono. Al parecer, una vez que los animales han llegado a “saber”, debido a la experiencia cotidiana, cuál es el tipo de rostro relevante para ellos, pierden su poder discriminatorio para otros tipos de caras. Este fenómeno es similar al denominado “efecto de la propia raza” en humanos. Dicho efecto nos hace capaces de distinguir rostros en personas de nuestra misma raza, pero no de otras (o al menos, con más dificultad). A los europeos, todos los asiáticos les parecen iguales (o al menos, tienen mucha menos capacidad de discriminar). Análogamente, a los asiáticos, las caras europeas les resultan difíciles de distinguir. Aunque estamos lejos de una explicación completa, el fenómeno parece ser similar al descrito por Lorenz: primero tenemos un sistema innato para procesar estímulos visuales similares a una cara; después, la experiencia nos indica qué tipo de caras son relevantes para nosotros y nuestro sistema se especializa, perdiendo capacidad con respecto a las caras que no corresponden con nuestra especie (o raza).




(1) Sugita, Y. (2008) “Face perception in monkeys reared with no exposure to faces”. PNAS 8:394-398.

lunes, 30 de marzo de 2009

Variaciones en el genóma del ancestro común

27 de Marzo de 2009.

El genoma del ancestro evolutivo común del hombre y de los simios modernos experimentó una inusual ráfaga de duplicación de segmentos de ADN, según desvela un nuevo estudio.

Los resultados de dicho estudio muestran grandes diferencias entre el genoma de los seres humanos y el de los simios, específicamente dentro de las secuencias duplicadas que albergan genes en rápida evolución. La mayoría de estas diferencias surgió durante una época inmediatamente anterior a la especiación (diferenciación en especies) de los chimpancés, gorilas y humanos.

Los investigadores Tomás Marqués-Bonet y Jeffrey M. Kidd, de la Universidad de Washington, encabezaron el estudio.

No está claro el por qué, pero el ancestro común de humanos, chimpancés y gorilas experimentó una actividad inusual de duplicación. Además, los científicos ni siquiera saben todavía qué funciones tienen la mayoría de los genes que fueron afectados por estas duplicaciones.

Tales ancestros, de los cuales descendemos humanos, gorilas y chimpancés, vivieron en África hace entre 8 y 12 millones de años. La mayoría de los científicos piensa que el linaje que finalmente condujo hasta los humanos y los chimpancés se separó de la línea evolutiva de los ancestros de los simios africanos hace entre 5 y 7 millones de años, poco más o menos.

Más sorprendente es que la aceleración en la duplicación de secuencias se produjo en una época durante la cual otros tipos de mutación se habían refrenado entre los linajes de los homínidos.

Hubo un incremento significativo en la actividad del genoma tanto en el número de eventos de duplicación como en el número de pares de bases de ADN que fueron afectadas.

El equipo encontró ejemplos sorprendentes de duplicaciones recurrentes de fragmentos de ADN que se produjeron de modo independiente en diferentes linajes. La mayoría de las duplicaciones compartidas ya estaban presentes en el ancestro común de los chimpancés y los humanos, pero éstas son muy variables en el número de copias entre y dentro de las especies de monos antropomorfos y los humanos.

Los científicos han tenido grandes dificultades para poder determinar por qué los humanos y los chimpancés difieren tanto en su físico como en su comportamiento, siendo tan similares genéticamente. Los chimpancés y los humanos compartimos casi el 99 por ciento de las secuencias no duplicadas de nuestros respectivos genomas, las proteínas de unos y otros son virtualmente idénticas, y hay muy pocas diferencias estructurales que permitan diferenciar a los cromosomas humanos de los del chimpancé. En cambio, las secuencias duplicadas muestran una variación mucho más amplia que las otras porciones del código genético.

No existe aún una respuesta definitiva sobre por qué los humanos y los chimpancés somos tan diferentes. Quizás las duplicaciones de los segmentos que son específicas para los humanos sean otro factor a explorar, o quizás lo que a los humanos nos hace distintos de los chimpancés no se encuentre en estas diferencias genéticas.

Información adicional en:

* Scitech News

martes, 17 de marzo de 2009

mapa cerebral completo

Crean el mapa cerebral más completo de la inteligencia humana
Establece la relación entre diversas áreas y habilidades cognitivas

Neurocientíficos del Instituto de Tecnología de California (Caltech) han conseguido realizar el mapeo cerebral más global de las habilidades cognitivas humanas. Con las tecnologías más avanzadas, se realizaron escáneres cerebrales a 241 personas con algún déficit cognitivo. Todas estas imágenes fueron después relacionadas con las puntuaciones de dichas personas en el test de inteligencia WAIS. Así, pudieron relacionarse diversas partes del cerebro con las puntuaciones obtenidas en diferentes indicadores de inteligencia, como la capacidad lingüística o la memoria de trabajo. Este mapeo resultará útil para localizar áreas del cerebro lesionadas o para predecir el cociente de inteligencia de una persona sin necesidad de realizarle un test de inteligencia. Por Yaiza Martínez.


Mapeo del cerebro. Fuente: Caltech.
Un equipo de neurocientíficos del Instituto de Tecnología de California (Caltech) ha realizado el mapeo cerebral más global de las habilidades cognitivas humanas realizado hasta la fecha.

Sus resultados han proporcionado una nueva comprensión sobre cómo diversos factores de nuestra inteligencia, mensurables con la puntuación de un “cociente de inteligencia” (IQ), dependen de regiones particulares del cerebro.

El neurocientífico Ralph Adolphs, profesor de psicología y neurociencias en el Caltech, y sus colaboradores reunieron mapas del cerebro realizados con dos tecnologías altamente avanzadas: las imágenes por resonancia magnética (MRI) (técnica que utiliza el fenómeno de la resonancia magnética para obtener información sobre la estructura y composición del cerebro); y la tomografía computerizada (CT) (que genera una imagen tridimensional del cerebro).

Todas estas imágenes fueron tomadas de un total de 241 pacientes neurológicos del registro de lesionados cerebrales de la Universidad de Iowa.

Relacionando el IQ con el cerebro

Estos pacientes presentaban algún grado de discapacidad cognitiva debido a infartos, resección de tumores o traumas en el cerebro.

Todos ellos fueron sometidos a un test de inteligencia denominado Wechsler Adult Intelligence Scale (WAIS), que es el test de inteligencia más usado en el mundo y que analiza la inteligencia global de los individuos, desde distintos aspectos.

El test WAIS refleja, en concreto, cuatro indicadores de inteligencia: el índice de comprensión (habilidad para entender y producir discursos y usar el lenguaje); el índice de organización perceptiva (procesamiento visual y espacial); el índice de memoria de trabajo (habilidad para guardar temporalmente información en la mente); y el índice de velocidad de procesamiento.

Después de transferir las imágenes cerebrales obtenidas a un marco de referencia común, desarrollado por la neurocientífico de la Universidad de Southern California, Hanna Damasio, y utilizando una técnica denominada voxel-based symptom-lesion mapping (mapeo de síntoma de lesión basado en voxel), donde cada voxel es una medida tridimensional de un volumen de un milímetro cúbico, Adolphs y sus colaboradores pudieron relacionar la localización de las lesiones cerebrales de los pacientes con las puntuaciones obtenidas por éstos en el test WAIS.

Mapeo de las habilidades cognitivas

Según declaró Adolphs en el comunicado del Caltech, con esta combinación de datos “la primera pregunta a la que hemos respondido es si había algunas partes del cerebro claves para la puntuación en los indicadores del test o si estas partes se encontraban distribuidas de una forma que no podían ser mapeada”.

Los resultados demostraron que sí podía mapearse la inteligencia: a excepción de la velocidad de procesamiento, que parece repartirse por todo el cerebro, el mapeo de las lesiones de los pacientes demostró que los otros tres indicadores de nuestra inteligencia dependen de áreas específicas del cerebro.

Así, las lesiones en la corteza frontal izquierda se asociaron con bajas puntuaciones en el índice de comprensión verbal; las lesiones en la corteza frontal izquierda y parietal (localizada detrás del lóbulo frontal) fueron asociadas con bajas puntuaciones en el índice de memoria de trabajo; y las lesiones en la corteza parietal derecha se relacionaron con las bajas puntuaciones en el índice de organización perceptiva.

El estudio reveló, por otro lado, que se suceden una gran cantidad de superposiciones en las regiones del cerebro responsables de la comprensión verbal y de la memoria de trabajo. Estas dos habilidades cognitivas, que aparecen como separadas en las mediciones del WAIS, podrían por tanto un solo tipo de inteligencia, puesto que tienen un lugar de origen similar en el cerebro.

Apoyo al diagnóstico

Según los científicos, los detalles sobre la estructura cerebral de la inteligencia suministrados por el estudio podrían resultar útiles en futuras revisiones del test WAIS, dado que diversas pruebas de éste están agrupadas en base a similitudes neuroanatómicas.

Además, el mapeo cerebral producido por el estudio podría ser utilizado como una herramienta de diagnóstico. Los especialistas podrían combinar el mapeo cerebral con los resultados de sus pacientes en el test de inteligencia WAIS para localizar áreas del cerebro lesionadas.

“Aunque insuficiente para servir como diagnóstico, el mapeo podría suministrar información que ayude a los médicos a establecer qué partes del cerebro son disfuncionales”, afirmó Adolphs. A la inversa, usar el mapeo cerebral para predecir el IQ de pacientes también sería posible, aseguran los científicos.

Estos descubrimientos proporcionan los mapas cerebrales de los factores de inteligencia y establecen recomendaciones específicas para la interpretación y la aplicación del WAIS al estudio de la inteligencia de personas sanas o con alguna deficiencia cognitiva, explican los investigadores en un artículo aparecido en Neuron.