viernes, 27 de julio de 2012

El Homo heidelbergensis tenía una capacidad de habla similar a la de un niño de 10 años

El hombre de la Sima de los Huesos, el Homo heidelbergensis, estaba lo suficientemente evolucionado como para hablar, aunque su capacidad aún estaba un paso por detrás de la del hombre moderno. Se trata de la evidencia más antigua de la comunicación humana, como explica a DiCYT Ignacio Martínez, investigador y coordinador del Área de Evolución Humana del Centro de Evolución y Comportamiento Humanos UCM-ISCIII (Universidad Complutense de Madrid-Instituto de Salud Carlos III), quien ha impartido la última conferencia del ciclo del Museo de la Evolución Humana (MEH), en España, que conmemora los 20 años del descubrimiento de Miguelón.

El equipo de Ignacio Martínez trabaja desde finales de los 90 en esta línea de investigación, a través de dos aproximaciones diferentes. “El problema de estudiar el lenguaje es que no tenemos una máquina del tiempo que nos permita saber si hablaban, por lo que estudiamos distintas líneas de evidencia. Si todas coinciden en un mismo punto, tenemos una certidumbre muy seria”, señala el investigador, quien destaca la riqueza y la calidad de los fósiles hallados en la Sima de los Huesos, lo que ha permitido abrir estas dos aproximaciones al problema.

La primera, detalla, trata “de reconstruir la anatomía de las vías aéreas superiores, con lo que hablamos, la garganta y la boca”. “Las personas tenemos una anatomía especial que nos permite producir los sonidos del lenguaje. Por ejemplo, los chimpancés no pueden hacer los sonidos de las consonantes y esto tiene una explicación anatómica. Con los fósiles que disponemos, un hueso hioides (el que está en la base de la lengua) y las vértebras del cráneo 5 que nos permiten saber cómo era su cuello, evidenciamos que la gente de la Sima de los Huesos es diferente a un chimpancé y en lo que se diferencia de éstos se parece mucho a los humanos, aunque todavía no es exactamente igual”, subraya.

Así, a nivel fisiológico, el Homo heidelbergensis “tendría la capacidad de un niño de 10 años, por lo que podría hablar perfectamente”, asegura. Frente a esta aproximación “clásica”, puesto que estos estudios sobre la capacidad anatómica ya se han realizado con otros fósiles en otras partes del mundo, el equipo de investigación de Ignacio Martínez trabaja en una línea novedosa.

“Hemos desarrollado una metodología nueva para estudiar una aproximación al problema que no se le había ocurrido a nadie, a través de la audición”. A través de los huesecillos del oído medio (yunque, martillo y estribo) y también del propio hueso temporal (donde está alojado el oído), se puede hacer una reconstrucción y analizar su funcionamiento. “Es como hacer un audiograma. Con estos fósiles somos capaces de reconstruir con precisión cómo oían. Los humanos oímos de manera diferente a los chimpancés, también porque estamos especializados en el lenguaje. De igual manera que los chimpancés no pueden pronunciar las consonantes, una parte de ellas resuenan en unas frecuencias en las que los chimpancés no tienen sensibilidad y por ello capacidad de distinguirlas con facilidad. En cambio, a esa gama de frecuencias nuestro oído está adaptado y tiene mucha sensibilidad, y por eso distinguimos muy bien las consonantes. Al estudiar los fósiles de la Sima hemos visto cosas similares, su sensibilidad acústica es muy diferente a la de los chimpancés y se parece mucho a la de los humanos, pero todavía no es igual”, agrega el experto.
En cuanto a los nuevos hallazgos realizados en la Sima de los Huesos durante esta campaña, Ignacio Martínez avanza que no les ayudarán a seguir en esta línea, ya que no pertenecen a la región que estudian. No obstante, han abierto nuevas vías de trabajo y prevén trasladar los estudios al oído interno, así como extender la nueva metodología desarrollada en torno a la audición a otros fósiles más antiguos hallados en otras partes del mundo.
Doctor en Biología por la Universidad Complutense de Madrid, Ignacio Martínez es miembro de las excavaciones e investigaciones de la Sierra de Atapuerca desde 1984 y forma parte del equipo que baja a la Sima de los Huesos desde hace más de 20 años Sus principales líneas de investigación se relacionan con la base del cráneo y el origen del lenguaje y la audición en la evolución humana. Es autor de numerosos artículos científicos en las más prestigiosas revistas del campo de la evolución humana (como Nature y Science), libros de ensayo y divulgación. (Fuente: Cristina G. Pedraz/DICYT)

jueves, 26 de julio de 2012

El gran secreto: el ser humano sólo compite consigo mismo

El eje de la evolución humana gira en torno a su éxito en desalojar a competidores biológicos, quedándole tan solo competir con individuos o grupos de su propia especie.


La evolución del ser humano no termina de estudiarse nunca, aunque no se alcanzan interpretaciones definitivas. Las últimas investigaciones apuntan a que el eje de su evolución gira en torno a su éxito en desalojar a todos sus posibles competidores biológicos, quedándole tan solo competir con individuos o grupos de su propia especie.

La Ley de la Competencia Excluyente es aplicable exclusivamente a la Evolución Humana. Según dicho enunciado, el Hombre habría llegado a una cúspide de la Evolución biológica por la cual habría eliminado a todas las demás especies con las que podría competir. Como conclusión de esto, el Hombre solamente puede competir consigo mismo, con los congéneres de su propia especie. Esto explicaría parcialmente el hecho de su versátil adaptabilidad a todos los entornos ambientales del planeta.

De esta peculiar observación única, derivan las agrupaciones gregarias e interesadas del hombre cazador, en grupos humanos superiores que le puedan permitir eliminar a otros competidores humanos, que lo son también ambientales por los recursos naturales de su entorno o hábitat. También derivan las habilidades técnicas que permiten vencer al resto de los grupos, haciendo uso de útiles que los demás no poseen.

Suele decirse que los últimos logros de la evolución son, en el Reino Vegetal, las orquídeas, y en el Reino Animal, la especie humana. Pero, según una investigación del Howard Hughes Medical Institute, la evolución humana ha sido un acontecimiento evolutivo muy específico. El Howard Hughes Medical Institute analizó la historia de 214 genes relacionados con el desarrollo del cerebro y de sus funciones comparando humanos, macacos, ratas y ratones. Los genes de estas diferentes especies de mamíferos evolucionaron mucho más rápido en los humanos que en otros primates e incluso que en el resto de los mamíferos.

La investigación concluye que los humanos se han convertido progresivamente en especies más sociales, lo que ha conducido a que las capacidades cognitivas sean cada vez más ventajosas. Cabría ampliar una parte del estudio para determinar por qué unas subespecies humanas terminan declinando evolutivamente en favor de otras –son literalmente eliminadas-, y si el éxito de esas agrupaciones sociales tiene un escalado o “límite grupal”: es decir, en la evolución humana no ha valido tener “relaciones sociales” con cualquiera, sino con grupos o individuos específicos con los que se piensa que puede haber “éxito grupal”.

La evolución humana se caracteriza por un incremento drástico del tamaño del cerebro y de su complejidad, no de otra serie de habilidades que tengan que ver con su físico, como los dedos oponentes de sus manos o el “extraño bipedismo”, circunstancias especiales que fascinan a los científicos. ¿Qué es lo que llevó a los humanos a esta rápida evolución de su cerebro? Muy probablemente habría sido la eliminación total de sus competidores biológicos. Alcanzado cierto grado de supremacía ambiental, solo quedaban como competidores los congéneres de la misma especie.

Y alcanzado cierto punto de la evolución humana, buena parte de sus desarrollos tecnológicos solo sirven para eliminar a otros grupos humanos, de lo que derivan dos máximas únicamente aplicables a la Especie Humana:

- Máxima a): Es necesaria la competencia entre grupos humanos para que la evolución de la propia Humanidad en general pueda seguir progresando en un beneficio para el éxito total de la especie humana.

- Máxima b): La guerra es la máxima expresión de la anulación de la voluntad del grupo humano vencido y, por ende, del éxito de la evolución Humana. Sin guerra, no hay evolución tecnológica, no se propician avances técnicos. Sin guerra, en suma, no hay evolución humana, como máxima expresión de la misma, ya que la Competencia Excluyente exige que se continúe compitiendo, aunque sea entre miembros de la misma especie.

¿Cuál es la razón por la cual el Hombre no tiene competidor en los diferentes ámbitos biológicos?. Antropólogos, paleontólogos y biólogos suelen limitarse a explicar el éxito evolutivo humano, y algunas de las razones del éxito: un crecimiento desmesurado del órgano encéfalo, las manos con dedos oponentes, el bipedismo, su condición adaptada de omnívoro. Todas ellas son, en suma, consecuencia de su rápida evolución y de una adaptación acelerada que le obligó a fabricar armas y artilugios para tener éxito.

Es probable que el final de algunos grupos humanos –como los Neandertales- haya sido debido a esta Ley de la evolución humana.

El Hombre eliminó a sus competidores naturales, por lo que ya solamente se mueve en el terreno resbaladizo de una “competencia desigual” entre sus propios congéneres. No hay otra especie animal que compita entre grupos de la misma especie, como le ocurre al humano.

El hombre perdió su condición real de cazador cuando comenzó a tender trampas y la trampa no es un invento del nómada, sino del cazador sedentario. Un invento que le permite maximizar esfuerzos para obtener beneficios.

Cuando hablamos de guerra y destrucción deberíamos comenzar a tener en cuenta la competencia excluyente humana. Muchos de los avances técnicos que disfrutamos hoy en día, como la electrónica miniaturizada, los antibióticos, las placas solares, los motores a reacción o la energía nuclear, efectivamente no habría tenido ninguna posibilidad sin las necesidades militares de la II Guerra Mundial o la Guerra Fría, que obligaron a tales esfuerzos.



Los científicos aseguran que en el genoma humano aún permanecen entre un 2 y un 4% de genes neandertales. En la foto, el gigantesco boxeador ruso (y campeón) Nikolai Valuev, cuyo genoma ha sido analizado y se ha descubierto que cuenta con el mayor porcentaje de genoma neandertal que se conoce.

Evolución y cultura

La capacidad para manipular objetos ha conformado una interacción entre cerebro y extremidades que ha sido fundamental. A través de la reiteración de secuencias, se han establecido largos procesos de redundancia que ha permitido  aumentar la capacidad de manipulación y manufacturación, incrementando de esta manera  la complejidad de nuestro funcionamiento neuronal.
Esta capacidad de manipulación que se da en muchos animales, en los homínidos se ha convertido en una necesidad económica y social insustituible, ya desde el momento en que surgieron las primeras herramientas, caracterizadas por una cadena operativa corta, pero compleja, desarrolladas por Homo habilis, hasta la construcción de máquinas por el Homo sapiens. En la base de todo se encuentran la secuenciación de materiales y la organización de formas determinadas que permiten regular energía de manera más eficiente  de lo que lo harían  nuestras  extremidades o nuestro cerebro.
Homo habilis
La manipulación de objectos empezó con Homo habilis

Todos estos cambios que dieron lugar a la inteligencia operativa emergente, hace más de 2,6 millones de años en África, son los que analíticamente configuran los pies de columna de lo que más tarde dará lugar a la cultura. Esta claro que la técnica modifica la etología, estableciendo toda una serie de procesos emergentes cualitativamente distintos.
Después de la inteligencia operativa, existe una función primordial y que seguramente constituye uno de los elementos que nos han permitido la generación de culturas diversas al interactuar en los espacios distintos, y nos ha ayudado a la configuración de un escenario con relaciones complejas. Se trata del lenguaje como herramienta de comunicación, planificación, organización y estructuración  de la red de relaciones sociales, económicas, de conocimiento y de pensamiento. Desconocemos en que momento emerge en los homínidos, pero algunos colegas  piensan que al mismo tiempo que surge nuestro genero, el Homo.
Si es así, la cultura humana es una emergencia de hace más de 2,5 millones de años que a través de las herramientas y del lenguaje ha ido construyendo una red de conocimiento y explotación del entorno, así como trasformando sus relaciones intraespecíficas y configurando el marco cultural del que ahora disfrutamos como realidad humana más compleja.
Por lo tanto, sin técnica, ni inteligencia operativa ni lenguaje, probablemente  no existiría la cultura humana tal y como la conocemos ahora, y quizás nunca hubiéramos alcanzado la humanidad.

jueves, 19 de julio de 2012

Cooperación entre individuos versus selección natural

La evolución, por definición, es fría y despiadada: selecciona a quienes tienen éxito y descarta a quienes fracasan. Podría esperarse que un proceso de este tipo sólo favoreciera a rasgos de personalidad que sirvan para ayudar al propio individuo y no a los demás. Sin embargo, se puede observar conducta cooperativa en muchos ámbitos, y que las personas se ayuden unas a otras es un fenómeno común. Por tanto, una cuestión importante a resolver hoy en día en la ciencia es cómo la conducta cooperativa pudo surgir y prosperar con el aparente respaldo de la evolución.

Unos científicos del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva en Plon, Alemania, la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos, y la Universidad de Ámsterdam en los Países Bajos, han desarrollado un nuevo modelo que combina dos explicaciones posibles (la reciprocidad y la estructura poblacional) y han llegado a la conclusión de que tanto la repetición como una población adecuadamente estructurada son factores esenciales para la aparición y el avance evolutivo de la cooperación.

Los investigadores sostienen que la mejor manera en que las sociedades humanas pueden alcanzar niveles altos de conducta cooperativa es si sus individuos interactúan repetidamente, y si las poblaciones exhiben al menos un cierto grado de estructuración.

El equipo de Julián García, del citado instituto, abordó la cuestión de cómo podría evolucionar una conducta cooperativa, y usó para ello un modelo que tiene en cuenta dos tipos de individuos: los "cooperantes", que pagan el precio de ayudar a los demás, y los "desertores", que evitan pagar ese precio aunque sí obtengan beneficios de los cooperantes con los que interactúen. En general, todos los individuos de una población se beneficiarían más si participaran en la cooperación, pero desde el punto de vista de un individuo, recibir ayuda y evitar ayudar a otros es más beneficioso. Si sólo se tiene en cuenta eso, la selección siempre favorecerá a los desertores, y no a la cooperación.

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La conducta cooperativa surgió y prosperó en una fase bastante temprana de la evolución humana. (Imagen: NASA/JPL)





Los autores del nuevo estudio se han valido de la estructura poblacional y la reciprocidad para explicar por qué, a pesar de lo anterior, ha evolucionado la cooperación. En las poblaciones estructuradas, los cooperantes son más propensos a interactuar con otros cooperantes, y los desertores con otros desertores. La reciprocidad implica la repetición de las interacciones y por tanto se basa en la experiencia adquirida en episodios de cooperación (o intentos fallidos) anteriores. En otras palabras, los cooperantes acaban identificando a los desertores y rehúsan volver a intentar cooperar con ellos debido a las malas experiencias previas; el resultado es que los desertores acaban marginados.

En el pasado, ambos enfoques habían sido examinados de forma separada.

Usando simulaciones por ordenador y modelos matemáticos, el equipo de Julián García ha desarrollado un nuevo modelo que toma en cuenta ambos conceptos. Trabajando con este modelo, García y sus colaboradores han descubierto que la reciprocidad por sí sola no es suficiente, y que es necesaria una estructura poblacional para poder alcanzar un nivel alto de cooperación. Cuando hay cierta reciprocidad, el nivel medio de cooperación aumenta porque los individuos de un mismo tipo son más propensos a interactuar entre sí.

Sin la estructura poblacional, la cooperación basada en la repetición es inestable. Esto es especialmente cierto para los humanos.

lunes, 16 de julio de 2012

Infidelidad y cerebro



  • Neurología


    Una comunicación inadecuada entre la corteza prefrontal y el sistema límbico también incrementa las posibilidades de ser infiel”, asegura el psiquiatra Eduardo Calixto. Y es que, en un principio, quienes tienen esta disfunción son más impulsivos y no planifican sus actos. Así que tampoco atienden a las consecuencias de los mismos. Muy al contrario, el placer propiciado por la infidelidad refuerza este comportamiento.

Una comunicación inadecuada entre la corteza prefrontal y el sistema límbico también incrementa las posibilidades de ser infiel”, asegura el psiquiatra Eduardo Calixto. Y es que, en un principio, quienes tienen esta disfunción son más impulsivos y no planifican sus actos. Así que tampoco atienden a las consecuencias de los mismos. Muy al contrario, el placer propiciado por la infidelidad refuerza este comportamiento.
Hormonas: Aquellos hombres que están más expuestos a testosterona en el útero materno son más infieles. Para saberlo, mira la longitud de su dedo anular. Cuanto mayor sea la diferencia entre este y el dedo medio, mayor habrá sido su exposición a esa hormona.
Personalidad: Según una encuesta realizada por investigadores de la Universidad de Guelph (Canadá): “Los hombres y mujeres que dudan de sus habilidades sexuales son amantes del riesgo o impulsivos y se excitan muy fácilmente; y tienen más posibilidades de involucrarse en relaciones clandestinas que otros”.
Genética: El gen receptor de la vasopresina, el alelo 334 que tienen dos de cada cinco hombres, incrementa la tendencia a la infidelidad en un 70%. Al menos eso asegura un estudio realizado por el Instituto Karolinska de Suecia. Algo que también ocurre en la naturaleza, pues, según una investigación del Instituto Max Planck, las hembras del diamante mandarín han heredado su tendencia a la promiscuidad de sus antepasados machos.

jueves, 12 de julio de 2012

Is a Bad Mood Contagious?

Is a bad mood contagious?
--Michael Lenneville, Washington, D.C.
Gary W. Lewandowski, Jr., associate professor of psychology at Monmouth University and co-editor of www.ScienceOfRelationships.com, provides an answer:

When you see someone coughing, you reflexively know to steer clear of his or her germs. When you observe someone who is cranky or complaining, it is less obvious what to do. Studies suggest, however, that others' moods may be as easy to catch as their germs.
Psychologists call this phenomenon emotional contagion, a three-step process through which one person's feelings transfer to another person. The first stage involves nonconscious mimicry, during which individuals subtly copy one another's nonverbal cues, including posture, facial expressions and movements. In effect, seeing my frown makes you more likely to frown. People may then experience a feedback stage--because you frowned, you now feel sad. During the final contagion stage, individuals share their experiences until their emotions and behaviors become synchronized. Thus, when you encounter a co-worker on a bad day, you may unknowingly pick up your colleague's nonverbal behaviors and begin to morph into an unhappy state. Mimicry is not all bad, however; a person can also adopt a friend or colleague's good mood, which can help enhance their bond.
Although mimicry often occurs outside of our awareness, sometimes we can observe it. Let us say you see someone across from you on the train yawn. Often you cannot help but yawn as well. Recent research suggests that this type of mimicry is more common when the person yawning is someone close to you, such as a family member, good friend or romantic partner. Another study revealed that nonconscious mimicry, also dubbed the chameleon effect, occurs more often in more empathetic people.
The contagious nature of emotions can become amplified when individuals are in frequent contact with one another. In one study, marriage researchers Lisa A. Neff of the University of Texas at Austin and Benjamin R. Karney of the University of California, Los Angeles, examined more than 150 couples for three years to determine how one spouse's stress influences the other spouse and overall marital quality. They found that wives were not affected significantly. Husbands, however, experienced lower marital satisfaction when their wives reported higher stress. More important, emotional crossover was more pronounced when the couple engaged in negative conflict-resolution practices, such as rejecting or criticizing the partner.
These studies emphasize the importance of choosing wisely the company you keep, so you can catch others' good moods, rather than their bad moods.

domingo, 8 de julio de 2012

Alimentos y evolución humana




Las circunstancias y los ecosistemas por los que ha pasado nuestra especie, han ido determinando la historia de la humanidad. Parece obvio pensar que la alimentación ha sido determinante en todo ello, sin embargo, en el desarrollado mundo actual, a veces olvidamos qué repercusiones tuvieron los cambios alimentarios en la continua evolución de los seres humanos. Vamos a mirar un poco al pasado, quizás para seguir caminando hacia el futuro con mayor base de conocimiento. Me he basado para escribir este texto en un interesantísimo artículo de la revista Investigación y Ciencia, cuyos datos menciono en la fuente, al final de esta entrada.
Las características que diferencian a los seres humanos del resto de los primates se debieron, en buena parte a la selección natural.
El interés científico en la evolución de los requerimientos nutritivos de nuestra especie cuenta con una larga tradición. Pero la investigación se intensificó a raíz de una publicación, en 1985, del artículo “Nutrición Paleolítica” en New England Journal of Medicine, firmado por S. Boyd Eaton, y Melvin J. Konner, de la Universidad de Emory. Sostenían que la difusión en las sociedades modernas de muchas enfermedades crónicas (obesidad, hipertensión, enfermedades coronarias y diabetes) se debía al alejamiento  de nuestra alimentación del tipo de dieta que había evolucionado  para una población de cazadores-recolectores prehistóricos, como mencionábamos al principio de este texto.
En los 18 años transcurridos desde este estudio pionero, hemos avanzado mucho en el conocimiento de las necesidades nutricionales humanas. Hoy sabemos que la evolución nos ha moldeado de esta forma para que no dependiéramos de una sola dieta paleolítica, sino que fuésemos flexibles en los hábitos alimentarios.
Para llegar a comprender el papel de la alimentación en la evolución humana, debemos recordar que la obtención de comida, su consumo y su utilización en diversos procesos biológicos, son aspectos fundamentales en un ser vivo. La dinámica energética entre los organismos y su entorno (energía gastada respecto de energía adquirida) comporta necesidades adaptativas para la supervivencia y reproducción.
El entorno influye en la forma en que el individuo reparte la energía entre mantenimiento y producción. Unas condiciones hostiles imponen costes de mantenimiento superiores; sin embargo el objetivo de todos los organismos es el mismo: dedicar suficiente energía  a la reproducción para asegurar a largo plazo el éxito de la especie.
El bipedismo:
Los primates no humanos deambulan sobre las cuatro extremidades; de ahí que se dé por hecho que el último antepasado común de los humanos y de los chimpancés (nuestro pariente vivo más próximo) fuera cuadrúpedo. No sabemos cuándo vivió ese último antepasado pero existen indicios claros de locomoción bípeda en Australopithecus que vivieron en África hace unos cuatro millones de años.
En la bibliografía paleoantropológica existen muchas hipótesis sobre el origen de la locomoción bípeda.  C. Owen Lovejoy, de la Universidad Estatal de Kent, propuso en 1981, que la locomoción sobre dos extremidades inferiores liberaba los brazos para transportar las crías y los alimentos recolectados. Más próximamente, Kevin D. Hunt, de la Universidad de Indiana, defendió que surgía porque permitió alcanzar alimentos a los que antes no se llegaba. Según Peter Wheeler de la Universidad John Moores de Liverpol, desplazarse erguido permitía a los homínidos  regular mejor la temperatura corporal, porque así exponían menos superficie corporal al abrasador sol africano.
Hay muchas más teorías, pero William R. Leonard, basándose en investigaciones realizadas con su esposa, Marcia L. Robertson, sostiene que nuestros antepasados se hicieron bípedos, en parte porque ese tipo de locomoción, resulta, desde el punto de vista energético, menos costosa que la locomoción cuadrúpeda.
A los simios antropomorfos no les resulta barato caminar a cuatro patas.  Los chimpancés que caminan con los nudillos, gastan aproximadamente un 35% de caloría más que un cuadrúpedo ordinario del mismo tamaño, como un perro grande.  La mayor parte de la evolución de los primeros homínidos se produjo en zonas de bosques abiertos y en praderas donde se hacía difícil hallar el sustento.  Las sociedades actuales de cazadores y recolectores, que viven en ambientes así, suelen cubrir distancias de 10 a 13 kilómetros cada día para encontrar comida.
En el grupo de los homínidos del Plioceno, dicha evolución fue causada por el cambio climático. A medida que el continente africano se hacía más seco y las sabanas se extendían a expensas de los bosques, los recursos alimentarios se distribuían  con una discontinuidad creciente. En este contexto, la locomoción bípeda puede considerarse como una de las primeras estrategias en la evolución de la nutrición humana; una forma de desplazamiento que redujo drásticamente el número de calorías empleadas en buscar unos recursos alimenticios cada vez más dispersos.
Desarrollo del tamaño cerebral:
En cuanto los humanos perfeccionaron su locomoción, comenzó el siguiente acontecimiento fundamental de la evolución: el desarrollo del tamaño cerebral.
De acuerdo con el registro fósil, los Australopithecus no alcanzaron un cerebro mucho mayor que el de los simios antropomorfos; sólo experimentaron un aumento modesto de unos 400 centímetro cúbicos, hace 4 millones de años, y a 500, 2 millones de años más tarde. Sin embargo, el volumen cerebral del Homo pasó de los 600 centímetro cúbicos del “Homo habilis”, hace unos dos millones de años , a los 900 centímetro cúbicos de los primeros “Homo erectus”, sólo 300.000 años más tarde. El cerebro del H. erectus, no alcanzó el tamaño actual (1350 centímetro cúbicos como término medio) pero superó al de los primates no humanos.
El aspecto más extraordinario, desde el punto de vista evolutivo, de un cerebro voluminoso, es la cantidad de energía que consume, unas 16 veces más que el tejido muscular por unidad de peso. Debemos gastar una fracción importante  de nuestro suministro energético diario al funcionamiento cerebral; este órgano,  en reposo, representa un 20-25% de las demandas energéticas de un adulto humano, mucho más que el 8-10% observado en los primates no humanos y el 3-5% que asignan al cerebro de otros mamíferos.
En la evolución de un cerebro tan costoso en energía, intervinieron varios factores, pero no fue posible antes de que los homínidos adoptaran un tipo de dieta tan rica en calorías y nutrientes que cubriese sus necesidades.
Los fósiles revelan que la mejora en la calidad de la dieta acompañó al desarrollo evolutivo del cerebro. Todos los Australopithecus tenían características esqueléticas y dentarias adaptadas al consumo de alimentos vegetales coriáceos y de baja calidad. Sus representantes más avanzados, los australopitecos robustos (una línea familiar extinta del árbol familiar de los homínidos, contemporánea de miembros de nuestro género) habían adquirido rasgos evidentes de masticar vegetales fibrosos: rostros macizos y discoidales, mandíbulas muy potentes, cresta sagital en la parte superior del cráneo para la inserción de poderosos músculos masticadores y molares robustos con esmalte muy grueso. En cambio los primeros miembros del género Homo, que descendían de los australopitecos gráciles, tenían caras mucho más pequeñas, mandíbulas más delicadas, molares menores y carecían de cresta digital, a pesar de que su cuerpo era mucho mayor que el de sus predecesores. Este conjunto de características indica que los primeros Homo  consumían menos vegetales y más alimentos de origen animal. La extensión de la sabana  incrementó la presencia de mamíferos de pasto, como los antílopes y las gacelas; la captura de animales se convirtió en unos de los fundamentos de la alimentación.
Pero estos cambios en la dieta y en el comportamiento asociado a ella, no convirtieron a nuestros antepasados en carnívoros estrictos, sin embargo la adición de pequeñas cantidades de alimentos de origen animal a su dieta, combinada con la repartición de recursos, común en los grupos de cazadores-recolectores, aumentó la calidad y estabilidad de su alimentación.
La migración alimentaria:
Cuando los seres humanos se trasladaron a latitudes más septentrionales, tropezaron con nuevas dificultades alimentarias. Los neandertales que vivieron durante las últimas glaciaciones en Europa, fueron los primeros homínidos que habitaron ambientes de tipo ártico; hubieron de aumentar la cantidad de calorías que ingerían para sobrevivir bajo estas condiciones. Podemos obtener alguna pista sobre sus requerimientos energéticos, a partir de datos de poblaciones humanas actuales que, con modos de vida tradicional, moran en las zonas septentrionales. Los “evenki” pastores siberianos de renos estudiados por Meter Katzmarzyk, de la Universidad Queen´s de Ontario y Victoria A. Galloway, de la Universidad de Toronto, y los “inuit”  (esquimales) del ártico canadiense tienen un metabolismo basal un 15% más alto de los individuos de talla similar que viven en climas templados. Las actividades, mucho más costosas desde un punto de vista energético, asociadas a la vida en un clima boreal elevan todavía más el requerimiento calórico. Por ejemplo, un hombre de 75 Kilos de un país industrializado  solo necesita unas 2600 Kilocalorías al día, mientras que un “evenki” de 56 Kilos requiere más de 3000 Kilocalorías diarias para vivir.
Que fueran capaces  de satisfacer estas demandas energéticas nos habla de sus grandes aptitudes para obtener alimento.

Conclusiones:
Del mismo modo  que la exigencia de mejorar la calidad de la dieta influyó en la evolución humana inicial, factores análogos desempeñaron una función crucial en el incremento, más reciente, del tamaño de la población.
La cocción de los alimentos, la agricultura e incluso ciertos aspectos de la técnica moderna de la alimentación pueden considerarse tácticas innovadoras para potenciar la calidad de la dieta humana. En primer lugar la cocción aumentó  la energía disponible en las plantas silvestres. Con la llegada de la agricultura, el humano empezó a manipular especies marginales para aumentar su producción, digestibilidad y contenido nutritivo. Toda esta serie de transformaciones continúa, hoy en día, con la modificación genética de plantas cultivadas que producen “mejores” frutos, vegetales y cereales.
El resultado de todo ello ha sido eficaz: la especie humana no se ha extinguido. Sin embargo se trata, no solamente de sobrevivir, sino también de vivir con salud.
El estudio de poblaciones que mantienen todavía un estilo de vida tradicional nos enseña que el humano puede, hoy día, cubrir sus exigencias nutricionales mediante una gran variedad de estrategias alimentarias. La evolución habría privilegiado la flexibilidad en la dieta y la disponibilidad de alimentos.

Fuente bibliográfica:
William R. Leonard. La incidencia de la dieta en la hominización. Investigación y Ciencia 66 (317). La dieta humana: biología y cultura. 4º trimestre 2011. Prensa científica, S. A.