jueves, 3 de octubre de 2013

El lenguaje y la capacidad de fabricar herramientas evolucionaron a la vez

 

Un estudio revela que ambas actividades ponen en marcha patrones de actividad neuronal correlacionados


Una investigación realizada en la Universidad de Liverpool (Inglaterra) ha revelado que el cerebro realiza la misma actividad cerebral en la producción del lenguaje que en la fabricación de herramientas complejas, lo que respalda la teoría –propuesta por primera vez por Charles Darwin- que señala que ambas habilidades se desarrollaron al mismo tiempo.

Tres hachas de mano producidos por los participantes en el experimento, desde diversas perspectivas. Fuente: Universidad de Liverpool.
Tres hachas de mano producidos por los participantes en el experimento, desde diversas perspectivas. Fuente: Universidad de Liverpool.

Una investigación realizada en la Universidad de Liverpool (Inglaterra) ha revelado que el cerebro realiza la misma actividad cerebral en la producción del lenguaje que en la fabricación de herramientas complejas, lo que respalda la teoría que señala que ambas habilidades se desarrollaron al mismo tiempo.

Para llegar a esta conclusión, científicos de dicha Universidad analizaron la actividad cerebral de 10 expertos fabricantes de herramientas de piedra (talladores de piedra) que emprendieron la fabricación de una de éstas herramientas y también realizaron un examen lingüístico estándar.

En concreto, los investigadores midieron el flujo sanguíneo del cerebro de los participantes mientras éstos realizaban ambas tareas utilizando ultrasonido Doppler transcraneal (fTCD)‎, una técnica de uso común en la práctica clínica para comprobar el estado de las funciones lingüísticas de pacientes que han sufrido daño cerebral.

De esta manera, se descubrió que los patrones de actividad neuronal para las dos tareas están correlacionados, lo que sugiere que en ambos casos se utiliza el mismo área del cerebro.

El lenguaje y la fabricación de herramientas de piedra se consideran unas características únicas de la humanidad, que evolucionaron durante millones de años.
 
Redes de procesamiento cerebral comunes

Charles Darwin fue el primero en sugerir que el uso de herramientas y el lenguaje podrían haber coevolucionado, porque ambos dependen tanto de una planificación compleja como de la coordinación de acciones, pero hasta ahora se habían recopilado escasas evidencias que respaldasen esta hipótesis.

Georg Meyer, del departamento de psicología experimental de la Universidad de Liverpool, explica en un comunicado de dicha Universidad que: "Este es el primer estudio del cerebro que ha comparado la fabricación de herramientas directamente con el lenguaje”.

"Nuestro estudio ha revelado patrones de flujo sanguíneo correlacionados, en los primeros 10 segundos de realización de ambas tareas. Esto sugiere que las dos dependen de áreas cerebrales comunes, un hecho que es consistente con las teorías de que el uso de herramientas y el uso del lenguaje co-evolucionaron, y que éstos comparten redes comunes de procesamiento cerebral".

Natalie Uomini del departamento de arqueología clásica y egiptología , añade: "Hasta ahora, nadie había sido capaz de medir la actividad cerebral en tiempo real mientras se fabricaba una herramienta de piedra. Esta es la primera vez tanto para la arqueología como para la psicología".

Referencia bibliográfica:

Natalie Thaïs Uomini, Georg Friedrich Meyer. Shared Brain Lateralization Patterns in Language and Acheulean Stone Tool Production: A Functional Transcranial Doppler Ultrasound Study. PLoS ONE (2013). DOI: 10.1371/journal.pone.0072693.

La cultura rige también la actividad del cerebro

Un estudio descubre los efectos neuronales de los valores culturales


La cultura, así como el nivel de identificación que tengamos con ella, no sólo condiciona nuestros comportamientos, sino que también rige los patrones de la actividad neuronal, según un estudio llevado a cabo en Estados Unidos con individuos de dos grupos culturales diferentes. A través de imágenes de resonancia magnética funcional, la investigación descubrió enormes diferencias entre los patrones neuronales de ambos grupos culturales, así como la gran actividad neuronal que se despliega en las áreas cerebrales relacionadas con la atención, cuando se emiten juicios alejados de nuestra cosmovisión cultural. Por Yaiza Martínez. 

 

La cultura condiciona la forma en que usamos el cerebro, señala un estudio del McGovern Institute for Brain Research, del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT, por un equipo de investigadores de la Stony Brook University de Nueva York, del MIT, y de la Stanford University de California.

A esta conclusión han llegado los científicos a partir de una serie de exploraciones de resonancia magnética funcional (fMRI -tecnología que permite medir la respuesta hemodinámica (respuesta de regulación dinámica del flujo de sangre) vinculada a la actividad neuronal- de los cerebros de 20 personas, 10 de ellas orientales recién llegados a Estados Unidos, y otras 10 de origen norteamericano, informa el MIT en un comunicado.

Los resultados obtenidos de dichas exploraciones han demostrado por vez primera que la cultura en que crecemos, así como el nivel de identificación que tengamos con ella, influye en los patrones de la actividad cerebral de nuestras neuronas. Los científicos han publicado un artículo al respecto en la revista especializada Psychological Science.

Memoria y percepción condicionadas

En ella explican que investigaciones anteriores sobre el comportamiento, en las que se ha basado el presente estudio, habían demostrado que las personas procedentes de contextos culturales occidentales rinden mejor en tareas en las que se enfatizan las dimensiones independientes (absolutas) en lugar de las dimensiones interdependientes (relativas), y que exactamente a la inversa sucede con las personas que proceden de contextos orientales.

Así, el hecho de que la cultura americana, de valores individualistas, acentúe la independencia de los objetos en relación a sus contextos, mientras que en las sociedades de Extremo Oriente se acentúe lo colectivo y la interdependencia contextual de los objetos, afecta a las percepciones.

Dichas investigaciones anteriores habían demostrado asimismo que estas diferencias culturales pueden influir también en la memoria. En el origen de la presente investigación estaba la pregunta de si estas diferencias culturales podrían condicionar incluso la actividad neuronal del cerebro.

Para descubrirlo, los científicos, liderados por John Gabrieli, del McGovern Institute for Brain del MIT, pidieron a los participantes en la investigación que realizaran rápidos juicios de percepción de una serie de imágenes presentadas, al mismo tiempo que sus cerebros eran escaneados con la fMRI.

Cultura en la actividad cerebral

Según explica la Stony Brooks University, las respuestas de los participantes, simultáneas a la medición de su actividad cerebral, sirvieron para medir su percepción de la independencia o interdependencia de los objetos.

Las imágenes presentadas consistían en diagramas consecutivos en los que había una línea vertical dentro de una caja. A los participantes se les mostró una serie de estos dibujos para que emitieran su juicio de percepción en función de dos reglas: una de ellas les exigía ignorar el contexto y definir la longitud de la línea sin tener en cuenta el tamaño de los cuadrados (juicio absoluto). La otra regla consistía en tener en cuenta el contexto, y comparar las proporciones de las líneas con los cuadrados en los que estaban (juicio relativo).

Los cerebros de todos los participantes fueron sometidos a las mediciones del escáner mientras realizaban estos juicios aplicando los dos tipos de reglas. La intención era descubrir si los patrones de actividad cerebral diferían según una u otra norma de atención.

Las tareas eran lo suficientemente fáciles como para que los dos grupos las llevaran a cabo correctamente, pero sí hubo diferencia en la actividad cerebral medida. Los individuos de ambos grupos mostraron patrones de actividad cerebral distintos en el momento de realizarlas: la activación de determinadas áreas del cerebro era mucho menor cuando los juicios emitidos coincidían con los valores de sus culturas.

Implicación cultural y percepción

Según el artículo aparecido en Psychological Science, “en cada grupo, la activación en las regiones frontal y parietal del cerebro, que se sabe están asociadas al control de la atención, fue mayor durante la emisión de juicios no-preferidos culturalmente que durante la emisión de juicios preferidos culturalmente”.

Los científicos quedaron sorprendidos por la magnitud de la diferencia de los patrones neuronales entre ambos grupos culturales, así como de la enorme actividad neuronal vinculada al sistema de atención del cerebro que se ponía en marcha cuando los participantes emitían juicios alejados de su cosmovisión cultural.

Profundizando más en este fenómeno, los investigadores descubrieron que en aquellos individuos más identificados con su cultura, el efecto neuronal de los juicios que les resultaban “extraños”, se acentuaba aún más que en el resto de individuos de su misma cultura, pero menos implicados en ella.

Utilizando una serie de cuestionarios de preferencias y valores en las relaciones sociales de los participantes, calibraron su grado de identificación con su propia cultura. Así, pudo demostrarse que, en ambos grupos, una identificación más fuerte se correspondía con un patrón más intenso de activación cerebral específico de cada cultura.

De esta manera, explican los investigadores, “el trasfondo cultural individual, así como el grado en que un individuo da crédito a sus valores culturales, modera la activación de las redes del cerebro implicadas, incluso durante la realización de tareas visuales y de atención muy simples”.

jueves, 19 de septiembre de 2013

martes, 17 de septiembre de 2013

martes, 3 de septiembre de 2013

Just Thinking about Science Triggers Moral Behavior


Psychologists find deep connection between scientific method and morality

Public opinion towards science has made headlines over the past several years for a variety of reasons — mostly negative. High profile cases of academic dishonesty and disputes over funding have left many questioning the integrity and societal value of basic science, while accusations of politically motivated research fly from left and right. There is little doubt that science is value-laden. Allegiances to theories and ideologies can skew the kinds of hypotheses tested and the methods used to test them. These, however, are errors in the application of the method, not the method itself. In other words, it’s possible that public opinion towards science more generally might be relatively unaffected by the misdeeds and biases of individual scientists.  In fact, given the undeniable benefits scientific progress yielded, associations with the process of scientific inquiry may be quite positive.
Researchers at the University of California Santa Barbara set out to test this possibility. They hypothesized that there is a deep-seated perception of science as a moral pursuit — its emphasis on truth-seeking, impartiality and rationality privileges collective well-being above all else. Their new study, published in the journal PLOSOne, argues that the association between science and morality is so ingrained that merely thinking about it can trigger more moral behavior.
The researchers conducted four separate studies to test this. The first sought to establish a simple correlation between the degree to which individuals believed in science and their likelihood of enforcing moral norms when presented with a hypothetical violation. Participants read a vignette of a date-rape and were asked to rate the “wrongness” of the offense before answering a questionnaire measuring their belief in science. Indeed, those reporting greater belief in science condemned the act more harshly.
Of course, a simple correlation is susceptible to multiple alternative explanations. To rule out these possibilities, Studies 2-4 used experimental manipulations to test whether inducing thoughts about science could influence both reported, as well as actual, moral behavior. All made use of a technique called “priming” in which participants are exposed to words relevant to a particular category in order to increase its cognitive accessibility. In other words, showing you words like “logical,” “hypothesis,” “laboratory” and “theory” should make you think about science and any effect the presentation of these words has on subsequent behavior can be attributed to the associations you have with that category.
Participants first completed a word scramble task during which they either had to unscramble some of these science-related words or words that had nothing to do with science. They then either read the date-rape vignette and answered the same questions regarding the severity of that transgression (Study 2), reported the degree to which they intended to perform a variety of altruistic actions over the next month (Study 3), or engaged in a behavioral economics task known as the dictator game (Study 4). In the dictator game the participant is given a sum of money (in this case $5) and told to divide that sum however they please between themselves and an anonymous other participant.  The amount that participants give to the other is taken to be an index of their altruistic motivation.
Across all these different measures, the researchers found consistent results. Simply being primed with science-related thoughts increased a) adherence to moral norms, b) real-life future altruistic intentions, and c) altruistic behavior towards an anonymous other. The conceptual association between science and morality appears strong.

Actividad humana afecta el cerebro de animales

 La memoria de un ratón es registrada en un laboratorio. El cerebro de los animales ha cambiado a medida que el hombre ha modificado su ecosistema.
Voz de América - Redacción
El continuo proceso de evolución se puede medir en los cráneos de mamíferos pequeños, según revela un nuevo estudio.

La bióloga de la Universidad de Minnesota, Emilie C. Snell-Rood, sugiere que el cerebro de animales como los ratones y murciélagos, se han agrandado en la medida en que la actividad de los seres humanos ha provocado cambios en el medio ambiente.

Al medir la dimensión de decenas de cráneos que fueron recogidos durante más de un siglo y que han sido preservados en el Museo de Historia Natural, la bióloga Snell-Rood y la estudiante Naomi Wick, consiguieron estimar la evolución del tamaño del cerebro de 10 especies diferentes de roedores.

La investigación reveló que al comparar el cerebro de los ratones de patas blancas y los ratones de campo, se observó que los animales de las zonas urbanas tenían un cerebro 6% más grande que el de los roedores provenientes de las granjas.

Pero a la misma vez, algunas especies de musarañas y murciélagos de las zonas rurales también mostraron un aumento en sus cajas craneanas.

En su artículo, preparado para la publicación Proceedings de la Royal Society B, Snell-Rood propone su teoría de que el cerebro de seis especies consideradas se han hecho más grandes, porque los seres humanos han cambiado radicalmente el medio ambiente en Minnesota.

El estado del centro norte de Estados Unidos ha visto un cambio donde ciudades y granjas han sustituido a los bosques y praderas. En este ambiente alterado por la actividad humana, los animales tuvieron que aprender y desarrollar nuevos comportamientos para tener más probabilidades de sobrevivir y reproducirse.

Si bien otros biólogos evolucionistas necesitan poner a prueba la hipótesis, si finalmente la teoría de Snell-Rood demuestra ser acertada, los cráneos de las colecciones de museos de otras regiones del mundo desarrollado mostrarán una tendencia similar.

Previniendo el suicidio

Una vez más parece que la realidad se acerca a la ciencia ficción. Un grupo de investigación parece haber descubierto algunos marcadores sanguíneos que podrían detectar ciertas intenciones suicidas. El estudio publicado en la revista especializada  Molecular Psychiatry todavía está en fase preliminar, por lo que habrá que esperar a nuevos datos para confirmar su validez.

Durante los últimos años Alexander Niculescu, psiquiatra de la Escuela de Medicina de la Universidad de Indiana en Indianápolis, y sus colegas han buscado algún vínculo entre algo físico (biomarcadores) y las tendencias suicidas. En otros estudios ya se habían encontrado biomarcadores para ciertos desórdenes de la personalidad, como la bipolaridad, la psicosis o el alcoholismo. Sin embargo es la primera vez que obtienen datos sobre las tendencias suicidas.

Para intentar conseguir biomarcadores fiables en la sangre, los investigadores tomaron muestras de personas que se habían suicidado (sin ingesta de productos químicos) y que habían sido observados por su psiquiatra al menos un día antes de la muerte. Dichas muestras se compararon con otras de individuos varones bipolares que habían pasado de no querer suicidarse a sí pretender hacerlo, con datos de pacientes de otro estudio y un grupo de hombres con esquizofrenia.

Tras tomar muestras de sangre de 75 personas los científicos localizaron cinco posibles biomarcadores que debían ser analizados pormenorizadamente. Una vez realizado el escrutinio, con todos estos datos en la mano, se vieron sorprendidos por la claridad de los resultados, sobre todo de uno en particular, el SAT 1, implicado en el daño celular y el estrés. En las personas que se habían suicidado los niveles de SAT 1 eran muchísimo más altos que en los otros individuos, incluso en aquellos que mostraban intención de suicidarse.

En cualquier caso los investigadores son precavidos respecto los datos obtenidos. Tanto por el pequeño tamaño de la muestra como porque todas las personas muestreadas eran varones. Además como explica el propio Niculescu, "es poco probable que estos marcadores sean específicos para el suicidio, sino más bien por factores como la función celular anormal debido al estrés". Para los científicos el hallazgo de este tipo de biomarcadores deben ser combinados con datos psicológicos, como la ansiedad o el estado de ánimo, momento en el cual serán "potencialmente mucho más útiles", apuntan.

Para el psicólogo Mateo Nock, de la Universidad de Harvard, "ningún análisis será un predictor perfecto" aunque sí apunta que, puestos a buscar señales biológicas que den pistas de tendencias suicidas, esta investigación es "una pieza importante del rompecabezas".