viernes, 15 de enero de 2010

La cocina nos hizo humanos

quo prehistoricos pintando en cueva
 
Pilar Gil Villar
 
Sorpresa. Parece mentira cómo puede encender el ingenio una sopa caliente.
Hace entre 1,9 y 1,8 millones de años, sobre suelo africano, la evolución horneaba lentamente los primeros especímenes de nuestro árbol genealógico. El Homo erectus se perfilaba como el primer eslabón en la cadena de los “nuestros”, la estirpe que podemos rastrear sin interrupciones hasta antes de ayer.
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Fue el primero en salir del continente cuna, y presentó un asombroso 42% de incremento en su capacidad craneal respecto a su especie homínida más cercana: el Homo habilis, con el que convivió y con el que no se sabe si tuvo lazos de parentesco.
Hasta ahora, uno de los argumentos más significativos para explicar el estirón que supuso el H. erectus se centraba en el famoso adagio de que somos lo que comemos. Por entonces, la dieta de raíces, frutos, tubérculos, insectos y hojas había hecho hueco a un potente y nuevo manjar: la carne.
Sin embargo, un conocido primatólogo de la Universidad de Harvard (EEUU), Richard Wrangham, ha llegado a la conclusión de que en este caso lo realmente decisivo es cómo comemos. En su último libro, Catching Fire, aún no publicado en España, defiende que no fue la carne, sino el uso del fuego para preparar los alimentos lo que lanzó a aquellos seres por un camino que culminaría en la humanización.
Su visión ha resultado controvertida, porque hasta ahora el control sobre la lumbre no se databa en una fecha tan temprana. Las cenizas más antiguas con trazas de haber sido provocadas voluntariamente se encuentran en el yacimiento de Gesher Benot Ya’aqov (Israel), y la investigadora Nira Alperson les ha atribuido una edad de 790.000 años. Sin embargo, Wrangham aduce que: “La arqueología del fuego es muy difícil de detectar”, y se ha apartado de ese indicio tradicional a la hora de establecer su teoría sobre la trascendencia de los fogones.
Lo que hay que tener
De hecho, su punto de partida ha sido la convicción de que “somos el único animal adaptado biológicamente a la comida cocinada”, según afirma, mientras nos explica que la causa reside exactamente en nuestras tripas.
Ejemplo salvaje. Los chimpancés se alimentan de frutos con muchos taninos, unas sustancias que a nosotros nos dejan la boca acorchada porque ya no estamos adaptados a ellos.
De todos los primates, poseemos el sistema intestinal más pequeño en relación al tamaño corporal. Nos lo podemos permitir, porque hemos trasladado a la encimera (y, a veces, otros sitios) una gran parte del trabajo que supone transformar las viandas en compuestos químicos aprovechables. Como ejemplo, exponer la carne a una temperatura de entre 60 y 70ºC derrite su tejido conjuntivo y reduce al punto mínimo la fuerza necesaria para cortarla. Y un diente destinado a partir una patata hervida puede ser hasta un 82% más pequeño que el que deba hincarse en una cruda.
Aunque también existen formas de adecuar el maná que nos ofrece la naturaleza sin necesidad de chispas. Eduardo Angulo, biólogo de la Universidad del País Vasco, argumenta que: “Una visión más amplia de la gastronomía incluye sistemas de conservación como el secado (seguramente el más antiguo), la salmuera, el enterramiento en la tundra para congelarlo…” En su libro El animal que cocina recoge con detalle cómo ya nuestros ancestros empezaron a ensayar sus primeros pinitos con todos ellos.
Buscando el cambio
Si queremos saber cuándo empezamos ese proceso único de trasteo culinario, bastará con detectar el momento en que se nos empezó a encoger el estómago. La mayor reducción se produjo precisamente en el Homo erectus. Acompañada de una disminución en los dientes, la pelvis y la caja torácica, y un aumento del cerebro. Algo que, desde luego, también contribuyó a hacernos humanos y que no se dio en el contemporáneo Homo habilis; según Wrangham, porque nunca llegó a dominar el fuego.
Invertir con cabeza
El menor esfuerzo de masticar y digerir un menú más blando proporcionó unas reservas extra que aportaron mejoras definitivas a sus comensales: fuerza para caminar distancias más largas, un sistema inmunitario fortalecido y crías más robustas que pasaban de la leche al alimento sólido con más facilidad, y dejaban a sus madres libres para volver a parir antes. Sin contar con que la reducción del tiempo de masticado les dejó muchas horas libres, con curiosas consecuencias sociológicas (véase el recuadro "La sartén por el mango").
UN TEMA CANDENTE. Las obras de Eduardo Angulo y Richard Wrangham muestran una apasionante visión de los orígenes de nuestra alimentación.
Pero el mayor beneficio de la bonanza energética lo recibió el centro de control corporal: el cerebro. “Estos órganos son caros, necesitan una enorme cantidad de glucosa y una de las pocas formas que tienen los animales de proporcionársela es teniendo intestinos pequeños”, explica Wrangham. Así, nuestra materia gris empezó a convertirse en la mayor del reino animal en relación a nuestra talla.
Eduardo Angulo considera, además, que la cocina obligó a ejercitar el intelecto en otro sentido: “Cocinar supone planificar la recolección o captura del alimento, su conservación, su preparación e incluso cómo se va a distribuir dentro del grupo: el jefe recibirá más alimento, y quizá los niños y ancianos las piezas más tiernas”, con el reto que todo ello supone para el desarrollo de las habilidades sociales.
La capacidad intelectual pudo potenciar la técnica culinaria, y viceversa, en un ciclo que nos ha traído hasta el presente. En cuanto a las pruebas necesarias para refrendar definitivamente su teoría, el propio Wrangham apunta a claves genéticas: “Lo sabremos cuando averigüemos en qué momento nos adaptamos a los compuestos Milliard, unas sustancias mucho más frecuentes en la comida cocinada que en la cruda”. Mientras, seguiremos disfrutando de un menú en su punto.
SIN FUEGO LO LLEVAMOS CRUDO

Tenemos frutas, verduras, incluso carpaccio. ¿Quién pensaría que no podemos sobrevivir comiendo al natural? Pues Richard Wrangham. Según las investigaciones de su equipo, los humanos actuales ya estamos adaptados a pasar nuestros manjares por la llama, y no hacerlo puede perjudicarnos. De hecho, el estudio Giessen Raw Food, en el que Corinna Koebnick analizó a grupos de crudívoros voluntarios, comprobó que el 50% de las mujeres que no cocinaban ningún alimento dejaron de menstruar.
LA SARTÉN POR EL MANGO
Richard Wrangham ha formulado una insospechada consecuencia del inicio del guisoteo: la división del trabajo por sexos. La preparación de alimentos los dejaba expuestos al “público” mucho tiempo. Para minimizar el riesgo de hurto, surgió la regla no escrita de que la mujer debía tener preparada siempre una comida para su hombre (y solo para ese hombre) al final del día. Si la respetaba, toda la población la protegía de quien intentara robarle el pan. Así, ellas se dedicaron a recolectar y cocinar, y ellos a actividades como la caza. “La razón principal de buscar esposa podría haber sido la comida, no el sexo”, concluye.

Ancient hominids may have been seafarers


Hand axes excavated on Crete suggest hominids made sea crossings to go 'out of Africa'
Web edition : Friday, January 8th, 2010
ANAHEIM, Calif. — Human ancestors that left Africa hundreds of thousands of years ago to see the rest of the world were no landlubbers. Stone hand axes unearthed on the Mediterranean island of Crete indicate that an ancient Homo species — perhaps Homo erectus — had used rafts or other seagoing vessels to cross from northern Africa to Europe via at least some of the larger islands in between, says archaeologist Thomas Strasser of Providence College in Rhode Island.
Several hundred double-edged cutting implements discovered at nine sites in southwestern Crete date to at least 130,000 years ago and probably much earlier, Strasser reported January 7 at the annual meeting of the American Institute of Archaeology. Many of these finds closely resemble hand axes fashioned in Africa about 800,000 years ago by H. erectus, he says. H. erectus had spread from Africa to parts of Asia and Europe by at least that time.
Until now, the oldest known human settlements on Crete dated to around 9,000 years ago. Traditional theories hold that early farming groups in southern Europe and the Middle East first navigated vessels to Crete and other Mediterranean islands at that time.
“We’re just going to have to accept that, as soon as hominids left Africa, they were long-distance seafarers and rapidly spread all over the place,” Strasser says. The traditional view has been that hominids (specifically, H. erectus) left Africa via land routes that ran from the Middle East to Europe and Asia. Other researchers have controversially suggested that H. erectus navigated rafts across short stretches of sea in Indonesia around 800,000 years ago and that Neandertals crossed the Strait of Gibraltar perhaps 60,000 years ago.
Questions remain about whether African hominids used Crete as a stepping stone to reach Europe or, in a Stone Age Gilligan’s Island scenario, accidentally ended up on Crete from time to time when close-to-shore rafts were blown out to sea, remarks archaeologist Robert Tykot of the University of South Florida in Tampa. Only in the past decade have researchers established that people reached Crete before 6,000 years ago, Tykot says.
Strasser’s team cannot yet say precisely when or for what reason hominids traveled to Crete. Large sets of hand axes found on the island suggest a fairly substantial population size, downplaying the possibility of a Gilligan Island’s scenario, in Strasser’s view.
In excavations conducted near Crete’s southwestern coast during 2008 and 2009, Strasser’s team unearthed hand axes at caves and rock shelters. Most of these sites were situated in an area called Preveli Gorge, where a river has gouged through many layers of rocky sediment.
At Preveli Gorge, Stone Age artifacts were excavated from four terraces along a rocky outcrop that overlooks the Mediterranean Sea. Tectonic activity has pushed older sediment above younger sediment on Crete, so 130,000-year-old artifacts emerged from the uppermost terrace. Other terraces received age estimates of 110,000 years, 80,000 years and 45,000 years.
These minimum age estimates relied on comparisons of artifact-bearing sediment to sediment from sea cores with known ages. Geologists are now assessing whether absolute dating techniques can be applied to Crete’s Stone Age sites, Strasser says.
Intriguingly, he notes, hand axes found on Crete were made from local quartz but display a style typical of ancient African artifacts.
“Hominids adapted to whatever material was available on the island for tool making,” Strasser proposes. “There could be tools made from different types of stone in other parts of Crete.”
Strasser has conducted excavations on Crete for the past 20 years. He had been searching for relatively small implements that would have been made from chunks of chert no more than 11,000 years ago. But a current team member, archaeologist Curtis Runnels of Boston University, pointed out that Stone Age folk would likely have favored quartz for their larger implements. “Once we started looking for quartz tools, everything changed,” Strasser says.

sábado, 9 de enero de 2010

Los chimpancés conocen el fuego


Hasta ahora pensábamos que el uso y control del fuego eran características propias del ser humano que nos diferenciaban de otros animales. Lejos de eso, los chimpancés de la sabana senegalesa igualan prácticamente nuestra habilidad a la hora de entender el significado de un incendio y anticiparnos al movimiento del fuego, según revela un estudio realizado en la Universidad Estatal de Iowa (EE.UU.)

Según exponen Jill Pruetz y sus colegas en la revista American Journal of Physical Anthropology, sus observaciones en plena selva de Senegal durante 2006 revelaron que, ante un incendio, los chimpancés actúan con calma, no muestran síntomas de estrés o pánico, y se concentran en predecir de qué forma se propagará, para actuar en consecuencia. "Era el final de la temporada seca, de modo que el fuego iba muy rápido y quemaba los árboles", relata Pruetz. "En cambio, los primates estaban muy tranquilos al respecto", añade, al tiempo que reconoce que estos animales eran mejores que ella a la hora de llevar la situación con calma.

Según Pruetz, el control del fuego por los seres humanos implica tres fases: la conceptualización del fuego y de las condiciones que le afectan para predecir su movimiento; la habilidad para controlarlo y alimentarlo o hacer que se apague, y la capacidad para iniciar una "hoguera". De momento Pruetz solo ha podido demostrar el primer paso en chimpancés, aunque sospecha que conceptualmente estos animales también son capaces de apagarlo. “Lo que de momento veo difícil es que hagan fuego, porque son menos hábiles que nosotros”, añade.

viernes, 8 de enero de 2010

Todo lo que hacemos en la vida puede repercutir en nuestros genes


El ser humano es espejo y creador de todo lo que le rodea, incluido él mismo, explica el neurólogo español

El ser humano es espejo y creador de todo lo que le rodea, incluido él mismo, porque podemos orientar la información de su aprendizaje y de la memoria en la dirección que, de alguna manera, nos gustaría que llevara, declara en la siguiente entrevista el neurólogo Francisco Mora. También señala que muchas cosas de las que hacemos en nuestras vidas pueden repercutir potencialmente en nuestra herencia genética, si bien de forma reversible. Asimismo declara que ee puede envejecer de manera activa, productiva, llena de emoción y saludable porque el proceso de envejecimiento se puede retrasar. Por Rafael Cordero Avilés.


Francisco Mora. Foto: RTVE, Blog Asuntos Propios
Francisco Mora es doctor en Medicina por la Universidad de Granada y en Neurociencias por Universidad de Oxford, catedrático de Fisiología Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y de Fisiología Molecular y Biofísica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa, en Estados Unidos. Ha escrito más de cuatrocientos trabajos y comunicaciones científicas en el campo de la neurobiología y cincuenta libros, entre ellos, el Diccionario de Neurociencia y Neurocultura.

¿En este momento, qué sabemos del cerebro? ¿Y qué nos queda por saber?

Lo que sabemos del cerebro es lo que yo he querido expresar en el libro ¿Cómo funciona el cerebro? La gente, de alguna manera, todavía sigue hablando del cerebro como un computador. Es decir, una máquina que recibe información, la procesa, y la almacena o no, en función de la respuesta que va a emitir. La cuestión está en que los ordenadores son máquinas construidas por el hombre. Yo no quiero llamar ‘máquina’ al cerebro humano, porque el concepto de máquina es absolutamente diferente y, cuando utilizas el mismo término, inmediatamente se le une ese concepto, lo que es erróneo. El cerebro es un órgano que se ha construido a lo largo de quinientos millones de años de azar y reajustes, y no una máquina como las que el hombre ha construido a lo largo de los últimos cincuenta años. ¿Cuál es la esencia de esa distinción? La esencia es el constante dialogo que existe entre cada uno de los componentes de ese cerebro, es decir, las neuronas. Cada neurona se comunica con otras, en un proceso constante y enorme de tráfico. Se trata de un proceso complejo que no puede realizar ningún ordenador. El cerebro contiene unos cien mil millones de neuronas, sin contar otras células importantes en la comunicación, como son los astrocitos. Esos cien mil millones están en constante ‘conversación’.

¿Se puede inferir que la capacidad que tiene el cerebro es ilimitada?

No, porque si decimos eso, vamos a acabar con el tópico de que el aprender no ocupa lugar. Eso es un neuromito, y hay que acabar con ellos. El aprender ocupa lugar y tiempo. El aprendizaje es un proceso que ocurre en el cerebro. Intervienen muchas áreas pero, finalmente, se deposita en una región que denominamos hipocampo, al menos para las memorias que llamamos conscientes o explícitas. Y el aprendizaje y la memoria significan, en última instancia, cambiar el cerebro. Y hablo de física y química, de conexiones. Las sinapsis cambian con el proceso de aprendizaje. ¿Qué quiere decir que he aprendido algo? En esencia, que he cambiado mi cerebro. Y de ahí se llega a lo que muchas veces se ha pensado que eran expresiones filosóficas. Y es que no podemos conocernos a nosotros mismos, porque nuestro cerebro está constantemente cambiando. Somos alguien nuevo cada día. Nosotros no somos, y lo sabemos, el niño que fuimos cuando teníamos quince años. No somos el mismo que hace diez años, ni tan siquiera que hace tres años. Hemos cambiado. Como el río de Heráclito. Jamás es el mismo río. Y eso es importante saberlo. Lo que sin embargo, sí podemos hacer -y fíjese usted, también es filosofía-, es llegar, de alguna manera, a construirnos a nosotros mismos. El ser humano es espejo y creador de todo lo que le rodea, incluido él mismo. ¿Por qué? Porque podemos orientar la información de ese aprendizaje y de la memoria, en la dirección que, de alguna manera, nos gustaría que llevara.

Y todo esto forma parte de lo que yo entiendo por neuroeducación. El día en que lleguemos a conocer de verdad cómo hay que enseñar, la perspectiva de la docencia en las guarderías, en los colegios y en la Universidad, e incluso en la misma sociedad, cambiará de una manera radical. En definitiva, el ser humano es espejo y creador de todo lo que le rodea, incluido él mismo.

Parece que la tradicional y artificial división entre ciencias y humanidades no va con la evolución de los actuales conocimientos. ¿Cuál es su opinión sobre ello?

Mi opinión es que conocer cómo funciona el cerebro nos llevará a una convergencia de esas dos grandes áreas del saber. De ahí nace la neurocultura. Precisamente yo defino la neurocultura como un reencuentro entre la neurociencia, que es el conjunto de conocimientos sobre cómo funciona el cerebro, y los productos de ese funcionamiento que es el pensamiento, los sentimientos y la conducta humana. Esto, en esencia, también quiere decir una reevaluación lenta de las humanidades. O también, si se quiere, un reencuentro, esta vez real y crítico, entre ciencias y humanidades.

Usted se basa mucho, en sus escritos y libros, en la teoría de la evolución. Sin embargo, ha habido un cierto revisionismo de esa teoría.

Revisionismo sí, pero la esencia de la teoría no es discutida. Azar y necesidad. Por un lado, mutación genética no programada, sino azarosa. Por otro lado, ese determinante poderoso, que es el medio ambiente, donde se produce esa mutación. Y este último es el que determina si las mutaciones ocurridas tienen un valor de supervivencia o no. Ésa es la esencia. Hoy, además, hay un actor nuevo en esta película: la epigenética. ¿Cómo no discutir sobre ella, si nos está hablando de una evolución casi lamarckiana? Lo cierto es que mucho de lo que usted haga en su vida, como es fumar o tomar drogas, o llevar una vida estresante, así como los estilos de vida en general que lleven los individuos, pueden cambiar el genoma a nivel “funcional”, y esto ser transmisible a sus hijos, o nietos, o incluso biznietos.

Entonces, ¿muchas cosas de las que hagamos en nuestras vidas pueden repercutir potencialmente en nuestra herencia genética?

Sin duda, aun cuando de modo reversible. La epigenética es un área de conocimiento relativamente nueva. ¿Qué significa “reversible”? Desde luego, con nuevos fármacos se puede desmetilar lo que se ha metilado. Pero son aspectos que chocan en esa dimensión, que antes creíamos imposible, de que ciertos caracteres pueden ser heredables.

Usted es especialista en envejecimiento cerebral y éste, claramente, consiste en un deterioro de las funciones. ¿Se podría retrasar el envejecimiento y, si es así, ¿estamos abocados, de alguna manera, a un mundo de ancianos?

El envejecimiento del cerebro es un proceso fisiológico que se puede cursar sin enfermedades. Se puede envejecer “con éxito”, como decimos los especialistas, es decir, de manera activa, productiva, llena de emoción y saludable. Y eso tiene que ver con la pregunta sobre si se puede retrasar el proceso de envejecimiento. La respuesta es sí. Nuestro envejecimiento, el envejecimiento humano, es dependiente en relativa medida de los genes que heredamos (en un 25 por ciento, es decir, los padres longevos pueden tener hijos longevos), y mucho más de los estilos de vida que desarrollamos (en un 75 por ciento). Ya hablamos en otra ocasión sobre las doce claves que he propuesto como camino para ralentizar el envejecimiento del cerebro. A ellas me remito.

Y con respecto a la última cuestión, sí creo que estamos abocados, en el futuro, a vivir con gentes mayores y longevas. Pero también espero y confío en que sean gentes activas y sanas, capaces de alcanzar edades provectas sirviendo a la sociedad. Digo bien lo de “ayudar a la sociedad”, aun cuando no me refiero con ello a que cumplan en puestos ejecutivos de ningún tipo, sino ayudando activamente a los demás en las muchas y múltiples tareas que podrían cumplir, en una sociedad tan necesitada de gentes que devuelvan en tiempo y agradecimiento lo que tal vez hayan recibido antes de esa misma sociedad. Todas estas ideas las he desarrollado lenta y reposadamente en el libro El sueño de la inmortalidad. Envejecimiento cerebral, dogmas y esperanzas, que quizá interese a algunos de los lectores.


Esta entrevista se publicó originalmente en la OTRI de la UCM. Se reproduce con autorización

jueves, 17 de diciembre de 2009

Strange Physical Theory Proved After Nearly 40 Years

Clara Moskowitz
Staff Writer
LiveScience.com clara Moskowitz
staff Writer
livescience.com – Wed Dec 16, 12:20 pm ET

When physicist Vitaly Efimov heard his theory had finally been proven, he ran up to the younger scientist who had verified it and gave him a high five.

Efimov had predicted a quantum-mechanical version of Borromean rings, a symbol that first showed up in Afghan Buddhist art from around the second century. The symbol depicts three rings linked together; if any ring were removed, they would all come apart.

Efimov theorized an analog to the rings using particles: Three particles (such as atoms or protons or even quarks) could be bound together in a stable state, even though any two of them could not bind without the third. The physicist first proposed the idea, based on a mathematical proof, in 1970. Since then, no one has been able to demonstrate the phenomenon in the lab - until recently.

A team of physicists led by Randy Hulet of Rice University in Houston finally achieved the trio of particles, and published their findings in the online journal Science Express.

"It was very exciting, because after 40 years of this prediction being out there, it was finally verified," Hulet told LiveScience.

Hulet presented his work at a meeting in Rome in October that Efimov also attended.

"He gave me a high five after my talk," Hulet recounted. "He was so enthusiastic and so excited to see this prediction become true."

Efimov had calculated that the triplet of bound particles was possible, and that it was repeating: New bound states could be achieved at higher and higher energy levels in an infinite progression. All of the bound states would occur at energy levels that were multiples of 515.

To prove that they had really created the trios, called Efimov trimers, the researchers produced one set of three lithium atoms bound together, and then reproduced it with a binding energy 515 times the first one. (Essentially, binding energy indicates how tightly the particles hold onto one another and how much energy it would take to pull them apart.)

The researchers used a setup called a Feshbach resonance that allowed them to tweak the energy levels of their atoms. They found that when they hit multiples of 515, the particles would bind, but at other energies they wouldn't, proving that the trios really were Efimov trimers.

"It's an amazing effect, really," Hulet said. "A lot of people didn't believe [Efimov] at first. It was a very strange prediction."

The theory is unique because it's a solution to a special case of what's called the "three-body" problem. Scientists have solved the "two-body" problem - that is, they have calculated exactly how two objects should move based on their starting positions, masses and velocities. Scientists can also calculate this scenario for many masses, but a pure solution to the general three-body problem has been elusive.

"Physicists can handle two-body problems quite well, and many-body problems fairly well, but when there are just a few objects, like the three bodies in these Efimov trimers, there are just too many variables," Hulet said.

The Efimov calculation isn't the solution to the general case, but rather a solution to a specific case of three bodies. Thus, discovering a real-life example of three particles fulfilling his prediction is an important step to learning more about few-body physics.

* The Strangest Little Things in Nature
* Top 10 Unexplained Phenomena
* How Quantum Physics Could Power the Future

* Original Story: Strange Physical Theory Proved After Nearly 40 Years

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Cerebro y estrés post-traumático

Un nuevo trabajo muestra por primera vez cómo las diferentes regiones del cerebro humano responden cuando se experimenta un evento inesperado o traumático.

En este estudio participaron 15 adultos sanos a los que mientras se les realizaba una resonancia magnética funcional (fMRI), se les pidió que escucharan a una serie de sonidos, en tonos bajos y altos, algunos de los cuales estaban asociados a un sonido fuerte. Se les pidió que calificaran los tonos entre 0 y 100; 0 si no esperaban oír el sonido fuerte, 100 si esperaban oírlo y 50 si no podían hacer una predicción. Además, se midieron otras respuestas, como palmas de las manos sudorosas, para determinar a cuántos de los participantes les molestaba el ruido. Posteriormente se correlacionaron las respuestas de la piel y del cerebro para evaluar cómo la actividad del cerebro influye en la expresión emocional.

El análisis de las imágenes cerebrales mostraron que los acontecimientos desagradables producen actividad en el lóbulo frontal del cerebro. La actividad se redujo cuando los participantes esperaban el evento desagradable, pero no cuando el evento era inesperado.
[NeuroImage 2009]
Knight DC, Waters NS, King MK y Bandettini PA

Memoria a largo y corto plazo

Los hallazgos de un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Science USA muestran que existen dos redes de memoria a corto plazo en el cerebro. Una que funciona de forma independiente del hipocampo y se mantiene intacta en pacientes con déficit de memoria a largo plazo, y otra, que depende del hipocampo y se deteriora al mismo tiempo que lo hace la memoria a largo plazo.

A pacientes con epilepsia del lóbulo temporal con esclerosis bilateral del hipocampo se les pidió que memorizaran fotografías de escenas normales de cada día. A continuación se les pidió que recordasen esas imágenes mientras se registraba su actividad cerebral mediante una magnetoencefalografía. Lo hicieron dos veces: después de un corto período de 5 segundos y pasados 60 minutos.

Comprobaron que en estos pacientes la memoria a corto plazo era buena mientras que la memoria a largo plazo estaba afectada. Sin embargo, cuando a los 5 segundos se les pidió que recordasen los detalles de las escenas que había aprendido de memoria, no podían.
[Proc Natl Acad Sci 2009]
Cashdollar N, Malecki U, Rugg-Gunn FJ, Duncan JS, Lavie N y Duzel E