Este es un espacio para compartir unas serie de temas sobre las ciencias cognitivas y áreas del saber relacionadas
viernes, 11 de septiembre de 2009
Programando las emociones
¿Què importancia tienen las emociones en la toma de decisiones, en la contrucción de conocimiento?, el siguiente video nos puede dar pistas mediante el análisis del estudio de la emociones en laboratorio, esta vez mediante la programación de la emociones.
jueves, 10 de septiembre de 2009
El color de las emociones
Documento tomado de la revista de ciencias cognitivas
(http://medina-psicologia.ugr.es/cienciacognitiva/?s=emociones)
Julio Santiago
Dept. de Psicología Experimental y Fisiología del Comportamiento, Universidad de Granada, España.
¿Son capaces los colores de afectar a cómo pensamos y razonamos? ¿Pueden hacerlo sin que nos demos cuenta de ello? Estudios recientes empiezan a responder a estas cuestiones.
La psicología popular sabe bien que colores y emociones mantienen entrañables relaciones. Todos, con llamativas excepciones, somos muy conscientes de estas relaciones cuando elegimos la ropa que ponernos cada día, procurando que el resultado sea agradable para uno mismo y los demás. Estas relaciones se reflejan también en el lenguaje cotidiano, que está plagado de expresiones y modismos como “estaba verde de envidia”, “alerta roja”, o “ponerse rojo de ira”. En otros idiomas sucede igual, como en la expresión “feeling blue” en inglés, que significa sentirse triste. Pero hasta hace muy poco no disponíamos de ningún análisis sistemático de este tipo de expresiones, ni mucho menos de demostraciones experimentales rigurosas de la influencia que los colores ejercen sobre nuestro estado emocional.
Recientemente, la lingüista Gill Philip (2006) ha abordado el aspecto descriptivo de la relación entre colores y emociones. Utilizando dos corpora (inglés e italiano) de varios millones de palabras cada uno, ha trazado los contextos de aparición de los términos básicos del color. Así, ha podido constatar muchas similitudes, y algunas diferencias, en las connotaciones que adoptan los términos del color en ambos idiomas, connotaciones que coinciden en gran medida con las que, intuitivamente, les asignamos en castellano. Por ejemplo, “blanco” y “negro” (o mejor, “claro” y “oscuro”) se asocian respectivamente a lo bueno y lo positivo, y lo malo y negativo. “Rojo” mantiene relaciones con una familia de significados que en su mayoría tienen connotaciones negativas (ira, vergüenza, peligro, amenaza, agotamiento físico), aunque con excepciones (amor, pasión). “Amarillo” toma prestadas algunas connotaciones del “blanco” por ser un color claro, y participa en otras como la que lo asocia a cierto tipo de prensa sensacionalista. Finalmente, el “verde” muestra algunas asociaciones con estados emocionales, como la envidia o la esperanza, pero hoy en día se asocia mayoritariamente con el ecologismo y la naturaleza.
Una gran cuestión, por supuesto, es de dónde vienen estas connotaciones. Algunas están claramente cargadas de cultura, como la del amarillo y la prensa sensacionalista, pero otras pueden estar mediadas por asociaciones muy básicas, con gran carga biológica. Por ejemplo, el rojo se relaciona con el color de la sangre (tanto sangre derramada como el enrojecimiento de la piel bien irrigada), y esto puede mediar tanto sus evocaciones negativas como las positivas. Pero también se asocia el rojo sistemáticamente con el peligro y la evitación a través de su uso en semáforos, señales de tráfico y otros símbolos de uso habitual en culturas concretas.
Pero aunque estas connotaciones estén presentes en el modo de hablar de las personas, ¿hasta qué punto nos afectan? Y, si lo hacen, ¿pueden afectarnos sin darnos cuenta? Dos estudios recientes han comenzado a aportar respuestas a estas preguntas. El psicólogo Brian Meier y sus colaboradores (2004) presentaron palabras con carga emocional positiva (”bebé”, “campeón”, “jardín”…) y palabras con carga negativa (”enemigo”, “fraude”, “veneno”…) sobre una pantalla de ordenador con un fondo gris. Cada palabra aparecía en dos versiones, una vez impresa en blanco y otra en negro. Los participantes debían responder, para cada palabra, presionando una tecla si su significado era positivo y otra si era negativo, y el ordenador recogía el tiempo transcurrido desde la presentación de la palabra hasta la respuesta (tiempo de reacción). Los resultados fueron contundentes: el tiempo de reacción aumenta cuando la palabra es positiva y está impresa en negro, y también cuando es negativa y está impresa en blanco. En cambio, cuando la combinación emoción-color es la adecuada (positivo-blanco, negativo-negro), el significado emocional de la palabra se valora más rápidamente.
Aún más sugerente es el estudio realizado por el psicólogo Andrew Elliot y sus colaboradores (2007) sobre el efecto que tiene una breve exposición al color rojo en un contexto de logro. Estos investigadores decían a sus participantes que iban a realizar un test de inteligencia (unas veces era la resolución de un conjunto de analogías, del tipo “caro es a raro, lo que barato es a…”; otras veces, continuar una sucesión de números…). A lo largo de varios experimentos, compararon el efecto del rojo con el de un color con asociaciones positivas (el verde) y otro que consideraron neutro (negro, blanco o gris, aunque según los datos de Meier, ni negro ni blanco son tan neutros).
En un experimento, el número de la página en el cuadernillo del test estaba escrito con un bolígrafo de color rojo, verde o negro. En otros experimentos, la portada del test, en la que los participantes se paraban sólo durante 2 segundos, era de color rojo, verde, blanco o gris. Tan escueta exposición al color rojo fue suficiente para conseguir que el número de ejercicios realizado correctamente fuese menor para el grupo de participantes que vio ese color. (El verde no se diferenció de los colores “neutros”). Preguntados después de acabar el test, todos los participantes recordaban haber visto el color que les tocó, pero ninguno supuso en ningún momento que tenía algo que ver con el estudio, y ni mucho menos que le estuviera afectando a su realización del test.
Quedan muchas cuestiones por resolver. ¿Afectará el rojo de igual manera en un contexto que no sea de logro, sino, p.ej., en un contexto de relación social, donde sus asociaciones son mayormente positivas? ¿Se encontrarán los mismos efectos en otras culturas en las que no se dan las asociaciones cotidianas del rojo con el peligro? Si fuese así, se apoyaría la idea de que el origen de la emocionalidad del rojo está en parte enraizada en nuestro pasado como especie.
En todo caso, si vas a presentarte a unas oposiciones, un examen o a defender un proyecto, evita los bolígrafos rojos, y ruega porque ninguno de los presentes lleve una camiseta roja.
Referencias
Elliot, A. W., Maier, M. A., Moller, A. C., Friedman, R., & Meinhart, J. (2007) Color and psychological functioning: The effect of red on performance attainment. Journal of Experimental Psychology: General, 136, 154-168.
Meier, B. P., Robinson, M. D. & Clore, G. L. (2004) Why good guys wear white: Automatic inferences about stimulus valence based on brightness. Psychological Science, 15(2), 82-87.
Philip, G. (2006) Connotative meaning in English and Italian Colour-word metaphors. Metaphorik.de, 10, 59-93.
(http://medina-psicologia.ugr.es/cienciacognitiva/?s=emociones)
Julio Santiago
Dept. de Psicología Experimental y Fisiología del Comportamiento, Universidad de Granada, España.
¿Son capaces los colores de afectar a cómo pensamos y razonamos? ¿Pueden hacerlo sin que nos demos cuenta de ello? Estudios recientes empiezan a responder a estas cuestiones.
La psicología popular sabe bien que colores y emociones mantienen entrañables relaciones. Todos, con llamativas excepciones, somos muy conscientes de estas relaciones cuando elegimos la ropa que ponernos cada día, procurando que el resultado sea agradable para uno mismo y los demás. Estas relaciones se reflejan también en el lenguaje cotidiano, que está plagado de expresiones y modismos como “estaba verde de envidia”, “alerta roja”, o “ponerse rojo de ira”. En otros idiomas sucede igual, como en la expresión “feeling blue” en inglés, que significa sentirse triste. Pero hasta hace muy poco no disponíamos de ningún análisis sistemático de este tipo de expresiones, ni mucho menos de demostraciones experimentales rigurosas de la influencia que los colores ejercen sobre nuestro estado emocional.
Recientemente, la lingüista Gill Philip (2006) ha abordado el aspecto descriptivo de la relación entre colores y emociones. Utilizando dos corpora (inglés e italiano) de varios millones de palabras cada uno, ha trazado los contextos de aparición de los términos básicos del color. Así, ha podido constatar muchas similitudes, y algunas diferencias, en las connotaciones que adoptan los términos del color en ambos idiomas, connotaciones que coinciden en gran medida con las que, intuitivamente, les asignamos en castellano. Por ejemplo, “blanco” y “negro” (o mejor, “claro” y “oscuro”) se asocian respectivamente a lo bueno y lo positivo, y lo malo y negativo. “Rojo” mantiene relaciones con una familia de significados que en su mayoría tienen connotaciones negativas (ira, vergüenza, peligro, amenaza, agotamiento físico), aunque con excepciones (amor, pasión). “Amarillo” toma prestadas algunas connotaciones del “blanco” por ser un color claro, y participa en otras como la que lo asocia a cierto tipo de prensa sensacionalista. Finalmente, el “verde” muestra algunas asociaciones con estados emocionales, como la envidia o la esperanza, pero hoy en día se asocia mayoritariamente con el ecologismo y la naturaleza.
Una gran cuestión, por supuesto, es de dónde vienen estas connotaciones. Algunas están claramente cargadas de cultura, como la del amarillo y la prensa sensacionalista, pero otras pueden estar mediadas por asociaciones muy básicas, con gran carga biológica. Por ejemplo, el rojo se relaciona con el color de la sangre (tanto sangre derramada como el enrojecimiento de la piel bien irrigada), y esto puede mediar tanto sus evocaciones negativas como las positivas. Pero también se asocia el rojo sistemáticamente con el peligro y la evitación a través de su uso en semáforos, señales de tráfico y otros símbolos de uso habitual en culturas concretas.
Pero aunque estas connotaciones estén presentes en el modo de hablar de las personas, ¿hasta qué punto nos afectan? Y, si lo hacen, ¿pueden afectarnos sin darnos cuenta? Dos estudios recientes han comenzado a aportar respuestas a estas preguntas. El psicólogo Brian Meier y sus colaboradores (2004) presentaron palabras con carga emocional positiva (”bebé”, “campeón”, “jardín”…) y palabras con carga negativa (”enemigo”, “fraude”, “veneno”…) sobre una pantalla de ordenador con un fondo gris. Cada palabra aparecía en dos versiones, una vez impresa en blanco y otra en negro. Los participantes debían responder, para cada palabra, presionando una tecla si su significado era positivo y otra si era negativo, y el ordenador recogía el tiempo transcurrido desde la presentación de la palabra hasta la respuesta (tiempo de reacción). Los resultados fueron contundentes: el tiempo de reacción aumenta cuando la palabra es positiva y está impresa en negro, y también cuando es negativa y está impresa en blanco. En cambio, cuando la combinación emoción-color es la adecuada (positivo-blanco, negativo-negro), el significado emocional de la palabra se valora más rápidamente.
Aún más sugerente es el estudio realizado por el psicólogo Andrew Elliot y sus colaboradores (2007) sobre el efecto que tiene una breve exposición al color rojo en un contexto de logro. Estos investigadores decían a sus participantes que iban a realizar un test de inteligencia (unas veces era la resolución de un conjunto de analogías, del tipo “caro es a raro, lo que barato es a…”; otras veces, continuar una sucesión de números…). A lo largo de varios experimentos, compararon el efecto del rojo con el de un color con asociaciones positivas (el verde) y otro que consideraron neutro (negro, blanco o gris, aunque según los datos de Meier, ni negro ni blanco son tan neutros).
En un experimento, el número de la página en el cuadernillo del test estaba escrito con un bolígrafo de color rojo, verde o negro. En otros experimentos, la portada del test, en la que los participantes se paraban sólo durante 2 segundos, era de color rojo, verde, blanco o gris. Tan escueta exposición al color rojo fue suficiente para conseguir que el número de ejercicios realizado correctamente fuese menor para el grupo de participantes que vio ese color. (El verde no se diferenció de los colores “neutros”). Preguntados después de acabar el test, todos los participantes recordaban haber visto el color que les tocó, pero ninguno supuso en ningún momento que tenía algo que ver con el estudio, y ni mucho menos que le estuviera afectando a su realización del test.
Quedan muchas cuestiones por resolver. ¿Afectará el rojo de igual manera en un contexto que no sea de logro, sino, p.ej., en un contexto de relación social, donde sus asociaciones son mayormente positivas? ¿Se encontrarán los mismos efectos en otras culturas en las que no se dan las asociaciones cotidianas del rojo con el peligro? Si fuese así, se apoyaría la idea de que el origen de la emocionalidad del rojo está en parte enraizada en nuestro pasado como especie.
En todo caso, si vas a presentarte a unas oposiciones, un examen o a defender un proyecto, evita los bolígrafos rojos, y ruega porque ninguno de los presentes lleve una camiseta roja.
Referencias
Elliot, A. W., Maier, M. A., Moller, A. C., Friedman, R., & Meinhart, J. (2007) Color and psychological functioning: The effect of red on performance attainment. Journal of Experimental Psychology: General, 136, 154-168.
Meier, B. P., Robinson, M. D. & Clore, G. L. (2004) Why good guys wear white: Automatic inferences about stimulus valence based on brightness. Psychological Science, 15(2), 82-87.
Philip, G. (2006) Connotative meaning in English and Italian Colour-word metaphors. Metaphorik.de, 10, 59-93.
DESLIGAR LA PERCEPCION DEL "YO" DE LA UBICACION ESPACIAL DEL PROPIO CUERPO
DESLIGAR LA PERCEPCION DEL "YO" DE LA UBICACION ESPACIAL DEL PROPIO CUERPO
Cuando sentimos que somos tocados, usualmente alguien o algo nos está tocando físicamente, y percibimos que estamos ubicados en el mismo lugar que nuestro cuerpo. Unos neurocientíficos en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza) han analizado en una nueva investigación la relación entre la autoconciencia corporal y la forma en que se representan espacialmente los estímulos de tacto en los humanos. Y han descubierto que las sensaciones de tacto se pueden sentir y ubicar allí donde se ve un cuerpo "virtual". Este hallazgo proporcionará nuevas estrategias para reforzar la percepción sensorial en los sistemas de Realidad Virtual y para crear mundos virtuales más vívidos y realistas.

En su investigación anterior, el laboratorio del profesor Olaf Blanke en la Escuela Politécnica Federal de Lausana encontró que se puede alterar la conciencia de nuestro propio cuerpo (el sentido de autoidentificación y autoubicación) en personas sanas bajo ciertas condiciones experimentales, produciendo sensaciones similares a las que se sienten en las experiencias descritas como "extracorporales".
Varios estudios anteriores mostraron que si se coloca una mano de goma de forma tal que se extienda desde el brazo de una persona y oculte de la vista su mano real, y se tocan a la vez su mano real y la mano de goma, a la persona le parece sentir el contacto en el lugar donde ve que se toca la mano de goma. Este efecto y la "pertenencia" experimentada de la mano de goma se conocen como la "ilusión de la mano de goma".
Los autores del nuevo estudio buscaron expandir esta investigación para ver si la percepción del tacto varía cuando los humanos experimentamos la sensación de poseer un cuerpo virtual completo. Ellos diseñaron una tarea de comportamiento innovadora en la cual los participantes en el experimento tuvieron que tratar de detectar dónde se manifestaban unas vibraciones en su cuerpo. Al mismo tiempo, los participantes veían su propio cuerpo mediante una pantalla sujetada en su cabeza. Esta pantalla estaba conectada a una cámara que filmaba al participante desde dos metros atrás. Los participantes tenían que ignorar destellos de luz que aparecían en su cuerpo cerca de los dispositivos de vibración. A los sujetos se les indujo la sensación de que estaban ubicados en la posición donde veían su cuerpo, o sea, a dos metros en frente de ellos.
Se comprobó que el mapa de las sensaciones de tacto estaba alterado durante la ilusión de cuerpo completo. La comprobación se basó en medir cuánto interferían los destellos de luz en la percepción de las vibraciones. El mapa del tacto en el espacio estaba desplazado hacia el cuerpo virtual cuando los sujetos sentían que ellos estaban ubicados en el cuerpo virtual que veían.
Este estudio demuestra que ciertos cambios cruciales en la autoconciencia (¿Dónde me encuentro? y ¿Cuál es mi cuerpo?) están acompañados por cambios en la ubicación física que creemos que ocupa una parte de nuestro cuerpo sometida a sensaciones táctiles.
Estos datos revelan que los mecanismos cerebrales de procesamiento multisensorial son vitales para la experiencia consciente del "Yo" y pueden ser manipulados científicamente para hacer que una persona sienta que su cuerpo es el de un avatar digital, el de un robot controlado por telepresencia, o el de otras máquinas.
Scitech News
Cuando sentimos que somos tocados, usualmente alguien o algo nos está tocando físicamente, y percibimos que estamos ubicados en el mismo lugar que nuestro cuerpo. Unos neurocientíficos en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza) han analizado en una nueva investigación la relación entre la autoconciencia corporal y la forma en que se representan espacialmente los estímulos de tacto en los humanos. Y han descubierto que las sensaciones de tacto se pueden sentir y ubicar allí donde se ve un cuerpo "virtual". Este hallazgo proporcionará nuevas estrategias para reforzar la percepción sensorial en los sistemas de Realidad Virtual y para crear mundos virtuales más vívidos y realistas.

En su investigación anterior, el laboratorio del profesor Olaf Blanke en la Escuela Politécnica Federal de Lausana encontró que se puede alterar la conciencia de nuestro propio cuerpo (el sentido de autoidentificación y autoubicación) en personas sanas bajo ciertas condiciones experimentales, produciendo sensaciones similares a las que se sienten en las experiencias descritas como "extracorporales".
Varios estudios anteriores mostraron que si se coloca una mano de goma de forma tal que se extienda desde el brazo de una persona y oculte de la vista su mano real, y se tocan a la vez su mano real y la mano de goma, a la persona le parece sentir el contacto en el lugar donde ve que se toca la mano de goma. Este efecto y la "pertenencia" experimentada de la mano de goma se conocen como la "ilusión de la mano de goma".
Los autores del nuevo estudio buscaron expandir esta investigación para ver si la percepción del tacto varía cuando los humanos experimentamos la sensación de poseer un cuerpo virtual completo. Ellos diseñaron una tarea de comportamiento innovadora en la cual los participantes en el experimento tuvieron que tratar de detectar dónde se manifestaban unas vibraciones en su cuerpo. Al mismo tiempo, los participantes veían su propio cuerpo mediante una pantalla sujetada en su cabeza. Esta pantalla estaba conectada a una cámara que filmaba al participante desde dos metros atrás. Los participantes tenían que ignorar destellos de luz que aparecían en su cuerpo cerca de los dispositivos de vibración. A los sujetos se les indujo la sensación de que estaban ubicados en la posición donde veían su cuerpo, o sea, a dos metros en frente de ellos.
Se comprobó que el mapa de las sensaciones de tacto estaba alterado durante la ilusión de cuerpo completo. La comprobación se basó en medir cuánto interferían los destellos de luz en la percepción de las vibraciones. El mapa del tacto en el espacio estaba desplazado hacia el cuerpo virtual cuando los sujetos sentían que ellos estaban ubicados en el cuerpo virtual que veían.
Este estudio demuestra que ciertos cambios cruciales en la autoconciencia (¿Dónde me encuentro? y ¿Cuál es mi cuerpo?) están acompañados por cambios en la ubicación física que creemos que ocupa una parte de nuestro cuerpo sometida a sensaciones táctiles.
Estos datos revelan que los mecanismos cerebrales de procesamiento multisensorial son vitales para la experiencia consciente del "Yo" y pueden ser manipulados científicamente para hacer que una persona sienta que su cuerpo es el de un avatar digital, el de un robot controlado por telepresencia, o el de otras máquinas.
Scitech News
La Amistad Influye en la Conducta Alimentaria

9 de Septiembre de 2009.
Foto: U. BuffaloUn nuevo estudio sobre obesidad infantil en Estados Unidos, ha desvelado que algunos factores sociales, tales como la presencia de amigos, pueden influir en el nivel de riesgo que los jóvenes con sobrepeso tienen de comer más de lo debido. La amistad tiene influencia sobre el comportamiento alimentario, pero sobre todo en quienes tienen sobrepeso.
La investigación demuestra que los amigos pueden actuar como "autorizadores" de la cantidad de comida que el niño o niña consume.
"Estos resultados son importantes, considerando el papel de los amigos como agentes de cambio en la infancia y la adolescencia", destaca Sarah Salvy, profesora en la División de Medicina de la Conducta, Departamento de Pediatría, en la Escuela de Medicina y Ciencias Biomédicas de la Universidad de Buffalo.
A los jóvenes con sobrepeso, estar en compañía de otros de su edad y con sobrepeso, puede darles "permiso" para comer más, o, en otras palabras, puede reducir sus reticencias, incrementando el límite máximo de consumo de ciertos alimentos dentro de lo que es visto como el reglamento de una nutrición adecuada, o cuánto puede uno comer.
El estudio se hizo sobre 23 niños con sobrepeso y 42 con peso normal, de edades comprendidas entre los 9 y los 15 años, quienes fueron asignados al azar a participar con un amigo o con un desconocido de edad similar, en un encuentro para jugar y comer juntos. El proceso de asignación dejó como resultado 33 pares de amigos y 39 pares de jóvenes que no se conocían.
Antes de tomar parte en el experimento, los participantes hicieron una lista de lo que habían comido en las últimas 24 horas, y no podían haber comido nada en las dos horas previas al experimento. Asimismo, los participantes calificaron en una escala el grado de hambre que sentían.
Cada par de participantes pasó 45 minutos en una habitación equipada con juegos, puzles y cuencos para consumo individual llenos de alimentos de dos clases: Una, formada por alimentos bajos en calorías y altos en nutrientes, como uvas y trocitos de zanahorias peladas. La otra, integrada por productos de alto valor calórico, como patatas chips y galletas. A los niños se les dijo que comieran si les apetecía, y que lo hicieran en la cantidad que deseasen, con la condición de que comieran sólo de sus cuencos personales.
Los investigadores observaron a los niños a través d un circuito cerrado de televisión y grabaron sus actividades. Al final de cada sesión, pesaron la comida que cada uno había dejado, para determinar cuánto había comido cada participante de cada tipo de alimentos y calcular las calorías.
Los resultados mostraron, entre otras cosas, que los pares de amigos que comieron juntos consumieron más alimentos que los pares de niños que no se conocían entre sí, y que era más probable que comieran cantidades similares los amigos que quienes no se conocían. Además, los niños con sobrepeso que estaban con otro también con sobrepeso, comieron más que los participantes con sobrepeso que estuvieron con un niño de peso normal.
Información adicional en:
* Scitech News
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