jueves, 18 de septiembre de 2014

Esta diferencia es el principal rasgo distintivo de nuestra especie, según un estudio de genómica

  Las caras humanas son mucho más variadas que las de los animales en general. Fuente: UC Berkeley.
 Las caras humanas son mucho más variadas que las de los animales, lo que significa que evolutivamente es el elemento del cuerpo que hemos preferido para distinguirnos unos de otros. Un estudio del genoma de seres humanos de varios continentes demuestra que las partes del mismo asociadas con los rasgos faciales son mucho más diversas que las de otros rasgos, como la longitud de las extremidades.
 
 La gran variedad de los rostros humanos no tiene comparación en el reino animal. Que la cara de cada persona sea única e irrepetible es el resultado de presiones evolutivas que han conseguido evitar el caos en la identidad dentro de grupos sociales complejos, según un nuevo estudio publicado en la revista Nature Communications.

Un equipo de científicos, liderado por la Universidad de California en Berkeley (EE UU), midió los rasgos faciales y corporales humanos para mostrar que los rostros de las personas son mucho más variables en su forma y diseño que en otros animales.

“Se analizaron los datos genéticos de poblaciones de África, Europa y Asia del proyecto 1.000 Genomas para buscar firmas de la selección natural en las regiones del genoma asociadas con la variación en la morfología facial humana”, explica a Sinc Michael Joseph Sheehan, autor principal del trabajo e investigador de la Universidad de California.

Los científicos se preguntaron si los humanos tienen caras inusualmente únicas –en comparación con otros animales– porque la selección ha propiciado que sean fácilmente reconocibles. “Si este fuera el caso", añade el experto, "las zonas del genoma asociadas con patrones faciales tendrían niveles elevados de diversidad genética dentro de las poblaciones. El resultado es que esa es la realidad”.

Los investigadores encontraron que los rasgos faciales son mucho más variables que los corporales, tales como la longitud de la mano. Las personas con brazos más largos, por ejemplo, suelen tener las piernas más largas, mientras que los humanos con narices más anchas o de ojos muy separados no tienen por qué lucir narices largas.

Asimismo, el hallazgo significa que las presiones evolutivas han intervenido para mantener altos niveles de diversidad en los rostros.

“Muchas otras especies utilizan las caras para el reconocimiento individual. Este tipo de identificación está presente en muchos primates e incluso se ha demostrado su papel en algunas avispas. Otras especies sin variaciones en sus caras pueden utilizar otros rasgos tales como vocalizaciones o marcas olfativas para el reconocimiento. Sin embargo, no hay evidencias de que este tipo de rasgos también sean seleccionados para ser más diferentes entre sí”, apunta el investigador. La gran variedad de los rostros humanos no tiene comparación en el reino animal. Que la cara de cada persona sea única e irrepetible es el resultado de presiones evolutivas que han conseguido evitar el caos en la identidad dentro de grupos sociales complejos, según un nuevo estudio publicado en la revista Nature Communications.

Un equipo de científicos, liderado por la Universidad de California en Berkeley (EE UU), midió los rasgos faciales y corporales humanos para mostrar que los rostros de las personas son mucho más variables en su forma y diseño que en otros animales.

“Se analizaron los datos genéticos de poblaciones de África, Europa y Asia del proyecto 1.000 Genomas para buscar firmas de la selección natural en las regiones del genoma asociadas con la variación en la morfología facial humana”, explica a Sinc Michael Joseph Sheehan, autor principal del trabajo e investigador de la Universidad de California.

Los científicos se preguntaron si los humanos tienen caras inusualmente únicas –en comparación con otros animales– porque la selección ha propiciado que sean fácilmente reconocibles. “Si este fuera el caso", añade el experto, "las zonas del genoma asociadas con patrones faciales tendrían niveles elevados de diversidad genética dentro de las poblaciones. El resultado es que esa es la realidad”.

Los investigadores encontraron que los rasgos faciales son mucho más variables que los corporales, tales como la longitud de la mano. Las personas con brazos más largos, por ejemplo, suelen tener las piernas más largas, mientras que los humanos con narices más anchas o de ojos muy separados no tienen por qué lucir narices largas.

Asimismo, el hallazgo significa que las presiones evolutivas han intervenido para mantener altos niveles de diversidad en los rostros.

“Muchas otras especies utilizan las caras para el reconocimiento individual. Este tipo de identificación está presente en muchos primates e incluso se ha demostrado su papel en algunas avispas. Otras especies sin variaciones en sus caras pueden utilizar otros rasgos tales como vocalizaciones o marcas olfativas para el reconocimiento. Sin embargo, no hay evidencias de que este tipo de rasgos también sean seleccionados para ser más diferentes entre sí”, apunta el investigador.
 
Ya en los neandertales

Este es el primer estudio en animales que ha proporcionado pruebas de selección de señales de identidad mediante el análisis de la variación genética.

"Está claro que reconocemos a la gente por muchos rasgos –por ejemplo, su altura o su modo de andar– pero nuestros hallazgos sostienen que pero las facciones de la cara son las más determinantes", concluye Sheehan.

Las similitudes en estas regiones específicas del genoma, en comparación con las secuencias de los neandertales, también indican que esta variación puede incluso preceder al origen de los humanos modernos.

“Al comparar la variación genética que se encuentra en los humanos modernos con las secuencias del genoma de los neandertales y los homínidos de Denisova (otro homínido arcaico) encontramos que las secuencias de los individuos antiguos se encuentran dentro de la diversidad humana moderna. Esto significa que la variación que vemos en los humanos modernos debe haberse originado antes de la división entre los linajes humanos y neandertales”, asegura el científico.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Los simios líderes y sus súbditos tienen cerebros diferentes


Un estudio publicado en la revista Plos Biology, y realizado por investigadores de la Universidad de Oxford, ha demostrado que los simios que ejercen de líderes y sus súbditos muestran patrones cerebrales diferentes. Los expertos estudiaron los cerebros de macacos que vivían en grupos de cinco individuos, con lo que resultaba bastante fácil diferenciar que ejemplar ejercía el rol dominante. Y lo que observaron es que en aquellos que mostraban liderazgo, tenían más desarrolladas tres regiones cerebrales, concretamente la amígdala, el hipotálamo y el núcleo del rafe. Mientras que sus seguidores, tenían más desarrollada el área concoida como cuerpo estriado.
"Es revelador que las tres áreas que los macacos líderes tienen más desarrolladas sean aquellas involucradas en cuestiones como la negociación", explica la doctora Mary Ann Noonan, directora del estudio.
La trascendencia de este descubrimiento reside en que apunta a la posibilidad de que el rol dominante en el mundo animal (al menos en lo que se refiere a los primates) no depende únicamente del tamaño físico del individuo y en lo amenazador que pueda resultar a los demás. "Es probable que sean ambas cuestiones las que influyan en el liderazgo de los primates, su fuerza física y su disposición cerebral para dominar al resto", explica Noonan. "Igual que sus cuepros y sus músculos han evolucionado para daptarse a ese rol, sus cerebros también lo han hecho".
Pero, ¿son extrapolables estas conslusiones al ser humano? "Hay que comprobarlo, pero en principio es factible que sea así", asegura la experta. "Poseemos las mismas áreas cerebrales que los macacos, involucradas además en funciones idénticas".

martes, 12 de agosto de 2014

Exceso de estrés borrará tu memoria


Descubren que la producción de cortisol reduce la materia gris en la zona del hipocampo.










El daño causado por el exceso de la hormona del estrés es irreversible. Investigadores españoles han demostrado en un ensayo realizado por primera vez en humanos que la hormona del estrés, denominada cortisol, provoca una pérdida de la memoria.
El estudio fue elaborado por el Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras (Ciberer), organismo público español, y el Hospital de Sant Pau de Barcelona (este de España).
La investigadora Eugenia Resmini explicó que el trabajo se basó en resonancias magnéticas a pacientes con síndrome de Cushing, una enfermedad rara en la que el propio cuerpo genera un exceso de cortisol.

Aunque en principio los pacientes ya estaban curados, los investigadores descubrieron que se había reducido la materia gris en la zona del hipocampo del cerebro, lo que provocaba las pérdidas de memoria.

Esta disfunción neuronal se explica porque, por un lado, disminuye el metabolito N-acetilaspartato, lo que indica que la materia gris está dañada, al tiempo que aumentan las sustancias glutamato y glutamina, que demuestran que, en cambio, crece la materia blanca del cerebro, como un mecanismo compensatorio.
El hecho de que los pacientes estuviesen ya curados demuestra que el daño causado por el exceso de la hormona del estrés es irreversible, explicó Resmimi, quien apuntó que el estudio abre nuevas vías de investigación como, por ejemplo, comprobar los daños que genera el estrés crónico diario.
También señaló que sería útil hacer un seguimiento de los pacientes que se tratan con altas dosis de fármacos glucocorticoides, como la cortisona, ya que son antiinflamatorios que imitan la acción del cortisol, la hormona del estrés.
El trabajo, que se presentó en el Congreso Europeo de Endocrinología celebrado del 27 de abril al 1 de mayo, se ha basado en el estudio de 18 pacientes con síndrome de Cushing y 18 personas sanas como grupo de control.
La relación entre la hormona del estrés y la pérdida de memoria se había estudiado en animales, pero hasta ahora no había ninguna investigación basada en humanos que probase esta relación.

viernes, 1 de agosto de 2014

La oscuridad hizo más listo al ser humano



























Según una investigación reciente de la Universidad Libre de Ámsterdam, los esquemas almacenados en el cerebro hacen que interpretemos los datos visuales de una u otra manera.

Este mecanismo se exacerbaría en la oscuridad: psicólogos como Richard Wiseman han hecho notar que las visiones espectrales se manifiestan casi siempre durante las horas en las que se producen claroscuros.

El estudio mencionado explica que, por ejemplo, solemos deducir cuál es la reflectancia –cantidad de luz reflejada por la superficie– de los objetos a partir de sus sombras, que sirven de base para componer toda la figura.


Evidentemente, este proceso produce muchos fallos, pero también estimula nuestra psique. El antropólogo británico Chris Stringer nos recuerda que el cerebro del Homo sapiens, menos voluminoso que el de los neandertales, tiene más desarrollados los lóbulos temporales y la corteza orbitofrontal, áreas relacionadas con la capacidad de anticiparse y desentrañar aquello que desconocemos.


La profesora de la Universidad de Oxford Eiluned Pearce completa esa idea. En un estudio publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B Journal llegaba a la conclusión de que la extraordinaria agudeza visual del Homo neanderthalensis fue en realidad su perdición, pues esa ventaja con respecto a nuestra especie redujo sus lóbulos frontales.

De algún modo, fue en detrimento de su capacidad para imaginar y adentrarse en los límites del pensamiento. Quizá somos los descendientes de quienes supieron adaptarse a la noche: su cerebro era más apto para descifrar los misterios de las tinieblas.

miércoles, 30 de julio de 2014

¿Cómo influyen los genes en la percepción del dolor?



Como-influyen-los-genes-en-la-percepcion-del-dolor-1.jpg Wavebreakmedia Ltd/Wavebreak Media/Thinkstock
Aunque la sensación de dolor no sea algo placentero y de vez en cuando hubiéramos deseado no tenerla en lo absoluto, lo cierto es que esta cumple una función crucial en nuestras vida: la de alejarnos de aquellas cosas dañinas para el organismo. Pero, al parecer, ni todos sentimos de la misma manera ni todos tenemos esta capacidad. Los científicos se han preguntado en los últimos tiempos cuál es el rol de los genes en la percepción del dolor. He aquí qué se sabe acerca de ello.
Ver también: 5 curiosidades sobre el dolor

¿Todos sentimos dolor?

Los responsables de percibir el dolor en el cuerpo humano son los llamados nervios sensitivos del dolor o nociceptores, quienes envían señales a la médula espinal, que a su vez se interconectan con varias partes del cerebro. Pero a lo largo de este proceso de transmisión participan determinadas proteínas que son sintetizadas en los códigos genéticos. ¿Pero es posible que no todos sintamos dolor?
La insensibilidad congénita al dolor es una afección que aparece muy rara vez en la población. Las personas que la padecen no sienten dolor. Es una condición genética que afecta solo la percepción del dolor, no el sentido del tacto.
Como-influyen-los-genes-en-la-percepcion-del-dolor.jpg moodboard/moodboard/Thinkstock
Los niños que sufren esta enfermedad están siempre en peligro, pues el desafío propio de la infancia y la adolescencia los coloca en situaciones de riesgo. Justamente, el dolor nos previene de cometer acciones que podrían ser fatales para nuestras vidas.
Ver también: ¿Cómo actúa la morfina para calmar el dolor?

Genes que influyen en la percepción del dolor

Como decíamos, el proceso de percepción del dolor es complejo e involucra las cadenas de ADN. Cualquier mutación puede romper estos enlaces y afectar los nervios de la sensibilidad. Las personas que padecen insensibilidad congénita al dolor tienen afectados algunos genes responsables de esta tarea.
Cuando esto sucede, estos genes dejan de codificar las proteínas necesarias. Los científicos han encontrados dos tipos principales de genes involucrados en la percepción dolorosa.
Como-influyen-los-genes-en-la-percepcion-del-dolor-2.jpg Purestock/Thinkstock
Primero, los que garantizan las proteínas encargadas del desarrollo y la cantidad de noniceptores. Segundo, los que codifican las proteínas responsables de la actividad propiamente de los nervios sensitivos del dolor. Es un sistema de señales eléctricas que permite la sensibilidad al dolor.
Este grupo de genes incluyen códigos para unas estructuras llamadas canales de iones, encargados químicamente de detectar y transmitir información relacionada con el dolor.
Finalmente, es importante decir que, si establecemos que los cambios genéticos influyen en cómo sentimos dolor, es lógico que estas respuestas del cuerpo sean distintas para cada persona en dependencia de sus propias cadenas genéticas. Ante la más sutil alteración de los códigos pudiera haber una variación el comportamiento del organismo. Y esto ocurre justamente por la función central que ocupan los genes en la percepción del dolor.

miércoles, 23 de julio de 2014

La complejidad

Dirigido por Charles H. Lineweaver, Paul C. W. Davis y Michael Ruse. Cambridge University Press; Cambridge, 2013.

Existe una idea muy extendida de que el universo en general, y la vida en particular, se van haciendo cada vez más complejos con el tiempo. Para admitir que el mundo físico es extraordinariamente complejo basta con mirar a nuestro alrededor. De las moléculas a los cúmulos galácticos, se observa una superposición de capas de estructuras y de procesos complejos. El éxito de la empresa científica a lo largo de los últimos 300 años parte en buena medida del supuesto de que, en el universo, más allá de la complejidad que reina en la superficie, existe una elegante simplicidad matemática. Desde hace unos años, favorecido por la disponibilidad de una computación rápida y poderosa, la ciencia ha buscado principios generales que gobiernen la complejidad. Se han abordado diferentes formas de complejidad, desde el apilamiento caótico de rocas hasta la organización exquisita de un ser vivo.
El progreso espectacular registrado en física de partículas o atómica se debe a que se deja de lado la complejidad de los materiales para centrarse en sus últimos componentes, bastante más sencillos. Los adelantos en cosmología dejan en buena medida de lado las complicaciones de la estructura galáctica y abordan el universo desde un enfoque simplificado. Las técnicas aplicadas a la física de partículas y a la cosmología no sirven para descubrir la naturaleza y el origen de la complejidad biológica, que parece emerger sin cesar. La evolución darwinista explica cómo apareció la complejidad biológica, pero no aporta ningún principio general de por qué surgió. La supervivencia del mejor adaptado no es necesariamente la supervivencia del más complejo. Los físicos se esfuerzan por alcanzar una definición unificada de complejidad, mientras que los biólogos y científicos de la complejidad describen su naturaleza.
Pero ¿qué es la complejidad? ¿Por qué aumenta? A este concepto interdisciplinar se han asociado otros: entropía, orden, información, computación, emergencia o energía libre. Pero no es fácil extender nociones que tienen un significado propio en una disciplina a otra. La energía libre posee un sentido propio en física y química, de difícil encaje en biología; dígase lo propio de la entropía, la información y la computación. Sobre los conceptos orden y emergencia reina una enorme confusión por su vaguedad. Incluso conceptos que creemos unívocos y asentados carecen de límites precisos. Tal el concepto de gen.
Decenios de análisis han desembocado en la creencia común de que el gen constituye una entidad perfectamente definida, que se expresa en una función nítida. En medios científicos, médicos sobre todo, se supone que se trata de una secuencia específica de información genética que, cuando se convierte en ARN mensajero, codifica una proteína. Solo habría que vincular enfermedades con sus genes subyacentes. Entre los genetistas, sin embargo, la noción de gen se ha tornado harto borrosa. Allí donde antaño se veían genes acotados e individualizados, que producían transcriptos de ARN, perciben ahora una masa caótica de ARN. Se pone en cuestión la vieja esperanza de la reducción de problemas biológicos complejos a una interpretación mecanicista del ADN. Ni siquiera se ponen de acuerdo los expertos en centrar en los genes la atención principal con sacrificio de otras partes del genoma, las proteínas o la interacción mutua en distintos tejidos.
Los cosmólogos sostienen que un segundo después de la gran explosión (big bang), hace 13.800 millones de años, el universo era una sopa uniforme de protones, neutrones, electrones y neutrinos, partículas subatómicas bañadas en una radiación uniforme. De la misma surgieron, andando el tiempo, múltiples niveles de complejidad que jalonaron la evolución del universo. A medida que el universo se enfriaba y expandía, la materia no solo se agregaba en estructuras, sino que empezó un proceso de diferenciación progresiva que continúa hasta hoy. El primer estadio fue la formación de helio (He) durante los tres primeros minutos, de modo que la composición química del material cosmológico constaba de hidrógeno (H) y He. Con la formación de las galaxias, unos 400 millones de años más tarde, nacieron las primeras estrellas y se añadieron elementos más pesados que el H y el He; y se diseminaron en las regiones interestelares por explosiones de supernova. Se liberó así el potencial para una variedad casi ilimitada de formas materiales sólidas, que iban de granos finísimos a los planetas.
Con la aparición de los planetas con superficies sólidas, el camino quedaba expedito para el enriquecimiento ulterior de formas materiales a través de cristalización y formación de sustancias amorfas. Las posibilidades fueron astronómicas. La historia de la materia es la historia de una complejidad creciente. Quedémonos en el humilde copo de nieve para comprobar que incluso una población de cristales de hielo puede combinarse en múltiples patrones de filigranas hexagonales, pues quizá no haya habido dos copos de nieve iguales en la historia de la Tierra. Una historia similar cabe aplicar a casi todas las estructuras sólidas; no hay dos rocas de idéntica composición interna o forma externa. La distribución de los objetos no conoce límites. Sin embargo, el futuro del universo será de simplicidad incesante como resultado de la expansión acelerada.
Otro tanto puede aplicarse a los fluidos: no hay dos nubes iguales, ni dos océanos con idéntico patrón de flujo, ni hay dos pautas de convección planetarias iguales (ni, por tanto, dos pautas de campos magnéticos), ni dos patrones de viento estelar, ni dos lluvias de rayos cósmicos, ni... El principio de esa explosión de diversidad puede buscarse en la ruptura de la simetría.
Una de las predicciones principales de todos los tiempos fue realizada en 1852 por el físico William Thomson (lord Kelvin). A partir de las leyes de la termodinámica y la naturaleza de la entropía, Thomson llegó a la conclusión de que el universo se estaba muriendo. La segunda ley de la termodinámica, que había sido formulada años antes por Clausius, Maxwell, Boltzmann y otros, establece que, en un sistema físico aislado, la entropía total (la medida del desorden) no puede disminuir nunca. Todos los procesos físicos, mientras pueden producir una caída de entropía en una región local, entrañan siempre una subida de entropía en cualquier otro lugar que compense lo anterior, de suerte que el resultado neto sea un aumento de la entropía total. Aplicado al universo en su totalidad, la segunda ley predice un crecimiento inexorable de la entropía global con el tiempo y un crecimiento concomitante del desorden. El aumento de entropía debe ahora definirse en referencia a un volumen en expansión del espacio. Una visión simple de la segunda ley de la termodinámica es que el universo comenzó en un estado bajo de entropía, entropía que ha ido en aumento desde entonces y seguirá creciendo en el futuro.
La creciente complejidad del universo se realiza a costa de un aumento de la entropía del campo gravitatorio: mientras la materia y la radiación disfrutan de una energía libre sostenida en virtud del campo para promover procesos complicados, el propio campo gravitatorio paga el precio en su ser desordenado. De modo que la entropía total del universo aumenta incluso cuando crece la riqueza, complejidad y diversidad de sus contenidos. Un campo gravitatorio de baja entropía presenta una forma simple, mientras que un campo de entropía elevada es complejo.
La complejidad no puede aumentar en el tiempo sin una fuente de energía libre para generarla o transferirla. Ello solo es posible si el universo no se encuentra en un estado de equilibrio termodinámico (de muerte térmica). Ejemplo bien conocido de la emergencia de la complejidad y del concomitante incremento de la entropía (o caída de energía libre) que hay que pagar por ello es la estructura organizada de un huracán, que solo es posible por la existencia (y baja entropía) de gradientes de presión, temperatura y humedad. También ofrece otro ejemplo el origen de la vida instado por la explotación de alguna forma de potencial químico redox. La entropía constituye el grado de desorden de un sistema; ello implica que es el orden, y no la complejidad, lo que desempeña un papel inverso. No hay, pues, incompatibilidad entre avanzar en complejidad y avanzar en entropía.
Puesto que la complejidad física requiere la explotación de gradientes de energía libre, el desarrollo de cualquier tipo de complejidad está vinculado a la disminución de energía libre y al incremento de entropía, en conformidad con la segunda ley de la termodinámica. Ahora bien, que el desarrollo de la complejidad sea coherente con la segunda ley no significa que sea explicado por ella. Numerosos autores han reconocido que la entropía y la segunda ley guardan un nexo fundamental con la complejidad. Pero no se trata de una simple relación inversa.
Con la formación de planetas, se abre la puerta a la formación de la vida y el desarrollo de la complejidad biológica. Parece incuestionable que la biosfera es hoy mucho más compleja que cuando la vida apareció sobre la Tierra. (Nadie sabe cuándo ocurrió, pero existe un acuerdo general en fijar esa época hace algo más de 3500 millones de años.) No podemos separar la complejidad de los organismos de la complejidad de su entorno. Un individuo humano es más complejo que una bacteria y una pluviselva más compleja que una colonia de bacterias. Darwin adoptó la metáfora del árbol para describir la evolución, con sus ramas y puntos de separación. Un árbol evolutivo es manifiestamente asimétrico con el tiempo: resulta completamente distinto si lo miramos de arriba abajo. Las mutaciones pueden causar que una especie se divida en dos por divergencia genómica, pero no encontraremos nunca dos especies que se fundan en una (salvo en el exclusivo caso de la endosimbiosis), por la sencilla razón de que es infinitésima la probabilidad de que diferentes secuencias genómicas que representan dos especies acometan las mutaciones requeridas para convertirse en una idéntica.
No existe una ley absoluta sobre la complejidad biológica, aunque se han documentado dos tendencias en la escala de la historia de la vida: el tamaño corporal y la jerarquía (célula procariota, célula eucariota, individuo multicelular, colonia). Si el Sol explotara mañana y destruyera toda la vida, habría que partir de cero para la emergencia de esta. Y por lo que se refiere a la biosfera en su globalidad, la evolución de la complejidad no es vía de dirección única.
La complejidad biológica puede hallarse en una especialización incrementada de partes corporales tales como la duplicación y subsiguiente diferenciación de extremidades animales, en las relaciones entre especies y en las redes de ecosistemas. Aunque el grado de especialización parece un criterio razonable de complejidad biológica, existen numerosos ejemplos en la historia de la vida sobre la Tierra en los que la especialización ha conducido a la extinción, mientras que la simplificación ha conducido a un éxito adaptativo y a la supervivencia. Con otras palabras, la macroevolución exhibe tendencias en una doble dirección: hacia la complejidad y hacia la simplicidad.
Cabe la posibilidad de que la vida haya encontrado y refinado las principales soluciones operativas de los problemas de supervivencia y reproducción, de que la diversidad de la vida tenga saturado el espacio de complejidad y que la complejidad se esté acercando a sus límites. Salvo la complejidad neural, que podría no haber alcanzado su apoteosis en los humanos. Aunque el cerebro de los vertebrados conoció varios incrementos de tamaño, la encefalización rampante se inició en los últimos 20 millones de años. Los datos actuales dan 18 millones de años para el cerebro del delfín, 7 millones de años para los homínidos y quizá la misma cifra para los cuervos de Nueva Caledonia. El cerebro humano constituye la entidad más compleja del universo. Cuando la información suministrada por el entorno cambia con una celeridad que impide ser incorporada en los genes (es decir, cambios en el medio a una escala temporal inferior a una generación), puede incorporarse en las capacidades de información biológica del cerebro. Igual que la complejidad biológica, la complejidad cultural dependería, en última instancia, de la complejidad física.

¿Pueden los animales seguir el ritmo?

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Si bien seguir el compás de la música cuando está sonando es algo que los seres humanos hacemos casi de manera espontánea, lo cierto es que muy pocos organismos lo consiguen. La rareza de esta habilidad ha hecho que los científicos se pregunten si los animales pueden seguir el ritmo. Veamos qué se sabe al respecto.
Ver también: 7 problemas que la música puede solucionar

El cerebro humano y el ritmo

Los científicos llaman seguir el ritmo a lograr una sincronización rítmica con un compás externo a través de movimientos corporales. Algunos animales, como los monos, o aves domésticas, pueden moverse con la música y hasta tocar instrumentos, pero seguir el ritmo según se define no parece ser una habilidad del reino animal.
No es hasta los 4 años que se produce el desarrollo rítmico en el ser humano. Los niños menores pueden escuchar el ritmo pero no sincronizar. Esta habilidad se adquiere en un proceso de socialización, cuando el pequeño interactúa con los otros seres humanos, lo que señala un origen evolutivo.
Pueden-los-animales-seguir-el-ritmo-1.jpg Mike Watson Images/moodboard/Thinkstock
Durante el proceso de sincronización musical, casi todas las regiones del cerebro humano se activan poniendo a funcionar el área de los movimientos y el de la audición, lo que eventualmente conduce al baile. A partir de ese momento todas las redes neuronales se intercomunican en sincronización rítmica.

El ritmo de los bonobos

Los bonobos son un tipo de chimpancés que tienen facilidad para responder al lenguaje. Con estos se han hecho diversos estudios sobre el seguimiento del ritmo. Al parecer, algunos pueden repetir el tiempo de los instrumentos y mover los pies al ritmo de la música.
Pueden-los-animales-seguir-el-ritmo-2.jpg Eric IsselTe/Hemera/Thinkstock
Claro que, como ya se ha comprobado, los bonobos poseen una característica extraordinaria: comparten más del 98% del genoma humano. ¿Coincidencias? Los expertos consideran que en estos chimpancés habría una analogía con los niños, que aún no han desarrollado la habilidad de sincronizar, pero sí pueden escuchar el ritmo.
Ver también: El efecto de la música en los animales

¿Por qué solo los humanos siguen el ritmo?

Hasta la fecha no se sabe con exactitud por qué solo los humanos siguen el ritmo. Sin embargo, se manejan algunas teorías. La idea más extendida es que en la evolución de la capacidad rítmica existe un fuerte componente social. Se cree que la habilidad de repetir sonidos era importante para crear unidad grupal y lazos entre sus miembros.
Pueden-los-animales-seguir-el-ritmo-3.jpg mira33/iStock/Thinkstock
La sincronización rítmica estaría pues relacionada, de manera mímica, con la capacidad de estar unidos grupalmente, de ser como uno solo: un mismo tiempo, acciones coordinadas.
Justamente como la unidad social es compleja y requiere el desarrollo conjunto de varias habilidades, la resultante de esa sincronización –poder seguir el ritmo– es una rareza, alcanzada solamente en los seres humanos y en muy excepcionales animales.