Un reciente estudio estadounidense indica que, cuando nos enfrentamos el rechazo social, el cerebro tiene medios para aliviar el dolor que nos produce. Según publican en Molecular Psychiatry científicos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, el sistema de analgésicos naturales del cerebro no solo responde al dolor físico corporal, como ya se había demostrado, sino también al rechazo social.
Combinando el uso de escáneres cerebrales capaces de rastrear la
liberación de compuestos químicos en el cerebro con un modelo de rechazo
social sustentado en las citas románticas concertadas por Internet, los
científicos descubrieron que los opioides naturales se liberan en el
cerebro humano durante situaciones de angustia social, aislamiento y
rechazo.
El estudio involucró a dieciocho adultos a quienes se
pidió que observaran fotografías y perfiles personales ficticios de
cientos de personas. Cada uno de los participantes seleccionó algunos
perfiles de quienes podrían interesarle más románticamente, una
situación similar a las citas románticas por internet.
Pero
luego, a la vez que eran situados en un escáner PET para tomar imágenes
de sus cerebros, se les comunicó que los individuos que habían
encontrado más atractivos e interesantes no mostraban un interés
recíproco. Las neuroimágenes durante ese momentos desvelaron la
liberación de opioides. El efecto fue mayor en las regiones del
cerebro llamadas parte central del cuerpo estriado, la amígdala, el
tálamo medio, y la sustancia gris central, áreas también
conocidas por su activación en el dolor físico. Por otro lado, cuanto
mayor fue la liberación de opioides durante el rechazo social en otra
área del cerebro llamado córtex del cíngulo anterior, menor fue el mal
humor que mostraron los participantes cuando recibieron la noticia de
que habían sido rechazados.
A pesar de los investigadores se
habían asegurado de que los participantes supieran que los perfiles para
"citas" no eran reales, y que por lo tanto tampoco era real el
“rechazo”, el rechazo social simulado fue suficiente como para causar
una respuesta emocional y una respuesta de opioides.
Los
investigadores analizaron, asimismo, qué ocurría cuando a los
participantes se les dijo que alguien en quien ellos habían expresado
interés expresaba interés en ellos, es decir la aceptación social. En
ese caso algunas regiones cerebrales también tuvieron más liberación de
opioides. "Se sabe que el sistema de opioides desempeña un papel
en la reducción del dolor y en la promoción del placer, y nuestro
estudio muestra que esto también sucede en el contexto social", dijo David T. Hsu, coautor del trabajo.
Las personas con alta puntuación en un rasgo de personalidad llamado resiliencia,
entendida como la capacidad humana de asumir con flexibilidad
situaciones límite y sobreponerse a ellas, mostraron niveles más altos
de activación de los analgésicos naturales, sobre todo en la amídgala,
una región del cerebro involucrada en el procesamiento emocional. Por el
contrario, "es posible que las personas con depresión o ansiedad social
sean menos capaces de liberar opioides durante los momentos de estrés
social y, por lo tanto, no se recuperan tan rápida o plenamente de una
experiencia social negativa", sugirió Hsu.
Este es un espacio para compartir unas serie de temas sobre las ciencias cognitivas y áreas del saber relacionadas
lunes, 21 de octubre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
Simios bonobos jóvenes se consuelan entre sí como los niños
WASHINGTON. Los simios bonobos jóvenes consuelan a sus pares angustiados
por una experiencia desagradable con conductas muy similares a las
observadas en niños, reveló una investigación realizada por científicos
estadounidenses.
Estas observaciones son importantes para la historia de la evolución humana, mostrando que el mismo cuadro socio-emocional funciona para los grandes simios, señalaron Zanna Clay y Frans de Waal, del Centro de Investigación Nacional de Primates Yerkes, de la Universidad Emory (Georgia, sureste de EEUU), autores del estudio publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS).
La investigación divulgada el lunes se llevó a cabo en un santuario de primates en República Democrática del Congo, con filmaciones que permitieron analizar la vida social cotidiana de los simios bonobos y ver cómo vivían sus propias emociones y reaccionaban a las de los demás.
Los científicos encontraron que los bonobos (Pan paniscus), también llamados chimpancés pigmeos o chimpancés enanos, se recuperaban rápida y fácilmente de sus traspiés emocionales y mostraban empatía por sus desafortunados compañeros, a quienes consolaban físicamente, abrazándolos, tomándolos en brazos o acariciándolos.
Si la forma en que los bonobos viven sus emociones permite predecir cómo reaccionan a las de los demás, esto indica una capacidad de controlarse emocionalmente y evitar desbordes, según estos investigadores.
En los niños, el control de las emociones es fundamental para una socialización saludable, una capacidad que depende sobre todo de un vínculo estable entre los padres y el niño. Esto explica por qué los humanos huérfanos a menudo tienen más dificultades de controlar lo que sienten, indicaron.
El mismo fenómeno se constató en los bonobos del santuario, donde un gran número de estos simios perdió a su madre asesinada por los cazadores. En comparación con los bonobos criados por sus propias madres, estos jóvenes primates huérfanos luchaban por controlar sus emociones, dijo Clay.
Según lo observado, a los que habían perdido a sus madres les costaba mucho más tiempo recuperarse emocionalmente. “Estaban muy molestos y gritaron durante varios minutos después de recibir un golpe, en comparación con los bonobos jóvenes criados por su madre, que solo lo hicieron unos segundos”, dijo esta zoóloga.
Los bonobos, tan genéticamente similares a los humanos como los chimpancés, son también considerados los más empáticos al igual que estos grandes simios.
“Esto hace que la especie sea una candidata ideal para las comparaciones psicológicas”, señaló De Waal. “Cualquier similitud fundamental entre los humanos y los bonobos probablemente se remonta a su antepasado común que vivió hace unos seis millones de años”, añadió.
Estas observaciones son importantes para la historia de la evolución humana, mostrando que el mismo cuadro socio-emocional funciona para los grandes simios, señalaron Zanna Clay y Frans de Waal, del Centro de Investigación Nacional de Primates Yerkes, de la Universidad Emory (Georgia, sureste de EEUU), autores del estudio publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS).
La investigación divulgada el lunes se llevó a cabo en un santuario de primates en República Democrática del Congo, con filmaciones que permitieron analizar la vida social cotidiana de los simios bonobos y ver cómo vivían sus propias emociones y reaccionaban a las de los demás.
Los científicos encontraron que los bonobos (Pan paniscus), también llamados chimpancés pigmeos o chimpancés enanos, se recuperaban rápida y fácilmente de sus traspiés emocionales y mostraban empatía por sus desafortunados compañeros, a quienes consolaban físicamente, abrazándolos, tomándolos en brazos o acariciándolos.
Si la forma en que los bonobos viven sus emociones permite predecir cómo reaccionan a las de los demás, esto indica una capacidad de controlarse emocionalmente y evitar desbordes, según estos investigadores.
En los niños, el control de las emociones es fundamental para una socialización saludable, una capacidad que depende sobre todo de un vínculo estable entre los padres y el niño. Esto explica por qué los humanos huérfanos a menudo tienen más dificultades de controlar lo que sienten, indicaron.
El mismo fenómeno se constató en los bonobos del santuario, donde un gran número de estos simios perdió a su madre asesinada por los cazadores. En comparación con los bonobos criados por sus propias madres, estos jóvenes primates huérfanos luchaban por controlar sus emociones, dijo Clay.
Según lo observado, a los que habían perdido a sus madres les costaba mucho más tiempo recuperarse emocionalmente. “Estaban muy molestos y gritaron durante varios minutos después de recibir un golpe, en comparación con los bonobos jóvenes criados por su madre, que solo lo hicieron unos segundos”, dijo esta zoóloga.
Los bonobos, tan genéticamente similares a los humanos como los chimpancés, son también considerados los más empáticos al igual que estos grandes simios.
“Esto hace que la especie sea una candidata ideal para las comparaciones psicológicas”, señaló De Waal. “Cualquier similitud fundamental entre los humanos y los bonobos probablemente se remonta a su antepasado común que vivió hace unos seis millones de años”, añadió.
martes, 15 de octubre de 2013
A New Frontier in Animal Intelligence
Evidence that some animals are capable of “mental
time travel,” suggests they have a deeper understanding of the world
around them
By
Justin Gregg
Santino was displaying an ability to learn from his past experiences and plan for future scenarios. This has long been a hallmark of human intelligence. But a recently published review paper by the psychologist Thomas Zentall from the University of Kentucky argues that this complex ability should no longer be considered unique to humans.
Santino, you see, is not human. He’s a chimpanzee at Furuvik Zoo in Sweden. His crafty stone-throwing escapades have made him a global celebrity, and also caught the attention of researchers studying how animals, much like humans, might be able to plan their behavior.
Santino is one of a handful of animals that scientists believe are showing a complex cognitive ability called episodic memory. Episodic memory is the ability to recall past events that one has the sense of having personally experienced. Unlike semantic memory, which involves recalling simple facts like “bee stings hurt,” episodic memory involves putting yourself at the heart of the memory; like remembering the time you swatted at a bee with a rolled up newspaper and it got angry and stung your hand.
If an animal can imagine itself interacting with the world in the past via episodic memory – like Santino recalling a failed attack when a human spotted him holding a rock, or you remembering swatting at a bee – it stands to reason that the animal might also be able to imagine itself in the future in a similar scenario, and thus plan its behavior. Santino might opt to hide his rocks, and you might decide to stop antagonizing bees. The ability to represent oneself and one’s actions in the mind’s eye – both in the past in in the future – is what scientists refer to as mental time travel.
Mental time travel is a vital skill in the arsenal of human intelligence. When it goes right, we can devise and execute complex hunting strategies that allow us to herd woolly mammoths into a canyon for easy slaughter– something our ancestors excelled at in the late Pleistocene. When it goes really right, we can spend years devising and executing a plan to rocket astronauts through the coldness of space and land them safely on the moon. If it turns out that other species might have even the smallest hint of this ability, it raises the question of just how much we might be underestimating their ability to interact with, and understand, the world around them.
Zentall argues that mental time travel based on episodic memory has been observed in a number of species, including non-human primates like Santino, as well as dolphins, scrub-jays, rats, and pigeons. Scrub-jays in particular seem skilled at planning their food hiding (caching) behavior. In experimental conditions, they learned to cache food in areas where they knew they’d be hungry the following day, and made sure that their favorite food was cached in such a way that they’d always have access to it in the future.
But there is longstanding opposition to the idea of suggesting that animals are capable of mental time travel. The University of Queensland psychologist Thomas Suddendorf argues that despite “ingenious attempts to demonstrate episodic memory or future simulation in non-human animals,” it still seems that “there are few signs that animals act with the flexible foresight that is so characteristic of humans.” While animals like scrub-jays might be able to adapt their behavior to make the most of their food-caching, they do not display similar flexibility outside of this narrow domain. Unlike scrub-jays, “humans,” states Suddendorf, “can simulate virtually any event and evaluate it in terms of likelihood and desirability”
Zentall, however, has recently acquired a high-profile ally in Michael Corballis, a psychologist at the University of Auckland who once famously argued alongside Suddendorf that episodic memory was unique to humans. It was Suddendorf and Corballis who together coined the phrase mental time travel in 1997, and established a set of criteria that, if satisfied, could prove its existence in animals. By the age of 4, human children satisfy these criteria via their ability to choose the correct key to open a box that they’d never seen before based only on experience with similar boxes and keys in different locations in the past. Animals are typically only able to devise a similar solution after repeated exposure to the same test materials in the same setting, which means they might be solving problems via associative learning as opposed to mental time travel.
Corballis revealed earlier this year that new evidence has come to light that obliged him to change his mind as to whether these criteria had been met in animals. The evidence that tipped the scale for Corballis, however, was not found by observing animals’ behavior, but by measuring their brains. “Mental time travel has neurophysiological underpinnings that go far back in evolution, and may not be, as some (including myself) have claimed, unique to humans,” writes Corballis.
Recently published research shows how brain activity in rats suggest that they might be envisioning solutions to problems in their mind’s eye – in this case, an eye located in their hippocampus. After the rats ran a series of mazes during the day, researchers measured neuronal activity as they slept, concentrating on the hippocampus – the part of the brain where the mental map of the maze was stored. The rats appeared to not only be replaying their past experiences running through the maze in their sleep, but also replaying the parts of the maze that they had only considered running, but not actually run. For Corballis, this is neurological evidence of mental time travel at work.
And yet, some behavioral evidence seems like convincing evidence of mental time travel in animals, regardless of underlying brain activity. In one experiment, Bonobos and orangutans practiced using tools to retrieve food rewards – like a juice bottle hanging on a string that was only reachable with a hook. Knowing that they’d likely face a similar test situation the next day, the apes took the appropriate tool with them to their sleeping quarters and used it to retrieve their reward the next morning.
These skills do not seem a far cry from those employed by early humans to plan out the next day’s mammoth hunting excursion. Why then do we not see more examples of animals engaging in behaviors that unequivocally show the ability for mental time travel?
There’s more to the human intellect and ability to pull off successful mammoth hunts and moon landings than episodic memory of course, and other intellectual feats – not the least of which is our ability to convey our thoughts and plans via language – appear absent in non-human animals. There is also the question of how humans’ complex understanding of our own and others’ minds might be involved. Mental time travel likely requires some form of consciousness or self-knowledge to allow an animal to place itself at the heart of its memories and future plans, and much of this debate focuses on whether animals’ observed behavior or neurological activity are evidence of consciousness at work. Consciousness is the unknowable singularity at the heart of the black box.
Zentall is confident that future research will provide evidence that animals have skills like mental time travel that far exceed what we now attribute to them. He is surely correct. But as we slowly pry open the lid on the black box of animal minds, scientists will continue to disagree as to what shapes they see emerging from the darkness.
Are you a scientist who specializes in neuroscience, cognitive science, or psychology? And have you read a recent peer-reviewed paper that you would like to write about? Please send suggestions to Mind Matters editor Gareth Cook, a Pulitzer prize-winning journalist and regular contributor to NewYorker.com. Gareth is also the series editor of Best American Infographics, and can be reached at garethideas AT gmail.com or Twitter @garethideas.
ABOUT THE AUTHOR(S)
Justin Gregg, PhD, is a psychologist and Research Associate with the Dolphin Communication Project. His book, Are Dolphins Really Smart? The Mammal Behind the Myth, was published this year with Oxford University Press. Follow him on Twitter @justindgregg or via his blog at justingregg.comviernes, 4 de octubre de 2013
jueves, 3 de octubre de 2013
Una red neuronal se activa por todo el cerebro cuando pensamos en cosas que no existen
Once áreas del cerebro muestran niveles diferenciales de actividad
durante el proceso de imaginar, reveló el estudio. Imagen: Alex
Schlegel. Fuente: Dartmouth College.
Científicos definen la actividad cerebral que posibilita la imaginación humana
La imaginación es uno de los misterios de la mente humana, por el que se han preguntado durante mucho tiempo filósofos y científicos. La neurología ha conseguido ahora describir su procedencia: una red cortical y subcortical de neuronas cuya actividad se extiende por gran parte del cerebro. El hallazgo podría ayudar a trasladar la capacidad de imaginar a las máquinas. Por Marta Lorenzo.
Filósofos y científicos se han preguntado a menudo sobre la procedencia de la capacidad humana de imaginar. La imaginación
es un proceso cognitivo superior que nos permite generar
representaciones y percibirlas con la mente, sin necesidad de que
existan en nuestro entorno.
Gracias a la imaginación, los seres humanos son capaces de crear arte,
herramientas, inventar, pensar científicamente y realizar otros
comportamientos muy diversos.
Ahora, investigadores del Dartmouth College de Estados Unidos han descubierto que la imaginación se produce gracias a una red neuronal que se extiende por el cerebro y que manipula conscientemente imágenes, símbolos, ideas y teorías; y que proporciona a las personas la focalización necesaria para resolver problemas complejos y alcanzar nuevas ideas. Sus hallazgos han aparecido detallados en la revista, Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
"Nuestros resultados nos acercan a la comprensión de cómo la organización de nuestro cerebro nos diferencia de otras especies y nos facilita el pensar libremente y con creatividad", explica el autor principal del estudio Alex Schlegel, del Departamento de Psicología y Ciencias del Cerebro de dicha Universidad en un comunicado divulgado por Eurekalert.
Llevar la creatividad a las máquinas
"La comprensión de estas diferencias nos da una idea de la procedencia de la creatividad humana y posiblemente nos permita recrear esos mismos procesos creativos en las máquinas”, continúa Schlegel.
Los estudiosos ya habían teorizado que la imaginación humana debía precisar de una red neuronal generalizada, pero la evidencia de la existencia de ese "área de trabajo” específico había sido hasta ahora difícil de encontrar, debido a que los estudios del cerebro se centran principalmente en actividades neuronales aisladas.
Para conseguir hallarla, los investigadores se preguntaron cómo funcionaba el cerebro cuando se manipulan imágenes mentales. Por ejemplo, ¿qué hace el cerebro cuando nos imaginamos a un abejorro con cabeza de toro?
Aunque ésta es una tarea aparentemente sencilla, en realidad precisa que el cerebro construya una imagen totalmente nueva a partir de otras dos imágenes conocidas, y que la haga aparecer ante el ojo de nuestra mente
Ahora, investigadores del Dartmouth College de Estados Unidos han descubierto que la imaginación se produce gracias a una red neuronal que se extiende por el cerebro y que manipula conscientemente imágenes, símbolos, ideas y teorías; y que proporciona a las personas la focalización necesaria para resolver problemas complejos y alcanzar nuevas ideas. Sus hallazgos han aparecido detallados en la revista, Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
"Nuestros resultados nos acercan a la comprensión de cómo la organización de nuestro cerebro nos diferencia de otras especies y nos facilita el pensar libremente y con creatividad", explica el autor principal del estudio Alex Schlegel, del Departamento de Psicología y Ciencias del Cerebro de dicha Universidad en un comunicado divulgado por Eurekalert.
Llevar la creatividad a las máquinas
"La comprensión de estas diferencias nos da una idea de la procedencia de la creatividad humana y posiblemente nos permita recrear esos mismos procesos creativos en las máquinas”, continúa Schlegel.
Los estudiosos ya habían teorizado que la imaginación humana debía precisar de una red neuronal generalizada, pero la evidencia de la existencia de ese "área de trabajo” específico había sido hasta ahora difícil de encontrar, debido a que los estudios del cerebro se centran principalmente en actividades neuronales aisladas.
Para conseguir hallarla, los investigadores se preguntaron cómo funcionaba el cerebro cuando se manipulan imágenes mentales. Por ejemplo, ¿qué hace el cerebro cuando nos imaginamos a un abejorro con cabeza de toro?
Aunque ésta es una tarea aparentemente sencilla, en realidad precisa que el cerebro construya una imagen totalmente nueva a partir de otras dos imágenes conocidas, y que la haga aparecer ante el ojo de nuestra mente
La imaginación se extiende por el cerebro
En el estudio, se pidió a 15 participantes que imaginaran formas visuales abstractas específicas y que luego las combinaran mentalmente para dar lugar a nuevas figuras más complejas, o que las descompusieran mentalmente en partes individuales.
Mientras los voluntarios se dedicaban a esta tarea, los investigadores midieron su actividad cerebral con la técnica de exploración de resonancia magnética funcional (fMRI), un procedimiento clínico y de investigación que permite mostrar en imágenes las regiones cerebrales que ejecutan una tarea determinada.
De esta manera, descubrieron que una red cortical y subcortical extendida por gran parte del cerebro era la responsable de las manipulaciones mentales con imágenes desarrolladas por los participantes.
El área cortical es una parte de la corteza cerebral y el área subcortical reúne partes del cerebro tan importantes como el hipocampo o la amígdala.
Dicha red neuronal se parece mucho al “espacio de trabajo mental” que los especialistas han teorizado podría ser responsable de gran parte de la experiencia de la conciencia humana y de las capacidades cognitivas flexibles que han ido desarrollándose nuestra especie durante la evolución.
Realidad e imaginación, ¿las distingue el cerebro?
En 2004, otros investigadores, en este caso de la Universidad de Northwestern, en Chicago, también midieron la actividad cerebral de voluntarios mientras éstos bien se imaginaban objetos que se les pedía que visualizaran bien observaban imágenes de objetos reales.
De esta forma, los científicos se dieron cuenta de que las partes concretas del cerebro destinadas a generar imágenes visuales se activaban con mucha fuerza cuando los voluntarios tan sólo imaginaban los objetos. Es decir, que la actividad neuronal destinada a la visión de cosas reales era similar a la actividad neuronal que posibilitaba la visión de imágenes mentales.
Lo más curioso de esta investigación fue que en ella se constató asimismo que, cuando los participantes recordaban lo que habían imaginado, a menudo pensaban que lo habían visto, en lugar de saber que había sido producto de su imaginación.
Los autores del estudio concluyeron entonces que las zonas del cerebro que utilizamos para percibir objetos y aquéllas que usamos para imaginar objetos se superponen. Por eso, un hecho imaginado con mucha intensidad puede dejar en nuestro cerebro la misma marca que un hecho realmente ocurrido.
En el estudio, se pidió a 15 participantes que imaginaran formas visuales abstractas específicas y que luego las combinaran mentalmente para dar lugar a nuevas figuras más complejas, o que las descompusieran mentalmente en partes individuales.
Mientras los voluntarios se dedicaban a esta tarea, los investigadores midieron su actividad cerebral con la técnica de exploración de resonancia magnética funcional (fMRI), un procedimiento clínico y de investigación que permite mostrar en imágenes las regiones cerebrales que ejecutan una tarea determinada.
De esta manera, descubrieron que una red cortical y subcortical extendida por gran parte del cerebro era la responsable de las manipulaciones mentales con imágenes desarrolladas por los participantes.
El área cortical es una parte de la corteza cerebral y el área subcortical reúne partes del cerebro tan importantes como el hipocampo o la amígdala.
Dicha red neuronal se parece mucho al “espacio de trabajo mental” que los especialistas han teorizado podría ser responsable de gran parte de la experiencia de la conciencia humana y de las capacidades cognitivas flexibles que han ido desarrollándose nuestra especie durante la evolución.
Realidad e imaginación, ¿las distingue el cerebro?
En 2004, otros investigadores, en este caso de la Universidad de Northwestern, en Chicago, también midieron la actividad cerebral de voluntarios mientras éstos bien se imaginaban objetos que se les pedía que visualizaran bien observaban imágenes de objetos reales.
De esta forma, los científicos se dieron cuenta de que las partes concretas del cerebro destinadas a generar imágenes visuales se activaban con mucha fuerza cuando los voluntarios tan sólo imaginaban los objetos. Es decir, que la actividad neuronal destinada a la visión de cosas reales era similar a la actividad neuronal que posibilitaba la visión de imágenes mentales.
Lo más curioso de esta investigación fue que en ella se constató asimismo que, cuando los participantes recordaban lo que habían imaginado, a menudo pensaban que lo habían visto, en lugar de saber que había sido producto de su imaginación.
Los autores del estudio concluyeron entonces que las zonas del cerebro que utilizamos para percibir objetos y aquéllas que usamos para imaginar objetos se superponen. Por eso, un hecho imaginado con mucha intensidad puede dejar en nuestro cerebro la misma marca que un hecho realmente ocurrido.
Referencia bibliográfica:
Alexander Schlegel, Peter J. Kohler, Sergey V. Fogelson, Prescott Alexander, Dedeepya Konuthula y Peter Ulric Tse. Network structure and dynamics of the mental workspace dx.doi.org/10.1073/pnas.1311149110. PNAS. (2013) DOI:10.1073/pnas.1311149110.
Alexander Schlegel, Peter J. Kohler, Sergey V. Fogelson, Prescott Alexander, Dedeepya Konuthula y Peter Ulric Tse. Network structure and dynamics of the mental workspace dx.doi.org/10.1073/pnas.1311149110. PNAS. (2013) DOI:10.1073/pnas.1311149110.
El lenguaje y la capacidad de fabricar herramientas evolucionaron a la vez
Un estudio revela que ambas actividades ponen en marcha patrones de actividad neuronal correlacionados
Una investigación realizada en la Universidad de Liverpool (Inglaterra) ha revelado que el cerebro realiza la misma actividad cerebral en la producción del lenguaje que en la fabricación de herramientas complejas, lo que respalda la teoría –propuesta por primera vez por Charles Darwin- que señala que ambas habilidades se desarrollaron al mismo tiempo.
Tres hachas de mano producidos por los participantes en el
experimento, desde diversas perspectivas. Fuente: Universidad de
Liverpool.
Una investigación realizada en la Universidad de Liverpool
(Inglaterra) ha revelado que el cerebro realiza la misma actividad
cerebral en la producción del lenguaje que en la fabricación de
herramientas complejas, lo que respalda la teoría que señala que ambas
habilidades se desarrollaron al mismo tiempo.
Para llegar a esta conclusión, científicos de dicha Universidad analizaron la actividad cerebral de 10 expertos fabricantes de herramientas de piedra (talladores de piedra) que emprendieron la fabricación de una de éstas herramientas y también realizaron un examen lingüístico estándar.
En concreto, los investigadores midieron el flujo sanguíneo del cerebro de los participantes mientras éstos realizaban ambas tareas utilizando ultrasonido Doppler transcraneal (fTCD), una técnica de uso común en la práctica clínica para comprobar el estado de las funciones lingüísticas de pacientes que han sufrido daño cerebral.
De esta manera, se descubrió que los patrones de actividad neuronal para las dos tareas están correlacionados, lo que sugiere que en ambos casos se utiliza el mismo área del cerebro.
El lenguaje y la fabricación de herramientas de piedra se consideran unas características únicas de la humanidad, que evolucionaron durante millones de años.
Para llegar a esta conclusión, científicos de dicha Universidad analizaron la actividad cerebral de 10 expertos fabricantes de herramientas de piedra (talladores de piedra) que emprendieron la fabricación de una de éstas herramientas y también realizaron un examen lingüístico estándar.
En concreto, los investigadores midieron el flujo sanguíneo del cerebro de los participantes mientras éstos realizaban ambas tareas utilizando ultrasonido Doppler transcraneal (fTCD), una técnica de uso común en la práctica clínica para comprobar el estado de las funciones lingüísticas de pacientes que han sufrido daño cerebral.
De esta manera, se descubrió que los patrones de actividad neuronal para las dos tareas están correlacionados, lo que sugiere que en ambos casos se utiliza el mismo área del cerebro.
El lenguaje y la fabricación de herramientas de piedra se consideran unas características únicas de la humanidad, que evolucionaron durante millones de años.
Redes de procesamiento cerebral comunes
Charles Darwin fue el primero en sugerir que el uso de herramientas y el lenguaje podrían haber coevolucionado, porque ambos dependen tanto de una planificación compleja como de la coordinación de acciones, pero hasta ahora se habían recopilado escasas evidencias que respaldasen esta hipótesis.
Georg Meyer, del departamento de psicología experimental de la Universidad de Liverpool, explica en un comunicado de dicha Universidad que: "Este es el primer estudio del cerebro que ha comparado la fabricación de herramientas directamente con el lenguaje”.
"Nuestro estudio ha revelado patrones de flujo sanguíneo correlacionados, en los primeros 10 segundos de realización de ambas tareas. Esto sugiere que las dos dependen de áreas cerebrales comunes, un hecho que es consistente con las teorías de que el uso de herramientas y el uso del lenguaje co-evolucionaron, y que éstos comparten redes comunes de procesamiento cerebral".
Natalie Uomini del departamento de arqueología clásica y egiptología , añade: "Hasta ahora, nadie había sido capaz de medir la actividad cerebral en tiempo real mientras se fabricaba una herramienta de piedra. Esta es la primera vez tanto para la arqueología como para la psicología".
Charles Darwin fue el primero en sugerir que el uso de herramientas y el lenguaje podrían haber coevolucionado, porque ambos dependen tanto de una planificación compleja como de la coordinación de acciones, pero hasta ahora se habían recopilado escasas evidencias que respaldasen esta hipótesis.
Georg Meyer, del departamento de psicología experimental de la Universidad de Liverpool, explica en un comunicado de dicha Universidad que: "Este es el primer estudio del cerebro que ha comparado la fabricación de herramientas directamente con el lenguaje”.
"Nuestro estudio ha revelado patrones de flujo sanguíneo correlacionados, en los primeros 10 segundos de realización de ambas tareas. Esto sugiere que las dos dependen de áreas cerebrales comunes, un hecho que es consistente con las teorías de que el uso de herramientas y el uso del lenguaje co-evolucionaron, y que éstos comparten redes comunes de procesamiento cerebral".
Natalie Uomini del departamento de arqueología clásica y egiptología , añade: "Hasta ahora, nadie había sido capaz de medir la actividad cerebral en tiempo real mientras se fabricaba una herramienta de piedra. Esta es la primera vez tanto para la arqueología como para la psicología".
Referencia bibliográfica:
Natalie Thaïs Uomini, Georg Friedrich Meyer. Shared Brain Lateralization Patterns in Language and Acheulean Stone Tool Production: A Functional Transcranial Doppler Ultrasound Study. PLoS ONE (2013). DOI: 10.1371/journal.pone.0072693.
Natalie Thaïs Uomini, Georg Friedrich Meyer. Shared Brain Lateralization Patterns in Language and Acheulean Stone Tool Production: A Functional Transcranial Doppler Ultrasound Study. PLoS ONE (2013). DOI: 10.1371/journal.pone.0072693.
La cultura rige también la actividad del cerebro
Un estudio descubre los efectos neuronales de los valores culturales
La cultura, así como el nivel de identificación que tengamos con ella, no sólo condiciona nuestros comportamientos, sino que también rige los patrones de la actividad neuronal, según un estudio llevado a cabo en Estados Unidos con individuos de dos grupos culturales diferentes. A través de imágenes de resonancia magnética funcional, la investigación descubrió enormes diferencias entre los patrones neuronales de ambos grupos culturales, así como la gran actividad neuronal que se despliega en las áreas cerebrales relacionadas con la atención, cuando se emiten juicios alejados de nuestra cosmovisión cultural. Por Yaiza Martínez.
La cultura condiciona la forma en que usamos el cerebro, señala un estudio del McGovern Institute for Brain Research, del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT, por un equipo de investigadores de la Stony Brook University de Nueva York, del MIT, y de la Stanford University de California.
A esta conclusión han llegado los científicos a partir de una serie de exploraciones de resonancia magnética funcional (fMRI -tecnología que permite medir la respuesta hemodinámica (respuesta de regulación dinámica del flujo de sangre) vinculada a la actividad neuronal- de los cerebros de 20 personas, 10 de ellas orientales recién llegados a Estados Unidos, y otras 10 de origen norteamericano, informa el MIT en un comunicado.
Los resultados obtenidos de dichas exploraciones han demostrado por vez primera que la cultura en que crecemos, así como el nivel de identificación que tengamos con ella, influye en los patrones de la actividad cerebral de nuestras neuronas. Los científicos han publicado un artículo al respecto en la revista especializada Psychological Science.
Memoria y percepción condicionadas
En ella explican que investigaciones anteriores sobre el comportamiento, en las que se ha basado el presente estudio, habían demostrado que las personas procedentes de contextos culturales occidentales rinden mejor en tareas en las que se enfatizan las dimensiones independientes (absolutas) en lugar de las dimensiones interdependientes (relativas), y que exactamente a la inversa sucede con las personas que proceden de contextos orientales.
Así, el hecho de que la cultura americana, de valores individualistas, acentúe la independencia de los objetos en relación a sus contextos, mientras que en las sociedades de Extremo Oriente se acentúe lo colectivo y la interdependencia contextual de los objetos, afecta a las percepciones.
Dichas investigaciones anteriores habían demostrado asimismo que estas diferencias culturales pueden influir también en la memoria. En el origen de la presente investigación estaba la pregunta de si estas diferencias culturales podrían condicionar incluso la actividad neuronal del cerebro.
Para descubrirlo, los científicos, liderados por John Gabrieli, del McGovern Institute for Brain del MIT, pidieron a los participantes en la investigación que realizaran rápidos juicios de percepción de una serie de imágenes presentadas, al mismo tiempo que sus cerebros eran escaneados con la fMRI.
Cultura en la actividad cerebral
Según explica la Stony Brooks University, las respuestas de los participantes, simultáneas a la medición de su actividad cerebral, sirvieron para medir su percepción de la independencia o interdependencia de los objetos.
Las imágenes presentadas consistían en diagramas consecutivos en los que había una línea vertical dentro de una caja. A los participantes se les mostró una serie de estos dibujos para que emitieran su juicio de percepción en función de dos reglas: una de ellas les exigía ignorar el contexto y definir la longitud de la línea sin tener en cuenta el tamaño de los cuadrados (juicio absoluto). La otra regla consistía en tener en cuenta el contexto, y comparar las proporciones de las líneas con los cuadrados en los que estaban (juicio relativo).
Los cerebros de todos los participantes fueron sometidos a las mediciones del escáner mientras realizaban estos juicios aplicando los dos tipos de reglas. La intención era descubrir si los patrones de actividad cerebral diferían según una u otra norma de atención.
Las tareas eran lo suficientemente fáciles como para que los dos grupos las llevaran a cabo correctamente, pero sí hubo diferencia en la actividad cerebral medida. Los individuos de ambos grupos mostraron patrones de actividad cerebral distintos en el momento de realizarlas: la activación de determinadas áreas del cerebro era mucho menor cuando los juicios emitidos coincidían con los valores de sus culturas.
Implicación cultural y percepción
Según el artículo aparecido en Psychological Science, “en cada grupo, la activación en las regiones frontal y parietal del cerebro, que se sabe están asociadas al control de la atención, fue mayor durante la emisión de juicios no-preferidos culturalmente que durante la emisión de juicios preferidos culturalmente”.
Los científicos quedaron sorprendidos por la magnitud de la diferencia de los patrones neuronales entre ambos grupos culturales, así como de la enorme actividad neuronal vinculada al sistema de atención del cerebro que se ponía en marcha cuando los participantes emitían juicios alejados de su cosmovisión cultural.
Profundizando más en este fenómeno, los investigadores descubrieron que en aquellos individuos más identificados con su cultura, el efecto neuronal de los juicios que les resultaban “extraños”, se acentuaba aún más que en el resto de individuos de su misma cultura, pero menos implicados en ella.
Utilizando una serie de cuestionarios de preferencias y valores en las relaciones sociales de los participantes, calibraron su grado de identificación con su propia cultura. Así, pudo demostrarse que, en ambos grupos, una identificación más fuerte se correspondía con un patrón más intenso de activación cerebral específico de cada cultura.
De esta manera, explican los investigadores, “el trasfondo cultural individual, así como el grado en que un individuo da crédito a sus valores culturales, modera la activación de las redes del cerebro implicadas, incluso durante la realización de tareas visuales y de atención muy simples”.
A esta conclusión han llegado los científicos a partir de una serie de exploraciones de resonancia magnética funcional (fMRI -tecnología que permite medir la respuesta hemodinámica (respuesta de regulación dinámica del flujo de sangre) vinculada a la actividad neuronal- de los cerebros de 20 personas, 10 de ellas orientales recién llegados a Estados Unidos, y otras 10 de origen norteamericano, informa el MIT en un comunicado.
Los resultados obtenidos de dichas exploraciones han demostrado por vez primera que la cultura en que crecemos, así como el nivel de identificación que tengamos con ella, influye en los patrones de la actividad cerebral de nuestras neuronas. Los científicos han publicado un artículo al respecto en la revista especializada Psychological Science.
Memoria y percepción condicionadas
En ella explican que investigaciones anteriores sobre el comportamiento, en las que se ha basado el presente estudio, habían demostrado que las personas procedentes de contextos culturales occidentales rinden mejor en tareas en las que se enfatizan las dimensiones independientes (absolutas) en lugar de las dimensiones interdependientes (relativas), y que exactamente a la inversa sucede con las personas que proceden de contextos orientales.
Así, el hecho de que la cultura americana, de valores individualistas, acentúe la independencia de los objetos en relación a sus contextos, mientras que en las sociedades de Extremo Oriente se acentúe lo colectivo y la interdependencia contextual de los objetos, afecta a las percepciones.
Dichas investigaciones anteriores habían demostrado asimismo que estas diferencias culturales pueden influir también en la memoria. En el origen de la presente investigación estaba la pregunta de si estas diferencias culturales podrían condicionar incluso la actividad neuronal del cerebro.
Para descubrirlo, los científicos, liderados por John Gabrieli, del McGovern Institute for Brain del MIT, pidieron a los participantes en la investigación que realizaran rápidos juicios de percepción de una serie de imágenes presentadas, al mismo tiempo que sus cerebros eran escaneados con la fMRI.
Cultura en la actividad cerebral
Según explica la Stony Brooks University, las respuestas de los participantes, simultáneas a la medición de su actividad cerebral, sirvieron para medir su percepción de la independencia o interdependencia de los objetos.
Las imágenes presentadas consistían en diagramas consecutivos en los que había una línea vertical dentro de una caja. A los participantes se les mostró una serie de estos dibujos para que emitieran su juicio de percepción en función de dos reglas: una de ellas les exigía ignorar el contexto y definir la longitud de la línea sin tener en cuenta el tamaño de los cuadrados (juicio absoluto). La otra regla consistía en tener en cuenta el contexto, y comparar las proporciones de las líneas con los cuadrados en los que estaban (juicio relativo).
Los cerebros de todos los participantes fueron sometidos a las mediciones del escáner mientras realizaban estos juicios aplicando los dos tipos de reglas. La intención era descubrir si los patrones de actividad cerebral diferían según una u otra norma de atención.
Las tareas eran lo suficientemente fáciles como para que los dos grupos las llevaran a cabo correctamente, pero sí hubo diferencia en la actividad cerebral medida. Los individuos de ambos grupos mostraron patrones de actividad cerebral distintos en el momento de realizarlas: la activación de determinadas áreas del cerebro era mucho menor cuando los juicios emitidos coincidían con los valores de sus culturas.
Implicación cultural y percepción
Según el artículo aparecido en Psychological Science, “en cada grupo, la activación en las regiones frontal y parietal del cerebro, que se sabe están asociadas al control de la atención, fue mayor durante la emisión de juicios no-preferidos culturalmente que durante la emisión de juicios preferidos culturalmente”.
Los científicos quedaron sorprendidos por la magnitud de la diferencia de los patrones neuronales entre ambos grupos culturales, así como de la enorme actividad neuronal vinculada al sistema de atención del cerebro que se ponía en marcha cuando los participantes emitían juicios alejados de su cosmovisión cultural.
Profundizando más en este fenómeno, los investigadores descubrieron que en aquellos individuos más identificados con su cultura, el efecto neuronal de los juicios que les resultaban “extraños”, se acentuaba aún más que en el resto de individuos de su misma cultura, pero menos implicados en ella.
Utilizando una serie de cuestionarios de preferencias y valores en las relaciones sociales de los participantes, calibraron su grado de identificación con su propia cultura. Así, pudo demostrarse que, en ambos grupos, una identificación más fuerte se correspondía con un patrón más intenso de activación cerebral específico de cada cultura.
De esta manera, explican los investigadores, “el trasfondo cultural individual, así como el grado en que un individuo da crédito a sus valores culturales, modera la activación de las redes del cerebro implicadas, incluso durante la realización de tareas visuales y de atención muy simples”.
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