Por Sharon Begley
Los “médicos” vudú creen que se puede dañar a una persona clavándole agujas al muñeco que la representa. Los especialistas en neurociencia social, un campo que busca la raíz cerebral de las interacciones sociales, piensan que la activación selectiva de determinada área del cerebro también tiene efectos precisos. Y puede explicar sentimientos tales como el prejuicio, el juicio moral, el temor y el rechazo social. Para Hal Pashler y Ed Vul, psicólogos de la Universidad de California en San Diego y el MIT, respectivamente, hay mucho de vudú en esa ciencia: en un trabajo que van a publicar este año en Perspectives of Psychological Science, puntualizan que los métodos y análisis son tan deficientes que los neurocientíficos deben dar marcha atrás, repetir sus experimentos y “corregir el registro”.
Las críticas se basan tanto en argumentos científicos como psicológicos y sociales. El público y la prensa están enamorados de las imágenes cerebrales. Y no es que se trate de hallazgos específicos que pueden asimilar (nadie va por la vida diciendo: “Mi corteza cingulada anterior es muy activa; seguro que estoy sintiendo rechazo social”), sino de algo mucho más profundo. La actividad cerebral se percibe como experiencias reales, como sentimientos o pensamientos. Cuando los escaneos revelan que el cerebro de los adictos se “ilumina” cuando ven los utensilios que utilizan en su hábito, el común de la gente considera la adicción como algo real, más biológico que cuando el adicto sólo dice que le dan ganas cuando ve una droga.
Las imágenes cerebrales comunican el mensaje equivocado (y la prensa tiene mucha de la culpa) de que pensamientos, emociones y respuestas son inmutables, lo que determina en buena medida la opinión que tenemos de nosotros mismos y de los demás, sobre todo cuando tomamos en cuenta el libre albedrío. Se acerca el día en que las imágenes cerebrales se utilicen para predecir conductas, actitudes y aptitudes. ¿Es posible que, en un futuro, las organizaciones de ayuda humanitaria utilicen escáneres para identificar la actividad del cerebro de un aspirante cuando observa imágenes de sufrimiento? ¿Acaso el Ejército exigirá escaneos para determinar la angustia que experimentan los reclutas al pensar en el dolor? Por desgracia, “los tipos de datos que ofrecen los artículos sobre imágenes cerebrales no consiguen comunicar con exactitud la capacidad de predicción de las imágenes”, dice el neurocientífico Russ Poldrack, de la UCLA. Sin embargo, cuando un inexperto se entera de la estrecha correlación entre la actividad cerebral y los sentimientos, no la entiende. El año pasado, una corte india sentenció a una mujer a cadena perpetua porque un escaneo cerebral indicó que conocía detalles sobre un asesinato que sólo el asesino podía saber. En EE. UU. hay compañías que comercializan un “detector de mentiras” que usa imágenes cerebrales.
El núcleo de los ataques contra las neuroimágenes puede comprenderse con las estadísticas (si le
desagradan, pase a la página siguiente). Muchos estudios afirman que hay una alta correlación entre los patrones de actividad cerebral y algunos pensamientos o sentimientos. La correlación de “1” se considera perfecta y significa que cuando aparece una cosa (un patrón de actividad cerebral), siempre surge la segunda (por ejemplo, sentimientos de angustia). Muchos estudios han publicado correlaciones de 0,8, 0,9 o más, una cifra que es “demasiado buena para ser verdad”, apunta Andrew Gelman, de la Universidad de Columbia: las mediciones subyacentes (de personalidad o patrones de actividad cerebral) tienen menor correlación interna que la propuesta, así que no pueden correlacionarse con otras. Aunque muchas de las asociaciones publicadas quizá reflejen algo real (a estas alturas, es imposible saberlo), los críticos argumentan que “una considerable cantidad” de los datos obtenidos podría ser “completamente ilusoria”. Interrogué a los estadísticos acerca de esta crítica y todos concuerdan. “Las correlaciones de 0,9 no son creíbles en ningún contexto de ciencias sociales”, dice William Eddy, de Carnegie Mellon.
Los neurocientíficos acusados de practicar “vudú” no se cruzaron de brazos y respondieron con blogs. Aunque en algunos casos, no le hacen favor alguno a su causa. Algunas defensas, comenta Gelman, son muy malas y les hacen quedar como tontos “porque se metieron con estadísticas que desconocen”. Pero la réplica de Matthew Lieberman y colegas de la UCLA que se va a publicar junto con el artículo crítico presenta argumentos que incluyen el hecho de que su trabajo va más allá de las correlaciones. En todo caso, los autores reconocen que algunas de las mismas fueron exageradas.
Una vez calmados los ánimos, la contienda podría conducir a una mejor calidad de los estudios de neuroimágenes. Los científicos saben evitar las correlaciones “vudú”, apunta Poldrack, “aunque la solución podría ser incómoda”: haría que las estadísticas se convirtieran en humo “a menos que tengan un efecto superfuerte”. Como cabe suponer, los científicos se muestran recelosos de usar una herramienta tan rigurosa que invalide sus descubrimientos legítimos, dice Poldrack. En su laboratorio, el artículo crítico “me hizo repensar la forma en que presentaremos los resultados. Y muchas instituciones de investigación, incluida la mía, estamos analizando viejos datos para verificar que las conclusiones fueron válidas”. ¿Quién dijo que el vudú no funciona?
Este es un espacio para compartir unas serie de temas sobre las ciencias cognitivas y áreas del saber relacionadas
miércoles, 27 de mayo de 2009
EL ANALISIS DE UTENSILIOS DE 13.000 AÑOS ATRAS REVELA SU USO PARA DESCUARTIZAR ANIMALES
El análisis bioquímico de un raro conjunto de objetos de piedra de la Civilización Clovis, desenterrados recientemente en la afueras de la ciudad de Boulder, en Colorado, EE.UU., indica que algunos de los utensilios fueron usados para descuartizar camellos y caballos de la edad de hielo, que poblaban Norteamérica hasta su extinción hace unos 13.000 años, según un estudio de la Universidad de Colorado en Boulder.
El estudio es el primero en identificar residuos proteicos de camellos extintos en herramientas de piedra en Norteamérica, y es sólo el segundo estudio en identificar residuos de proteínas equinas en un utensilio de la Civilización Clovis, según destaca el antropólogo Douglas Bamforth de la citada universidad, quien dirigió el estudio. El conjunto de objetos es uno de los pocos de la Cultura Clovis que han podido ser encontrados en Norteamérica.
Muchos arqueólogos creen que la Cultura Clovis coincide con la fecha en la que llegaron los primeros humanos al continente americano, viniendo desde Asia a través del Puente de Tierra de Bering, hace entre 13.000 y 13.500 años.
Este conjunto de enseres es conocido como la Colección Mahaffy, por habérsele dado el apellido del residente de Boulder y propietario de las tierras donde se hizo el hallazgo, Patrick Mahaffy. La colección es una de tan sólo dos de la Cultura Clovis que han sido analizadas en busca de residuos proteicos de mamíferos de la edad de hielo. El otro conjunto de enseres proviene del estado de Washington. Además de los residuos de camellos y de caballos en los artefactos, un tercer objeto de la Colección Mahaffy es la primera herramienta clovis en la que se hayan detectado vestigios de proteínas de oveja.
Docenas de especies de mamíferos norteamericanos se extinguieron a finales del Pleistoceno, incluyendo camellos americanos, caballos americanos, mamuts lanudos, tigres dientes de sable, rinocerontes lanudos, perezosos gigantes no arborícolas, y otros. Los científicos especulan con que esos mamíferos de la edad de hielo desaparecieron como resultado de la presión excesiva que la caza humana ejerció sobre ellos, o bien por culpa del cambio climático, o incluso a consecuencia de los estallidos en el aire de fragmentos de un cometa. Sin embargo, ninguna conclusión es lo bastante firme para convencer a todos. Las causas exactas de la extinción de esa fauna aún no están claras.
La Colección Mahaffy consta de 83 utensilios de piedra, incluyendo cuchillos y un hacha. Descubierto en Mayo del 2008 por Brant Turney, el conjunto de objetos fue desenterrado tras retirar la capa de tierra de unos 46 centímetros de grosor que lo cubría. Los enseres parecen no haber sido tocados desde que fueron guardados allí hace unos 13.000 años.
Scitech News
El estudio es el primero en identificar residuos proteicos de camellos extintos en herramientas de piedra en Norteamérica, y es sólo el segundo estudio en identificar residuos de proteínas equinas en un utensilio de la Civilización Clovis, según destaca el antropólogo Douglas Bamforth de la citada universidad, quien dirigió el estudio. El conjunto de objetos es uno de los pocos de la Cultura Clovis que han podido ser encontrados en Norteamérica.
Muchos arqueólogos creen que la Cultura Clovis coincide con la fecha en la que llegaron los primeros humanos al continente americano, viniendo desde Asia a través del Puente de Tierra de Bering, hace entre 13.000 y 13.500 años.
Este conjunto de enseres es conocido como la Colección Mahaffy, por habérsele dado el apellido del residente de Boulder y propietario de las tierras donde se hizo el hallazgo, Patrick Mahaffy. La colección es una de tan sólo dos de la Cultura Clovis que han sido analizadas en busca de residuos proteicos de mamíferos de la edad de hielo. El otro conjunto de enseres proviene del estado de Washington. Además de los residuos de camellos y de caballos en los artefactos, un tercer objeto de la Colección Mahaffy es la primera herramienta clovis en la que se hayan detectado vestigios de proteínas de oveja.
Docenas de especies de mamíferos norteamericanos se extinguieron a finales del Pleistoceno, incluyendo camellos americanos, caballos americanos, mamuts lanudos, tigres dientes de sable, rinocerontes lanudos, perezosos gigantes no arborícolas, y otros. Los científicos especulan con que esos mamíferos de la edad de hielo desaparecieron como resultado de la presión excesiva que la caza humana ejerció sobre ellos, o bien por culpa del cambio climático, o incluso a consecuencia de los estallidos en el aire de fragmentos de un cometa. Sin embargo, ninguna conclusión es lo bastante firme para convencer a todos. Las causas exactas de la extinción de esa fauna aún no están claras.
La Colección Mahaffy consta de 83 utensilios de piedra, incluyendo cuchillos y un hacha. Descubierto en Mayo del 2008 por Brant Turney, el conjunto de objetos fue desenterrado tras retirar la capa de tierra de unos 46 centímetros de grosor que lo cubría. Los enseres parecen no haber sido tocados desde que fueron guardados allí hace unos 13.000 años.
Scitech News
lunes, 25 de mayo de 2009
Por experiencia de otros
Mucha gente no acaba de aceptar que una fuente muy útil y fiable de información puede ser la experiencia de otro individuo. Las personas creen a menudo que la mejor manera de predecir cuán felices podrán ser con una experiencia futura es conociendo detalles sobre esa experiencia. Sin embargo, podría resultarles tanto o más útil conocer cuán felices han sido quienes han vivido ya dicha experiencia.
Ésta es la conclusión de un nuevo estudio dirigido por el psicólogo Daniel Gilbert de la Universidad de Harvard, en el cual se ha comprobado que si las personas quieren saber cuánto disfrutarán con una experiencia determinada, les resultará más útil saber cuánto disfrutó otra persona al vivir esa experiencia, que conocer detalles sobre la experiencia en sí misma.
"En lugar de cerrar los ojos e imaginar nuestro futuro, deberíamos examinar la experiencia de quienes han vivido esa situación", resume Gilbert.
Él y sus colegas estudiaron cómo las personas toman decisiones basadas en predicciones de cuánto placer, satisfacción o utilidad esas decisiones les traerán.
Se pidió a las personas analizadas en el estudio que predijeran cuánto disfrutarían un evento futuro sobre el cual no sabían absolutamente nada. De este modo, su ignorancia sobre el evento en sí mismo garantizaba que no pudieran recurrir a imaginarse viviendo la situación específica. A algunos individuos se les dijo cuánto disfrutó del mismo evento alguien del todo desconocido para ellos, y valiéndose de esta información fueron capaces de hacer predicciones excepcionalmente precisas.
En un experimento, por ejemplo, las mujeres predijeron cuánto disfrutarían de una "cita rápida" con un hombre.
Las citas rápidas, una forma cada vez más popular de conocerse para personas sin pareja, constan de sesiones en las que hombres y mujeres tienen numerosas "minicitas" con hasta 30 personas distintas, que suelen durar de tres a cinco minutos. Después de cada cita, el hombre y la mujer seleccionan una casilla en una tarjeta para apuntar si desearían volver a ver a la persona otra vez.
En el experimento, algunas mujeres no sabían nada sobre el hombre, excepto cuánto disfrutó con él otra mujer, a la que ellas no conocían de nada. Otras mujeres leyeron el perfil personal del hombre y vieron su fotografía.
Las mujeres que supieron del resultado de una experiencia previa de una desconocida con ese hombre hicieron mucho mejor el trabajo de predecir su propio disfrute de la cita rápida que aquellas que estudiaron el perfil del hombre y su fotografía.
Un dato interesante de los resultados del estudio es que las mujeres de ambos grupos esperaban equivocadamente que el perfil y la foto del hombre les permitirían hacer un pronóstico mucho más preciso de su experiencia futura con él que el testimonio de una desconocida, y mantuvieron esa creencia incluso después de terminar el experimento.
Ésta es la conclusión de un nuevo estudio dirigido por el psicólogo Daniel Gilbert de la Universidad de Harvard, en el cual se ha comprobado que si las personas quieren saber cuánto disfrutarán con una experiencia determinada, les resultará más útil saber cuánto disfrutó otra persona al vivir esa experiencia, que conocer detalles sobre la experiencia en sí misma.
"En lugar de cerrar los ojos e imaginar nuestro futuro, deberíamos examinar la experiencia de quienes han vivido esa situación", resume Gilbert.
Él y sus colegas estudiaron cómo las personas toman decisiones basadas en predicciones de cuánto placer, satisfacción o utilidad esas decisiones les traerán.
Se pidió a las personas analizadas en el estudio que predijeran cuánto disfrutarían un evento futuro sobre el cual no sabían absolutamente nada. De este modo, su ignorancia sobre el evento en sí mismo garantizaba que no pudieran recurrir a imaginarse viviendo la situación específica. A algunos individuos se les dijo cuánto disfrutó del mismo evento alguien del todo desconocido para ellos, y valiéndose de esta información fueron capaces de hacer predicciones excepcionalmente precisas.
En un experimento, por ejemplo, las mujeres predijeron cuánto disfrutarían de una "cita rápida" con un hombre.
Las citas rápidas, una forma cada vez más popular de conocerse para personas sin pareja, constan de sesiones en las que hombres y mujeres tienen numerosas "minicitas" con hasta 30 personas distintas, que suelen durar de tres a cinco minutos. Después de cada cita, el hombre y la mujer seleccionan una casilla en una tarjeta para apuntar si desearían volver a ver a la persona otra vez.
En el experimento, algunas mujeres no sabían nada sobre el hombre, excepto cuánto disfrutó con él otra mujer, a la que ellas no conocían de nada. Otras mujeres leyeron el perfil personal del hombre y vieron su fotografía.
Las mujeres que supieron del resultado de una experiencia previa de una desconocida con ese hombre hicieron mucho mejor el trabajo de predecir su propio disfrute de la cita rápida que aquellas que estudiaron el perfil del hombre y su fotografía.
Un dato interesante de los resultados del estudio es que las mujeres de ambos grupos esperaban equivocadamente que el perfil y la foto del hombre les permitirían hacer un pronóstico mucho más preciso de su experiencia futura con él que el testimonio de una desconocida, y mantuvieron esa creencia incluso después de terminar el experimento.
Creencias y memoria
Un equipo de investigadores ha descubierto que las personas de la tercera edad que creen que las personas mayores tendrían muy malos resultados en un test para comprobar la memoria, tienen un rendimiento peor que aquellas personas mayores que no hacen caso a los estereotipos sobre el envejecimiento y la pérdida de la memoria.
En este nuevo estudio, el profesor de psicología Tom Hess y un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, demuestran que la habilidad para recordar se ve afectada negativamente cuando se activan estereotipos negativos al respecto en una situación dada. Por ejemplo, los sujetos de la tercera edad tendrán un mal rendimiento en un test de memoria si se les dice que las personas mayores rinden muy poco en ese tipo específico de test. La memoria también se resiente si estas personas creen que son menospreciadas por otros individuos a causa de su edad avanzada.
“Estas situaciones pueden ser parte de la vida diaria de una persona mayor”, explica Hess. “Por ejemplo, preocuparse por lo que otros piensan sobre ellos en el trabajo, tiene un efecto negativo en su eficacia laboral y, refuerza, de este modo, el estereotipo negativo". Sin embargo, añade Hess, “la otra cara de la moneda es que aquellos que no se sienten estigmatizados, o se hallan en situaciones en las que se activan los puntos de vista más positivos sobre el envejecimiento, muestran niveles de memoria significativamente más altos”. Dicho de otra forma, si usted confía en que el envejecimiento no devastará su memoria, tendrá más probabilidades de llevar a cabo correctamente tareas de uso de la misma.
En el estudio también se descubrió un par de factores que afectaban al alcance de la influencia de los estereotipos negativos en las personas mayores. Por ejemplo, los individuos de entre 60 y 70 años de edad sufrían mucho más cuando estos estereotipos negativos se activaban, que lo que sufrían quienes estaban entre los 71 y los 82 años. Sin embargo, las personas de este último grupo, tenían un rendimiento peor cuando se sentían estigmatizadas.
En el estudio, también se desveló que los efectos negativos más fuertes los experimentaban aquellas personas mayores con niveles más altos de educación. “Nuestra interpretación es que se trata de algo que encaja con la idea de que aquellos que más valoran su habilidad para recordar cosas, son los que más probabilidades tienen de poseer una mayor sensibilidad ante las implicaciones negativas de los estereotipos y, por tanto, son también quienes más tienden a experimentar los problemas asociados a dichos estereotipos".
En este nuevo estudio, el profesor de psicología Tom Hess y un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, demuestran que la habilidad para recordar se ve afectada negativamente cuando se activan estereotipos negativos al respecto en una situación dada. Por ejemplo, los sujetos de la tercera edad tendrán un mal rendimiento en un test de memoria si se les dice que las personas mayores rinden muy poco en ese tipo específico de test. La memoria también se resiente si estas personas creen que son menospreciadas por otros individuos a causa de su edad avanzada.
“Estas situaciones pueden ser parte de la vida diaria de una persona mayor”, explica Hess. “Por ejemplo, preocuparse por lo que otros piensan sobre ellos en el trabajo, tiene un efecto negativo en su eficacia laboral y, refuerza, de este modo, el estereotipo negativo". Sin embargo, añade Hess, “la otra cara de la moneda es que aquellos que no se sienten estigmatizados, o se hallan en situaciones en las que se activan los puntos de vista más positivos sobre el envejecimiento, muestran niveles de memoria significativamente más altos”. Dicho de otra forma, si usted confía en que el envejecimiento no devastará su memoria, tendrá más probabilidades de llevar a cabo correctamente tareas de uso de la misma.
En el estudio también se descubrió un par de factores que afectaban al alcance de la influencia de los estereotipos negativos en las personas mayores. Por ejemplo, los individuos de entre 60 y 70 años de edad sufrían mucho más cuando estos estereotipos negativos se activaban, que lo que sufrían quienes estaban entre los 71 y los 82 años. Sin embargo, las personas de este último grupo, tenían un rendimiento peor cuando se sentían estigmatizadas.
En el estudio, también se desveló que los efectos negativos más fuertes los experimentaban aquellas personas mayores con niveles más altos de educación. “Nuestra interpretación es que se trata de algo que encaja con la idea de que aquellos que más valoran su habilidad para recordar cosas, son los que más probabilidades tienen de poseer una mayor sensibilidad ante las implicaciones negativas de los estereotipos y, por tanto, son también quienes más tienden a experimentar los problemas asociados a dichos estereotipos".
martes, 21 de abril de 2009
El ojo cooperativo

Una característica que nos diferencia de la mayoría de los mamíferos (a parte de usar tarjetas de crédito) es el hecho de que en nuestro caso se distingue fácilmente el “blanco de los ojos”, es decir, el hecho de que la superficie blanca de nuestra córnea es muy superior que la que tienen otras especies (Kobayashi and Kohshima, 1997). En una comparación sistemática de 92 especies de primates (incluidos nosotros) se encontró que 85 tenían una esclera uniforme de color pardo o pardo oscuro (Kobayashi and Kohshima, 2001). Dado que nuestros parientes cercanos (chimpancé, gorila) no comparten esta característica, cabe pensar que surgió en algún momento de nuestra evolución. La pregunta es: ¿confería alguna ventaja adaptativa a nuestros antecesores? Y en tal caso ¿qué ventaja?
La respuesta a la primera pregunta no es necesariamente afirmativa. Las características que observamos en las especies actuales no son siempre producto de la selección natural. Pueden ser debidas al azar o ser consecuencias indirectas de la selección de otros caracteres. Sin embargo, no puede descartarse que el blanco de los ojos tuviera una función en nuestra especie. Otros datos apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, en el ojo humano la superficie blanca es muy superior a la de otras especies (tres veces mayor que en nuestros parientes próximos) y el contraste entre el color del ojo y el color de la piel es muy alto en nuestro caso (y mucho más bajo en las especies estudiadas). Todo esto sugiere que diferentes características han tenido que combinarse para dar lugar al típico ojo humano.
¿Dónde podría estar la ventaja selectiva? Se han sugerido algunas explicaciones. Por ejemplo, podría servir como indicador de la salud del individuo, lo que podría contribuir a su éxito reproductivo (al ser preferido por individuos de sexo opuesto para aparearse). No obstante, esto debería aplicar de forma parecida a los chimpancés. Otra posibilidad es que esta característica facilitara en gran medida que otros individuos pudieran saber en qué dirección estamos mirando, con lo que podría aumentar notablemente la interacción ¿Y el hecho de que otros puedan saber a dónde estoy mirando constituye una ventaja? Depende. Podría serlo si los humanos evolucionamos un ambiente social cooperativo (podría ser una desventaja en caso contrario). Pero, precisamente, la capacidad de cooperación es una de las características genuinamente humanas y que nos distingue de los chimpancés y los gorilas. Este espíritu de grupo seguramente fue un factor importante en nuestro éxito como especie y nos ayudó a colonizar la mayoría de los hábitats del planeta. Según esta idea, denominada hipótesis del ojo cooperativo, el característico contraste de nuestros ojos fue seleccionado porque permitía una mayor co-orientación visual entre individuos, lo que haría más fácil la coordinación de tareas.
Sin duda, la hipótesis es interesante, pero cómo comprobarla. Michael Tomasello y sus colaboradores, del Instituto Max-Plank de Antropología Evolutiva de Leipzig, se han puesto a ello y nos lo cuentan en un artículo reciente de la revista Journal of Human Evolution (Tomasello et al., 2007). La idea es en principio simple. Si la hipótesis del ojo cooperativo es cierta, los humanos seguiríamos la mirada de otros individuos basándonos precisamente en la dirección a la que apuntan sus ojos y esperaríamos que eso no ocurriera en especies emparentadas (que no tienen blanco en los ojos). Para comprobar esta idea los investigadores compararon el comportamiento de bebés humanos con el de chimpancés (jóvenes y adultos). Un experimentador humano miraba al cielo “sólo con los ojos”, o bien “sólo con la cabeza” (con los ojos cerrados), o bien “con ambos a la vez”. Los chimpancés siguieron la mirada del experimentador basándose fundamentalmente en el movimiento de la cabeza (aunque los ojos jugaban también algún papel). En cambio, los bebés humanos se basaron casi exclusivamente en los movimientos oculares. Estos resultados apoyan la hipótesis del ojo cooperativo (más bien, una parte de ella), pero todavía estamos lejos de poder afirmar que la hipótesis está contrastada más allá de toda duda razonable. Entretanto, me quedo con los versos de Gutierre de Cetina.
Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.
Kobayashi, H., and Kohshima, S. (1997) Unique morphology of the human eye. Nature 387: 767-768.
Kobayashi, H., and Kohshima, S. (2001) Unique morphology of the human eye and its adaptive meaning: comparative studies on external morphology of the primate eye. J Hum Evol 40: 419-435.
Tomasello, M., Hare, B., Lehmann, H., and Call, J. (2007) Reliance on head versus eyes in the gaze following of great apes and human infants: the cooperative eyes hypothesis. Journal of Human Evolution 52: 314-320.
Rostros y primates
El término instinto está algo desprestigiado en la actualidad, pero tenemos que considerarlo en este blog ya que se encuentra justo en el núcleo del debate Naturaleza-Crianza. El concepto no es nuevo en absoluto. El gran filósofo norteamericano William James lo había desarrollado mucho antes (aunque no de forma experimental), y no tuvo ningún empacho en aplicarlo a la conducta humana. Sin embargo, actualmente los psicólogos son algo reacios a aplicar este término a los humanos. El problema es que la idea de una conducta totalmente programada desde el nacimiento e independiente por completo del medio, resulta útil para describir algunas situaciones, pero no todas. Con las conductas esterotipadas que observamos, por ejemplo en los insectos, el concepto de instinto se ajusta bastante bien. Pero cuando tratamos de explicar comportamientos más complejos, por ejemplo en mamíferos o aves, la cosa se complica. En general, cuanto mayor y más complejo sea el cerebro de un animal, su conducta estará gobernada más por el aprendizaje y menos por el instinto. El problema radica en que muchas de las pautas de conducta que se observan son en parte programadas y en parte aprendidas. De aquí que la dicotomía tajante entre instinto y aprendizaje no funcione.
Uno de los conceptos desarrollados por Konrad Lorenz es el denominado ‘imprinting’. Lorenz observó que los pollitos de ganso identificaban como ‘su madre’ al primer animal que veían nada más salir del cascarón. De hecho, durante un periodo de su vida se vio constantemente perseguido por un grupo de gansos jóvenes que le identificaban como tal. Este fenómeno debe de estar genéticamente programado y sólo funciona en un periodo de tiempo muy corto. Por otra parte, no puede negarse que los pollos ‘aprenden’ quién es su madre. En condiciones normales, este tipo de aprendizaje genéticamente controlado asegura que el pollito va a ‘aprender’ correctamente quién es su verdadera madre ¿Genético o aprendido?
Veamos otro caso. El pinzón vulgar (Fringilla coelebs) tiene un canto muy característico, que podría definirse como una breve y vigorosa cascada de aproximadamente 12 notas. Los pinzones criados en cautividad (y por tanto, privados del canto de un pinzón salvaje) desarrollan un canto irreconocible, aunque con el número de notas correcto. Si se los cría en grupos aislados entre sí, cada grupo desarrolla un canto diferente. Esto nos indica que el canto del pinzón es aprendido y no innato; sin embargo, si exponemos a los pinzones cautivos al canto de su propia especie y al de una especie diferente, invariablemente desarrollan el canto típico del pinzón. Esto nos indica que el pinzón reconoce de forma ‘instintiva’ el canto de su propia especie. Interesante ¿no?
El problema es que, en la mayoría de los casos, resulta muy difícil separar los efectos genéticos de los ambientales, a menos que recurriésemos a técnicas francamente drásticas. Por ejemplo, el faraón Psammeticus (siglo VII ac) pensaba que el lenguaje se adquiere de forma innata, de forma que un niño que creciera sin contacto con ninguna lengua hablaría la “lengua original”. Dicho y hecho, el faraón ordenó que dos niños fueran criados en completo aislamiento. Al cabo de algunos años, uno de ellos pronunció un sonido parecido a “bekos”, que en frigio significa “pan”. De aquí dedujo el faraón que el idioma original debía de ser el frigio. Por cierto, se dice que el rey Jaime V de Escocia también realizó el más que dudoso experimento. En este caso, el niño (criado por una mujer sorda en una cabina especialmente diseñada) acabó siendo incapaz de hablar lengua alguna.
Un experimento parecido (aunque menos cuestionable desde el punto de vista ético) es el que ha realizado el investigador japonés Yoichi Sugita, y nos lo cuenta en el último número del PNAS (1). En este caso, lo que Sugita quería averiguar es si el reconocimiento visual de caras tiene una base biológica en primates. Para ello crió a un grupo de monos (Macaca fuscata) completamente privados de la visión de un rostro (humano o de mono). Los cuidadores daban el biberón a los monitos con una especie de caperuza de tela, aunque se les proporcionó un ambiente visualmente rico (con flores de colores y juguetes vistosos, pero nada que recordase a un rostro).
El sistema visual de reconocimiento de caras es capaz de discriminar cambios sutiles (p.e. distinguiendo expresiones faciales). Algunos autores asumen que dicho sistema “viene de fábrica”, o sea, se encuentra organizado en el cerebro al nacer. Otros investigadores argumentan que el reconocimiento de caras tiene su origen en una capacidad perceptual más general, y que acaba “especializándose en caras” debido a l uso frecuente en esta tarea. En definitiva, tenemos planteado un debate Naturaleza-Crianza en miniatura, con la importante ventaja de que ahora nos estamos limitando a un tema concreto, por lo que es posible abordarlo de manera experimental.
Tras un periodo (6, 12 y 24 meses, dependiendo del grupo) los monitos fueron sometidos a experimentos visuales y comparados con el grupo de control, el cual había sido criado por otros monos. En primer lugar, se comprobó que todos los animales (privados o no) prefirieron estímulos visuales que contenían caras, fueran humanas o de macaco, frente a estímulos con otros motivos. Esto sugiere que los macacos tienen una idea innata de qué debe ser una cara, y coincide con experimentos anteriores acerca de las preferencias visuales de los bebés humanos. En segundo lugar, utilizando una técnica específica (visual paired-comparison procedure) se determinó si los pequeños macacos eran capaces de distinguir entre caras nuevas y familiares. Los macacos de control no tuvieron problemas en realizar esta tarea con caras de otros macacos, pero no eran capaces de discriminar en el caso de rostros humanos. Sin embargo, y esto es lo más interesante, los macacos no-condicionados fueron igualmente capaces de distinguir lo nuevo y lo familiar, tanto en caras humanas como de mono. Al parecer, una vez que los animales han llegado a “saber”, debido a la experiencia cotidiana, cuál es el tipo de rostro relevante para ellos, pierden su poder discriminatorio para otros tipos de caras. Este fenómeno es similar al denominado “efecto de la propia raza” en humanos. Dicho efecto nos hace capaces de distinguir rostros en personas de nuestra misma raza, pero no de otras (o al menos, con más dificultad). A los europeos, todos los asiáticos les parecen iguales (o al menos, tienen mucha menos capacidad de discriminar). Análogamente, a los asiáticos, las caras europeas les resultan difíciles de distinguir. Aunque estamos lejos de una explicación completa, el fenómeno parece ser similar al descrito por Lorenz: primero tenemos un sistema innato para procesar estímulos visuales similares a una cara; después, la experiencia nos indica qué tipo de caras son relevantes para nosotros y nuestro sistema se especializa, perdiendo capacidad con respecto a las caras que no corresponden con nuestra especie (o raza).
(1) Sugita, Y. (2008) “Face perception in monkeys reared with no exposure to faces”. PNAS 8:394-398.
Uno de los conceptos desarrollados por Konrad Lorenz es el denominado ‘imprinting’. Lorenz observó que los pollitos de ganso identificaban como ‘su madre’ al primer animal que veían nada más salir del cascarón. De hecho, durante un periodo de su vida se vio constantemente perseguido por un grupo de gansos jóvenes que le identificaban como tal. Este fenómeno debe de estar genéticamente programado y sólo funciona en un periodo de tiempo muy corto. Por otra parte, no puede negarse que los pollos ‘aprenden’ quién es su madre. En condiciones normales, este tipo de aprendizaje genéticamente controlado asegura que el pollito va a ‘aprender’ correctamente quién es su verdadera madre ¿Genético o aprendido?
Veamos otro caso. El pinzón vulgar (Fringilla coelebs) tiene un canto muy característico, que podría definirse como una breve y vigorosa cascada de aproximadamente 12 notas. Los pinzones criados en cautividad (y por tanto, privados del canto de un pinzón salvaje) desarrollan un canto irreconocible, aunque con el número de notas correcto. Si se los cría en grupos aislados entre sí, cada grupo desarrolla un canto diferente. Esto nos indica que el canto del pinzón es aprendido y no innato; sin embargo, si exponemos a los pinzones cautivos al canto de su propia especie y al de una especie diferente, invariablemente desarrollan el canto típico del pinzón. Esto nos indica que el pinzón reconoce de forma ‘instintiva’ el canto de su propia especie. Interesante ¿no?
El problema es que, en la mayoría de los casos, resulta muy difícil separar los efectos genéticos de los ambientales, a menos que recurriésemos a técnicas francamente drásticas. Por ejemplo, el faraón Psammeticus (siglo VII ac) pensaba que el lenguaje se adquiere de forma innata, de forma que un niño que creciera sin contacto con ninguna lengua hablaría la “lengua original”. Dicho y hecho, el faraón ordenó que dos niños fueran criados en completo aislamiento. Al cabo de algunos años, uno de ellos pronunció un sonido parecido a “bekos”, que en frigio significa “pan”. De aquí dedujo el faraón que el idioma original debía de ser el frigio. Por cierto, se dice que el rey Jaime V de Escocia también realizó el más que dudoso experimento. En este caso, el niño (criado por una mujer sorda en una cabina especialmente diseñada) acabó siendo incapaz de hablar lengua alguna.
Un experimento parecido (aunque menos cuestionable desde el punto de vista ético) es el que ha realizado el investigador japonés Yoichi Sugita, y nos lo cuenta en el último número del PNAS (1). En este caso, lo que Sugita quería averiguar es si el reconocimiento visual de caras tiene una base biológica en primates. Para ello crió a un grupo de monos (Macaca fuscata) completamente privados de la visión de un rostro (humano o de mono). Los cuidadores daban el biberón a los monitos con una especie de caperuza de tela, aunque se les proporcionó un ambiente visualmente rico (con flores de colores y juguetes vistosos, pero nada que recordase a un rostro).
El sistema visual de reconocimiento de caras es capaz de discriminar cambios sutiles (p.e. distinguiendo expresiones faciales). Algunos autores asumen que dicho sistema “viene de fábrica”, o sea, se encuentra organizado en el cerebro al nacer. Otros investigadores argumentan que el reconocimiento de caras tiene su origen en una capacidad perceptual más general, y que acaba “especializándose en caras” debido a l uso frecuente en esta tarea. En definitiva, tenemos planteado un debate Naturaleza-Crianza en miniatura, con la importante ventaja de que ahora nos estamos limitando a un tema concreto, por lo que es posible abordarlo de manera experimental.
Tras un periodo (6, 12 y 24 meses, dependiendo del grupo) los monitos fueron sometidos a experimentos visuales y comparados con el grupo de control, el cual había sido criado por otros monos. En primer lugar, se comprobó que todos los animales (privados o no) prefirieron estímulos visuales que contenían caras, fueran humanas o de macaco, frente a estímulos con otros motivos. Esto sugiere que los macacos tienen una idea innata de qué debe ser una cara, y coincide con experimentos anteriores acerca de las preferencias visuales de los bebés humanos. En segundo lugar, utilizando una técnica específica (visual paired-comparison procedure) se determinó si los pequeños macacos eran capaces de distinguir entre caras nuevas y familiares. Los macacos de control no tuvieron problemas en realizar esta tarea con caras de otros macacos, pero no eran capaces de discriminar en el caso de rostros humanos. Sin embargo, y esto es lo más interesante, los macacos no-condicionados fueron igualmente capaces de distinguir lo nuevo y lo familiar, tanto en caras humanas como de mono. Al parecer, una vez que los animales han llegado a “saber”, debido a la experiencia cotidiana, cuál es el tipo de rostro relevante para ellos, pierden su poder discriminatorio para otros tipos de caras. Este fenómeno es similar al denominado “efecto de la propia raza” en humanos. Dicho efecto nos hace capaces de distinguir rostros en personas de nuestra misma raza, pero no de otras (o al menos, con más dificultad). A los europeos, todos los asiáticos les parecen iguales (o al menos, tienen mucha menos capacidad de discriminar). Análogamente, a los asiáticos, las caras europeas les resultan difíciles de distinguir. Aunque estamos lejos de una explicación completa, el fenómeno parece ser similar al descrito por Lorenz: primero tenemos un sistema innato para procesar estímulos visuales similares a una cara; después, la experiencia nos indica qué tipo de caras son relevantes para nosotros y nuestro sistema se especializa, perdiendo capacidad con respecto a las caras que no corresponden con nuestra especie (o raza).
(1) Sugita, Y. (2008) “Face perception in monkeys reared with no exposure to faces”. PNAS 8:394-398.
lunes, 30 de marzo de 2009
Variaciones en el genóma del ancestro común
27 de Marzo de 2009.
El genoma del ancestro evolutivo común del hombre y de los simios modernos experimentó una inusual ráfaga de duplicación de segmentos de ADN, según desvela un nuevo estudio.
Los resultados de dicho estudio muestran grandes diferencias entre el genoma de los seres humanos y el de los simios, específicamente dentro de las secuencias duplicadas que albergan genes en rápida evolución. La mayoría de estas diferencias surgió durante una época inmediatamente anterior a la especiación (diferenciación en especies) de los chimpancés, gorilas y humanos.
Los investigadores Tomás Marqués-Bonet y Jeffrey M. Kidd, de la Universidad de Washington, encabezaron el estudio.
No está claro el por qué, pero el ancestro común de humanos, chimpancés y gorilas experimentó una actividad inusual de duplicación. Además, los científicos ni siquiera saben todavía qué funciones tienen la mayoría de los genes que fueron afectados por estas duplicaciones.
Tales ancestros, de los cuales descendemos humanos, gorilas y chimpancés, vivieron en África hace entre 8 y 12 millones de años. La mayoría de los científicos piensa que el linaje que finalmente condujo hasta los humanos y los chimpancés se separó de la línea evolutiva de los ancestros de los simios africanos hace entre 5 y 7 millones de años, poco más o menos.
Más sorprendente es que la aceleración en la duplicación de secuencias se produjo en una época durante la cual otros tipos de mutación se habían refrenado entre los linajes de los homínidos.
Hubo un incremento significativo en la actividad del genoma tanto en el número de eventos de duplicación como en el número de pares de bases de ADN que fueron afectadas.
El equipo encontró ejemplos sorprendentes de duplicaciones recurrentes de fragmentos de ADN que se produjeron de modo independiente en diferentes linajes. La mayoría de las duplicaciones compartidas ya estaban presentes en el ancestro común de los chimpancés y los humanos, pero éstas son muy variables en el número de copias entre y dentro de las especies de monos antropomorfos y los humanos.
Los científicos han tenido grandes dificultades para poder determinar por qué los humanos y los chimpancés difieren tanto en su físico como en su comportamiento, siendo tan similares genéticamente. Los chimpancés y los humanos compartimos casi el 99 por ciento de las secuencias no duplicadas de nuestros respectivos genomas, las proteínas de unos y otros son virtualmente idénticas, y hay muy pocas diferencias estructurales que permitan diferenciar a los cromosomas humanos de los del chimpancé. En cambio, las secuencias duplicadas muestran una variación mucho más amplia que las otras porciones del código genético.
No existe aún una respuesta definitiva sobre por qué los humanos y los chimpancés somos tan diferentes. Quizás las duplicaciones de los segmentos que son específicas para los humanos sean otro factor a explorar, o quizás lo que a los humanos nos hace distintos de los chimpancés no se encuentre en estas diferencias genéticas.
Información adicional en:
* Scitech News
El genoma del ancestro evolutivo común del hombre y de los simios modernos experimentó una inusual ráfaga de duplicación de segmentos de ADN, según desvela un nuevo estudio.
Los resultados de dicho estudio muestran grandes diferencias entre el genoma de los seres humanos y el de los simios, específicamente dentro de las secuencias duplicadas que albergan genes en rápida evolución. La mayoría de estas diferencias surgió durante una época inmediatamente anterior a la especiación (diferenciación en especies) de los chimpancés, gorilas y humanos.
Los investigadores Tomás Marqués-Bonet y Jeffrey M. Kidd, de la Universidad de Washington, encabezaron el estudio.
No está claro el por qué, pero el ancestro común de humanos, chimpancés y gorilas experimentó una actividad inusual de duplicación. Además, los científicos ni siquiera saben todavía qué funciones tienen la mayoría de los genes que fueron afectados por estas duplicaciones.
Tales ancestros, de los cuales descendemos humanos, gorilas y chimpancés, vivieron en África hace entre 8 y 12 millones de años. La mayoría de los científicos piensa que el linaje que finalmente condujo hasta los humanos y los chimpancés se separó de la línea evolutiva de los ancestros de los simios africanos hace entre 5 y 7 millones de años, poco más o menos.
Más sorprendente es que la aceleración en la duplicación de secuencias se produjo en una época durante la cual otros tipos de mutación se habían refrenado entre los linajes de los homínidos.
Hubo un incremento significativo en la actividad del genoma tanto en el número de eventos de duplicación como en el número de pares de bases de ADN que fueron afectadas.
El equipo encontró ejemplos sorprendentes de duplicaciones recurrentes de fragmentos de ADN que se produjeron de modo independiente en diferentes linajes. La mayoría de las duplicaciones compartidas ya estaban presentes en el ancestro común de los chimpancés y los humanos, pero éstas son muy variables en el número de copias entre y dentro de las especies de monos antropomorfos y los humanos.
Los científicos han tenido grandes dificultades para poder determinar por qué los humanos y los chimpancés difieren tanto en su físico como en su comportamiento, siendo tan similares genéticamente. Los chimpancés y los humanos compartimos casi el 99 por ciento de las secuencias no duplicadas de nuestros respectivos genomas, las proteínas de unos y otros son virtualmente idénticas, y hay muy pocas diferencias estructurales que permitan diferenciar a los cromosomas humanos de los del chimpancé. En cambio, las secuencias duplicadas muestran una variación mucho más amplia que las otras porciones del código genético.
No existe aún una respuesta definitiva sobre por qué los humanos y los chimpancés somos tan diferentes. Quizás las duplicaciones de los segmentos que son específicas para los humanos sean otro factor a explorar, o quizás lo que a los humanos nos hace distintos de los chimpancés no se encuentre en estas diferencias genéticas.
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* Scitech News
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