martes, 21 de abril de 2009

El ojo cooperativo



Una característica que nos diferencia de la mayoría de los mamíferos (a parte de usar tarjetas de crédito) es el hecho de que en nuestro caso se distingue fácilmente el “blanco de los ojos”, es decir, el hecho de que la superficie blanca de nuestra córnea es muy superior que la que tienen otras especies (Kobayashi and Kohshima, 1997). En una comparación sistemática de 92 especies de primates (incluidos nosotros) se encontró que 85 tenían una esclera uniforme de color pardo o pardo oscuro (Kobayashi and Kohshima, 2001). Dado que nuestros parientes cercanos (chimpancé, gorila) no comparten esta característica, cabe pensar que surgió en algún momento de nuestra evolución. La pregunta es: ¿confería alguna ventaja adaptativa a nuestros antecesores? Y en tal caso ¿qué ventaja?


La respuesta a la primera pregunta no es necesariamente afirmativa. Las características que observamos en las especies actuales no son siempre producto de la selección natural. Pueden ser debidas al azar o ser consecuencias indirectas de la selección de otros caracteres. Sin embargo, no puede descartarse que el blanco de los ojos tuviera una función en nuestra especie. Otros datos apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, en el ojo humano la superficie blanca es muy superior a la de otras especies (tres veces mayor que en nuestros parientes próximos) y el contraste entre el color del ojo y el color de la piel es muy alto en nuestro caso (y mucho más bajo en las especies estudiadas). Todo esto sugiere que diferentes características han tenido que combinarse para dar lugar al típico ojo humano.


¿Dónde podría estar la ventaja selectiva? Se han sugerido algunas explicaciones. Por ejemplo, podría servir como indicador de la salud del individuo, lo que podría contribuir a su éxito reproductivo (al ser preferido por individuos de sexo opuesto para aparearse). No obstante, esto debería aplicar de forma parecida a los chimpancés. Otra posibilidad es que esta característica facilitara en gran medida que otros individuos pudieran saber en qué dirección estamos mirando, con lo que podría aumentar notablemente la interacción ¿Y el hecho de que otros puedan saber a dónde estoy mirando constituye una ventaja? Depende. Podría serlo si los humanos evolucionamos un ambiente social cooperativo (podría ser una desventaja en caso contrario). Pero, precisamente, la capacidad de cooperación es una de las características genuinamente humanas y que nos distingue de los chimpancés y los gorilas. Este espíritu de grupo seguramente fue un factor importante en nuestro éxito como especie y nos ayudó a colonizar la mayoría de los hábitats del planeta. Según esta idea, denominada hipótesis del ojo cooperativo, el característico contraste de nuestros ojos fue seleccionado porque permitía una mayor co-orientación visual entre individuos, lo que haría más fácil la coordinación de tareas.


Sin duda, la hipótesis es interesante, pero cómo comprobarla. Michael Tomasello y sus colaboradores, del Instituto Max-Plank de Antropología Evolutiva de Leipzig, se han puesto a ello y nos lo cuentan en un artículo reciente de la revista Journal of Human Evolution (Tomasello et al., 2007). La idea es en principio simple. Si la hipótesis del ojo cooperativo es cierta, los humanos seguiríamos la mirada de otros individuos basándonos precisamente en la dirección a la que apuntan sus ojos y esperaríamos que eso no ocurriera en especies emparentadas (que no tienen blanco en los ojos). Para comprobar esta idea los investigadores compararon el comportamiento de bebés humanos con el de chimpancés (jóvenes y adultos). Un experimentador humano miraba al cielo “sólo con los ojos”, o bien “sólo con la cabeza” (con los ojos cerrados), o bien “con ambos a la vez”. Los chimpancés siguieron la mirada del experimentador basándose fundamentalmente en el movimiento de la cabeza (aunque los ojos jugaban también algún papel). En cambio, los bebés humanos se basaron casi exclusivamente en los movimientos oculares. Estos resultados apoyan la hipótesis del ojo cooperativo (más bien, una parte de ella), pero todavía estamos lejos de poder afirmar que la hipótesis está contrastada más allá de toda duda razonable. Entretanto, me quedo con los versos de Gutierre de Cetina.


Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.


Kobayashi, H., and Kohshima, S. (1997) Unique morphology of the human eye. Nature 387: 767-768.

Kobayashi, H., and Kohshima, S. (2001) Unique morphology of the human eye and its adaptive meaning: comparative studies on external morphology of the primate eye. J Hum Evol 40: 419-435.

Tomasello, M., Hare, B., Lehmann, H., and Call, J. (2007) Reliance on head versus eyes in the gaze following of great apes and human infants: the cooperative eyes hypothesis. Journal of Human Evolution 52: 314-320.

Rostros y primates

El término instinto está algo desprestigiado en la actualidad, pero tenemos que considerarlo en este blog ya que se encuentra justo en el núcleo del debate Naturaleza-Crianza. El concepto no es nuevo en absoluto. El gran filósofo norteamericano William James lo había desarrollado mucho antes (aunque no de forma experimental), y no tuvo ningún empacho en aplicarlo a la conducta humana. Sin embargo, actualmente los psicólogos son algo reacios a aplicar este término a los humanos. El problema es que la idea de una conducta totalmente programada desde el nacimiento e independiente por completo del medio, resulta útil para describir algunas situaciones, pero no todas. Con las conductas esterotipadas que observamos, por ejemplo en los insectos, el concepto de instinto se ajusta bastante bien. Pero cuando tratamos de explicar comportamientos más complejos, por ejemplo en mamíferos o aves, la cosa se complica. En general, cuanto mayor y más complejo sea el cerebro de un animal, su conducta estará gobernada más por el aprendizaje y menos por el instinto. El problema radica en que muchas de las pautas de conducta que se observan son en parte programadas y en parte aprendidas. De aquí que la dicotomía tajante entre instinto y aprendizaje no funcione.

Uno de los conceptos desarrollados por Konrad Lorenz es el denominado ‘imprinting’. Lorenz observó que los pollitos de ganso identificaban como ‘su madre’ al primer animal que veían nada más salir del cascarón. De hecho, durante un periodo de su vida se vio constantemente perseguido por un grupo de gansos jóvenes que le identificaban como tal. Este fenómeno debe de estar genéticamente programado y sólo funciona en un periodo de tiempo muy corto. Por otra parte, no puede negarse que los pollos ‘aprenden’ quién es su madre. En condiciones normales, este tipo de aprendizaje genéticamente controlado asegura que el pollito va a ‘aprender’ correctamente quién es su verdadera madre ¿Genético o aprendido?

Veamos otro caso. El pinzón vulgar (Fringilla coelebs) tiene un canto muy característico, que podría definirse como una breve y vigorosa cascada de aproximadamente 12 notas. Los pinzones criados en cautividad (y por tanto, privados del canto de un pinzón salvaje) desarrollan un canto irreconocible, aunque con el número de notas correcto. Si se los cría en grupos aislados entre sí, cada grupo desarrolla un canto diferente. Esto nos indica que el canto del pinzón es aprendido y no innato; sin embargo, si exponemos a los pinzones cautivos al canto de su propia especie y al de una especie diferente, invariablemente desarrollan el canto típico del pinzón. Esto nos indica que el pinzón reconoce de forma ‘instintiva’ el canto de su propia especie. Interesante ¿no?

El problema es que, en la mayoría de los casos, resulta muy difícil separar los efectos genéticos de los ambientales, a menos que recurriésemos a técnicas francamente drásticas. Por ejemplo, el faraón Psammeticus (siglo VII ac) pensaba que el lenguaje se adquiere de forma innata, de forma que un niño que creciera sin contacto con ninguna lengua hablaría la “lengua original”. Dicho y hecho, el faraón ordenó que dos niños fueran criados en completo aislamiento. Al cabo de algunos años, uno de ellos pronunció un sonido parecido a “bekos”, que en frigio significa “pan”. De aquí dedujo el faraón que el idioma original debía de ser el frigio. Por cierto, se dice que el rey Jaime V de Escocia también realizó el más que dudoso experimento. En este caso, el niño (criado por una mujer sorda en una cabina especialmente diseñada) acabó siendo incapaz de hablar lengua alguna.

Un experimento parecido (aunque menos cuestionable desde el punto de vista ético) es el que ha realizado el investigador japonés Yoichi Sugita, y nos lo cuenta en el último número del PNAS (1). En este caso, lo que Sugita quería averiguar es si el reconocimiento visual de caras tiene una base biológica en primates. Para ello crió a un grupo de monos (Macaca fuscata) completamente privados de la visión de un rostro (humano o de mono). Los cuidadores daban el biberón a los monitos con una especie de caperuza de tela, aunque se les proporcionó un ambiente visualmente rico (con flores de colores y juguetes vistosos, pero nada que recordase a un rostro).

El sistema visual de reconocimiento de caras es capaz de discriminar cambios sutiles (p.e. distinguiendo expresiones faciales). Algunos autores asumen que dicho sistema “viene de fábrica”, o sea, se encuentra organizado en el cerebro al nacer. Otros investigadores argumentan que el reconocimiento de caras tiene su origen en una capacidad perceptual más general, y que acaba “especializándose en caras” debido a l uso frecuente en esta tarea. En definitiva, tenemos planteado un debate Naturaleza-Crianza en miniatura, con la importante ventaja de que ahora nos estamos limitando a un tema concreto, por lo que es posible abordarlo de manera experimental.

Tras un periodo (6, 12 y 24 meses, dependiendo del grupo) los monitos fueron sometidos a experimentos visuales y comparados con el grupo de control, el cual había sido criado por otros monos. En primer lugar, se comprobó que todos los animales (privados o no) prefirieron estímulos visuales que contenían caras, fueran humanas o de macaco, frente a estímulos con otros motivos. Esto sugiere que los macacos tienen una idea innata de qué debe ser una cara, y coincide con experimentos anteriores acerca de las preferencias visuales de los bebés humanos. En segundo lugar, utilizando una técnica específica (visual paired-comparison procedure) se determinó si los pequeños macacos eran capaces de distinguir entre caras nuevas y familiares. Los macacos de control no tuvieron problemas en realizar esta tarea con caras de otros macacos, pero no eran capaces de discriminar en el caso de rostros humanos. Sin embargo, y esto es lo más interesante, los macacos no-condicionados fueron igualmente capaces de distinguir lo nuevo y lo familiar, tanto en caras humanas como de mono. Al parecer, una vez que los animales han llegado a “saber”, debido a la experiencia cotidiana, cuál es el tipo de rostro relevante para ellos, pierden su poder discriminatorio para otros tipos de caras. Este fenómeno es similar al denominado “efecto de la propia raza” en humanos. Dicho efecto nos hace capaces de distinguir rostros en personas de nuestra misma raza, pero no de otras (o al menos, con más dificultad). A los europeos, todos los asiáticos les parecen iguales (o al menos, tienen mucha menos capacidad de discriminar). Análogamente, a los asiáticos, las caras europeas les resultan difíciles de distinguir. Aunque estamos lejos de una explicación completa, el fenómeno parece ser similar al descrito por Lorenz: primero tenemos un sistema innato para procesar estímulos visuales similares a una cara; después, la experiencia nos indica qué tipo de caras son relevantes para nosotros y nuestro sistema se especializa, perdiendo capacidad con respecto a las caras que no corresponden con nuestra especie (o raza).




(1) Sugita, Y. (2008) “Face perception in monkeys reared with no exposure to faces”. PNAS 8:394-398.

lunes, 30 de marzo de 2009

Variaciones en el genóma del ancestro común

27 de Marzo de 2009.

El genoma del ancestro evolutivo común del hombre y de los simios modernos experimentó una inusual ráfaga de duplicación de segmentos de ADN, según desvela un nuevo estudio.

Los resultados de dicho estudio muestran grandes diferencias entre el genoma de los seres humanos y el de los simios, específicamente dentro de las secuencias duplicadas que albergan genes en rápida evolución. La mayoría de estas diferencias surgió durante una época inmediatamente anterior a la especiación (diferenciación en especies) de los chimpancés, gorilas y humanos.

Los investigadores Tomás Marqués-Bonet y Jeffrey M. Kidd, de la Universidad de Washington, encabezaron el estudio.

No está claro el por qué, pero el ancestro común de humanos, chimpancés y gorilas experimentó una actividad inusual de duplicación. Además, los científicos ni siquiera saben todavía qué funciones tienen la mayoría de los genes que fueron afectados por estas duplicaciones.

Tales ancestros, de los cuales descendemos humanos, gorilas y chimpancés, vivieron en África hace entre 8 y 12 millones de años. La mayoría de los científicos piensa que el linaje que finalmente condujo hasta los humanos y los chimpancés se separó de la línea evolutiva de los ancestros de los simios africanos hace entre 5 y 7 millones de años, poco más o menos.

Más sorprendente es que la aceleración en la duplicación de secuencias se produjo en una época durante la cual otros tipos de mutación se habían refrenado entre los linajes de los homínidos.

Hubo un incremento significativo en la actividad del genoma tanto en el número de eventos de duplicación como en el número de pares de bases de ADN que fueron afectadas.

El equipo encontró ejemplos sorprendentes de duplicaciones recurrentes de fragmentos de ADN que se produjeron de modo independiente en diferentes linajes. La mayoría de las duplicaciones compartidas ya estaban presentes en el ancestro común de los chimpancés y los humanos, pero éstas son muy variables en el número de copias entre y dentro de las especies de monos antropomorfos y los humanos.

Los científicos han tenido grandes dificultades para poder determinar por qué los humanos y los chimpancés difieren tanto en su físico como en su comportamiento, siendo tan similares genéticamente. Los chimpancés y los humanos compartimos casi el 99 por ciento de las secuencias no duplicadas de nuestros respectivos genomas, las proteínas de unos y otros son virtualmente idénticas, y hay muy pocas diferencias estructurales que permitan diferenciar a los cromosomas humanos de los del chimpancé. En cambio, las secuencias duplicadas muestran una variación mucho más amplia que las otras porciones del código genético.

No existe aún una respuesta definitiva sobre por qué los humanos y los chimpancés somos tan diferentes. Quizás las duplicaciones de los segmentos que son específicas para los humanos sean otro factor a explorar, o quizás lo que a los humanos nos hace distintos de los chimpancés no se encuentre en estas diferencias genéticas.

Información adicional en:

* Scitech News

martes, 17 de marzo de 2009

mapa cerebral completo

Crean el mapa cerebral más completo de la inteligencia humana
Establece la relación entre diversas áreas y habilidades cognitivas

Neurocientíficos del Instituto de Tecnología de California (Caltech) han conseguido realizar el mapeo cerebral más global de las habilidades cognitivas humanas. Con las tecnologías más avanzadas, se realizaron escáneres cerebrales a 241 personas con algún déficit cognitivo. Todas estas imágenes fueron después relacionadas con las puntuaciones de dichas personas en el test de inteligencia WAIS. Así, pudieron relacionarse diversas partes del cerebro con las puntuaciones obtenidas en diferentes indicadores de inteligencia, como la capacidad lingüística o la memoria de trabajo. Este mapeo resultará útil para localizar áreas del cerebro lesionadas o para predecir el cociente de inteligencia de una persona sin necesidad de realizarle un test de inteligencia. Por Yaiza Martínez.


Mapeo del cerebro. Fuente: Caltech.
Un equipo de neurocientíficos del Instituto de Tecnología de California (Caltech) ha realizado el mapeo cerebral más global de las habilidades cognitivas humanas realizado hasta la fecha.

Sus resultados han proporcionado una nueva comprensión sobre cómo diversos factores de nuestra inteligencia, mensurables con la puntuación de un “cociente de inteligencia” (IQ), dependen de regiones particulares del cerebro.

El neurocientífico Ralph Adolphs, profesor de psicología y neurociencias en el Caltech, y sus colaboradores reunieron mapas del cerebro realizados con dos tecnologías altamente avanzadas: las imágenes por resonancia magnética (MRI) (técnica que utiliza el fenómeno de la resonancia magnética para obtener información sobre la estructura y composición del cerebro); y la tomografía computerizada (CT) (que genera una imagen tridimensional del cerebro).

Todas estas imágenes fueron tomadas de un total de 241 pacientes neurológicos del registro de lesionados cerebrales de la Universidad de Iowa.

Relacionando el IQ con el cerebro

Estos pacientes presentaban algún grado de discapacidad cognitiva debido a infartos, resección de tumores o traumas en el cerebro.

Todos ellos fueron sometidos a un test de inteligencia denominado Wechsler Adult Intelligence Scale (WAIS), que es el test de inteligencia más usado en el mundo y que analiza la inteligencia global de los individuos, desde distintos aspectos.

El test WAIS refleja, en concreto, cuatro indicadores de inteligencia: el índice de comprensión (habilidad para entender y producir discursos y usar el lenguaje); el índice de organización perceptiva (procesamiento visual y espacial); el índice de memoria de trabajo (habilidad para guardar temporalmente información en la mente); y el índice de velocidad de procesamiento.

Después de transferir las imágenes cerebrales obtenidas a un marco de referencia común, desarrollado por la neurocientífico de la Universidad de Southern California, Hanna Damasio, y utilizando una técnica denominada voxel-based symptom-lesion mapping (mapeo de síntoma de lesión basado en voxel), donde cada voxel es una medida tridimensional de un volumen de un milímetro cúbico, Adolphs y sus colaboradores pudieron relacionar la localización de las lesiones cerebrales de los pacientes con las puntuaciones obtenidas por éstos en el test WAIS.

Mapeo de las habilidades cognitivas

Según declaró Adolphs en el comunicado del Caltech, con esta combinación de datos “la primera pregunta a la que hemos respondido es si había algunas partes del cerebro claves para la puntuación en los indicadores del test o si estas partes se encontraban distribuidas de una forma que no podían ser mapeada”.

Los resultados demostraron que sí podía mapearse la inteligencia: a excepción de la velocidad de procesamiento, que parece repartirse por todo el cerebro, el mapeo de las lesiones de los pacientes demostró que los otros tres indicadores de nuestra inteligencia dependen de áreas específicas del cerebro.

Así, las lesiones en la corteza frontal izquierda se asociaron con bajas puntuaciones en el índice de comprensión verbal; las lesiones en la corteza frontal izquierda y parietal (localizada detrás del lóbulo frontal) fueron asociadas con bajas puntuaciones en el índice de memoria de trabajo; y las lesiones en la corteza parietal derecha se relacionaron con las bajas puntuaciones en el índice de organización perceptiva.

El estudio reveló, por otro lado, que se suceden una gran cantidad de superposiciones en las regiones del cerebro responsables de la comprensión verbal y de la memoria de trabajo. Estas dos habilidades cognitivas, que aparecen como separadas en las mediciones del WAIS, podrían por tanto un solo tipo de inteligencia, puesto que tienen un lugar de origen similar en el cerebro.

Apoyo al diagnóstico

Según los científicos, los detalles sobre la estructura cerebral de la inteligencia suministrados por el estudio podrían resultar útiles en futuras revisiones del test WAIS, dado que diversas pruebas de éste están agrupadas en base a similitudes neuroanatómicas.

Además, el mapeo cerebral producido por el estudio podría ser utilizado como una herramienta de diagnóstico. Los especialistas podrían combinar el mapeo cerebral con los resultados de sus pacientes en el test de inteligencia WAIS para localizar áreas del cerebro lesionadas.

“Aunque insuficiente para servir como diagnóstico, el mapeo podría suministrar información que ayude a los médicos a establecer qué partes del cerebro son disfuncionales”, afirmó Adolphs. A la inversa, usar el mapeo cerebral para predecir el IQ de pacientes también sería posible, aseguran los científicos.

Estos descubrimientos proporcionan los mapas cerebrales de los factores de inteligencia y establecen recomendaciones específicas para la interpretación y la aplicación del WAIS al estudio de la inteligencia de personas sanas o con alguna deficiencia cognitiva, explican los investigadores en un artículo aparecido en Neuron.

martes, 10 de marzo de 2009

Paleontología

La Gran Robustez de las Mandíbulas de los Primeros Humanos
9 de Marzo de 2009.

La recomendación que los adultos dan a los niños pequeños de no usar los dientes como herramienta para abrir algo duro, es acertada y sensata. Los cráneos humanos tienen mandíbulas y dientes pequeños que no están bien preparados para morder con fuerza objetos duros. Sin embargo, no sucedía así con nuestros primeros ancestros, como muestra una nueva investigación, la cual revela la espectacular capacidad para romper a mordiscos cáscaras muy duras de frutos secos que poseían nuestros ancestros dos millones y medio de años atrás. Esta capacidad les permitía alterar su dieta para adaptarse a los cambios en las fuentes de alimentos de su entorno.


Mark Spencer y Caitlin Schrein, ambos de la Universidad del Estado de Arizona, son parte del equipo internacional de investigadores que planificó y llevó a cabo el estudio sobre la biomecánica de la alimentación y la ecología dietética de los Australopithecus africanus.

Utilizando modelos informáticos vanguardistas y tecnología de simulación igualmente avanzada (del mismo tipo que la usada por los ingenieros para simular como un automóvil reacciona ante las fuerzas de la colisión), los científicos construyeron un modelo virtual del cráneo del A. africanus y pudieron ver cómo funcionaban las mandíbulas y qué fuerzas eran capaces de ejercer.

Los resultados dejan claro cómo las mandíbulas estaban diseñadas para resistir las pesadas cargas estructurales inherentes a la acción de resquebrajar las cáscaras duras.

Lo comprobado por este nuevo estudio se suma así al conjunto creciente de evidencias y conclusiones que indican que las especializaciones faciales de los primeros humanos son adaptaciones vinculadas a la capacidad de adoptar ciertas dietas específicas.

El agrandamiento de los premolares, el robusto esmalte dental y las evidencias ahora obtenidas de la gran fuerza que ciertas mandíbulas eran capaces de ejercer, hace pensar que el tamaño de los objetos fracturables a mordiscos era mayor que el de los pequeños frutos secos y semillas aceptados exclusivamente hasta ahora por muchos científicos.

Recurrir a frutos secos y semillas duras a modo de alimentos para casos de emergencia fue una estrategia importante para sobrevivir durante un periodo de cambios climáticos y escasez de alimentos de fácil acceso. La nueva investigación muestra que los primeros ancestros humanos, que todavía no habían aprendido a fabricar herramientas de piedra, resolvían con sus mandíbulas problemas de acceso a alimentos que los humanos de la Edad de Piedra resolverían con herramientas.

Ilusiones ópticas y movimiento

El Cerebro Percibe las Ilusiones Opticas de Movimiento Como Movimientos Reales
9 de Marzo de 2009.

Un nuevo estudio sugiere que las ilusiones ópticas hacen más que engañar a los ojos; pueden también convencer a ciertas partes del cerebro de que el gráfico estático se está moviendo. Y eso implica incluso experimentar una leve sensación de mareo por movimiento al contemplar una imagen inmóvil que provoque una ilusión óptica de rotación.


Un equipo de investigadores en Japón, dirigidos por Akiyoshi Kitaoka de la Universidad Ritsumeikan en Kioto, monitorizó la actividad cerebral de los participantes del estudio a medida que éstos veían la Ilusión de las Serpientes Rotatorias, en la cual círculos concéntricos parecen rotar continuamente.

Antes de este estudio, los científicos consideraban que las ilusiones que simulan movimiento estaban relacionadas con una actividad cerebral de alto nivel (la imaginación). Pero este nuevo estudio ha revelado que la ilusión mencionada despertó una actividad cerebral generada por un proceso en la corteza visual.

Ésta es la parte del cerebro que procesa el movimiento físico real. Así que, la percepción del movimiento ilusorio no es un proceso en el que sólo intervenga la imaginación del observador.

Los investigadores compararon los niveles de movimiento ocular a medida que los participantes observaban la Ilusión de las Serpientes Rotatorias. Cuando los participantes movían sus ojos mientras observaban la ilusión, se registraban tasas de actividad mayores en el área cerebral que se ocupa de la percepción del movimiento.

Los resultados de este estudio son importantes para los diseñadores de paneles de instrumentos para automóviles, aeronaves y otros vehículos, así como para quienes elaboran contenidos multimedia accesibles online o para las películas y la televisión. Una mejor comprensión de la percepción del movimiento puede ayudar a los diseñadores a evitar patrones gráficos que estimulen el área sensible al movimiento en la corteza, evitando así que los usuarios experimenten mareo por movimiento u otros malestares como consecuencia de una ilusión óptica inintencionada.

Información adicional en:

* Scitech News

lunes, 9 de marzo de 2009

Presenciar una injusticia produce asco y mal de boca

Cuando se observa algo que nos parece inmoral, uno arruga la cara, dicen expertos
Reacción puede ser ‘herencia’ de instintos primitivos ante alimentos tóxicos

Que una injusticia le produzca a una persona asco y hasta mal sabor de boca no es una metáfora, sino una reacción real y normal.

Un estudio publicado por científicos de la Universidad de Toronto, Canadá, demostró que el sentimiento de asco experimentado tras el trato injusto no es tan distinto del que se produce en el cuerpo humano luego de ingerir un alimento con un sabor muy desagradable.

De hecho, los científicos lograron detectar que las personas arrugamos la cara incluso de la misma manera ante algo que nos parece inmoral y algo que nos sabe desagradable.

Ese hallazgo se confirmó mediante el uso de electrodos colocados en la cabeza, específicamente en el músculo que eleva el labio superior de la boca y arruga la nariz (la típica reacción de asco).

Aquella repugnancia a la injusticia podría ser el resultado de instintos primitivos o un proceso evolutivo, explicó el especialista Hannah Chapman en un artículo publi-cado en la revista Science .

Según él, las formas más sencillas de asco surgieron como una emoción que probablemente resultó de gran relevancia para la supervivencia humana.

“Recordemos que las cosas físicas por las que sentimos repugnancia son venenos o cosas que pueden causar enfermedad, como heces, heridas sangrantes y algunos insectos, como cucarachas y gusanos” , enfatizó Chapman.

Agregó: “Cuando sentimos repugnancia queremos evitar esa clase de cosas, lo que nos da una ventaja para alejarnos de ellas y seguir con vida”.

La pregunta que le surge ahora a los investigadores es cómo adquirimos los humanos la capacidad de sentir asco hacia las transgresiones morales.

“Sorprendentemente, nuestro sentido de la moral, de lo que está bien y lo que está mal, puede haberse desarrollado más bien a partir de una preferencia innata de lo que sabe bien y mal, de lo que es potencialmente nutritivo frente a lo venenoso”, manifestó el otro investigador, Adam Anderson.