viernes, 15 de enero de 2010

Nuestro antepasado Ardipithecus ramidus


La paleontóloga Nuria García nos cuenta la aventura de su hallazgo
Nuria García

El mundo de Ardipithecus ramidus
El ilustrador Arturo Asensio ha recreado para Quo el entorno en que vivió Ardi: un exuberante edén. El abundante antílope de cuernos retorcidos convivía con algunas especies de dientes de sable con colmillos de mediano calibre.
Trabajar en el hostil desierto de Afar no resulta fácil. Es imprescindible contar con el permiso y protección de los clanes Afar, pastores nómadas y orgullosos guerreros con líderes propios que no obedecen al Gobierno central. Hasta allí llegó en 1981 el reducido equipo de paleontólogos del Middle Awash Research Project para analizar los terrenos de la región de Aramis, por donde discurre el curso medio del río Awash, en Etiopía. El grupo, liderado por Tim White y Desmond Clark, ambos profesores en Berkeley (Universidad de California), junto a Berhane Asfaw (Museo Nacional de Etiopía), había tenido que esperar casi diez años para poder establecer un campamento de exploración.
En 1992 llegaron las sorpresas. Gen Suwa (Universidad de Tokio) encontró el primer molar. Este especialista en dientes supo al instante que había pertenecido a un homínido… pero el equipo de White no podía imaginar que encontrarían restos de varios homínidos, entre ellos un esqueleto femenino parcialmente completo, de hace 4,4 millones de años. Bautizado como Ardipithecus ramidus (del afar, ardi=tierra y ramid=raíz), se hizo después famoso como Ardi.
El Ardipithecus está muy próximo al punto de separación de los linajes del humano y del chimpancé. Y Ardi es el esqueleto fósil más antiguo que se conoce de un homínido, un grupo que incluye a humanos y a varias especies extintas cercanas, pero no a los chimpancés ni a otros simios. Ardi muestra que probablemente no venimos de animales muy semejantes al chimpancé (que caminan sobre nudillos y se desplazan a gran velocidad por las ramas), sino de otras especies de simios menos especializados en su locomoción y más primitivos. Pero para llegar a estas conclusiones hizo falta mucho trabajo. Y yo tuve la suerte de participar en él. Durante mi estancia postdoctoral en el centro HERC de Berkeley, junto a Tim White y Clark Howell, aquel me planteó trabajar con Clark en los carnívoros del Middle Awash. Argumentó que la combinación entre la experiencia y sabiduría de Clark con una investigadora más joven y enérgica, y esas ganas que no podía ocultar de ir al Afar, nos convertirían en una “bomba explosiva para el estudio de los carnívoros”.
En primera línea
Mi primera expedición al Afar fue en noviembre de 2004. Dos días y medio de penosas carreteras y pistas desde Adís Abeba hasta la zona de acampada en el valle del Rift que dejan el cuerpo dolorido y deshidratado. Ya en la zona elegida, las treinta personas, entre investigadores y trabajadores etíopes, montamos el campamento que sería nuestro hogar. Durante la primera semana, las emociones, los miedos, la lista de precauciones contra las serpientes y la malaria, y el aullar de las yangulas (hienas en Afar) bloqueaban mi cerebro y me impedían dormir a pesar del cansancio. Hasta que conseguí integrarme en el Afar. Dos meses en una tienda de campaña es mucho tiempo. Levantarse a las 6:30, desayunar y montarse en los Toyotas a la búsqueda de fósiles hasta el aerocorte (puesta de sol en Afar), pero tenía que ser capaz de disfrutar, la razón que me llevó allí.
Durante semanas trabajamos en varios afloramientos de la región de Bouri y solo fuimos esporádicamente a Aramis, donde ya se habían recogido la mayor parte de los restos de Ardi entre 1994 y 1997. El clan Afar de Adgantole, el pueblo más próximo al yacimiento, no se mostraba en absoluto kataisa (amigo). Desde el campamento cruzamos Bahroekoma (la montaña de las mujeres) y el río Umba, donde se quedó atascado uno de los vehículos. Al otro lado estaba Aramis, la localidad donde el 11 de noviembre de 1994 Yohannes Haile-Selassie había encontrado el primer fósil (un hueso de la mano) de un esqueleto parcial de un homínido. Tras la intensiva criba de unos 7 km2 en un horizonte de unos 3-6 m de espesor se hallaron un total de 125 huesos, sobre todo dientes, de Ardipithecus ramidus que correspondían a al menos 36 individuos diferentes. Uno de los esqueletos era Ardi, una hembra adulta, robusta, de unos 50 kilos de peso (Lucy solo pesaba unos 25), y alrededor de 1,20 metros de altura.

Dientes humanos
De izquierda a derecha: dientes de humano, A. ramidus y chimpancé, todos machos. El tamaño y prominencia de los caninos sitúa al ramidus a medio camino evolutivo entre los otros dos. Debajo, los molares de cada uno. El espesor del esmalte, que va de los 2 mm (rojo), a los 0,5 mm (azul) apunta a que el Ardipithecus era omnívoro, pero prefería los frutos.
Así era
A partir de la morfología de la dentición, a Ardi se la considera una “comedora de todo”, no especializada todavía en frutos más duros de sabana, pero tampoco estricta de frutos blandos, como los chimpancés. Vivía en un ambiente boscoso y comería lo que hay en esos árboles (higos, por ejemplo), combinado con setas, caracoles, e incluso pequeños vertebrados. Sus manos y espalda eran mucho más flexibles que las de los chimpancés, lo que le permitía adoptar variadas posturas en los árboles, una ventaja para hacer nidos, cuidar de su prole, etcétera. En el suelo, le resultarían más eficaces que las de aquellos para manipular su entorno, obtener alimentos subterráneos y acarrear cosas.
La locomoción de Ardi no era la de un perfecto bípedo, como nosotros o Lucy, pues tenía el dedo gordo oponible y el pie arqueado, pero podía caminar por el suelo. Tampoco era la de un perfecto arborícola, como los chimpancés: recogía comida por el suelo, pero subía a los árboles a recolectar frutos, aunque ahí resultaría menos ágil, más lenta y patosa que un chimpancé.
El complejo estudio geológico a cargo de Giday WoldeGabriel ha permitido delimitar y datar el horizonte estratigráfico de Aramis. Las dos capas volcánicas entre las que se intercalan (como en un sándwich) los fósiles tienen una edad de 4,4 millones de años, según el método de 40Ar/39Ar.
Esa es la edad del horizonte de Ardi y su mundo. Y entre 1981 y 2004, la recolección de fósiles dentro de ese horizonte en Aramis ha sido intensiva, selecta y metódica.
Cuando concluyeron las observaciones de campo en 2008 se habían recogido un total de más de 150.000 restos de animales y plantas fosilizadas, desde elefantes hasta pájaros cantores y milpiés, madera fósil, polen, caracoles y larvas… Un equipo interdisciplinar de investigadores los ha usado junto a miles de muestras geológicas e isotópicas para reconstruir el ambiente del mundo del Plioceno de Ardi.
Reconstruir su mundo
Descubrimos que hace casi 4,5 millones de años lo que hoy es una región dura y árida al norte de Etiopía, el Afar, era un bosque frondoso lleno de vida. El hábitat de A. ramidus se puede reconstruir gracias a los cerca de 300 m de antiguos depósitos de lago, río y arroyo intercalados con rocas volcánicas. Sabemos que dominaban los bosques con cursos de agua tipo arroyos y pequeños parches densos, más selváticos. Las palmeras se encontraban en su periferia y probablemente también en pequeños parches de zonas abiertas.
Esta región boscosa iría degradándose y a lo lejos se mezclaría con áreas más abiertas de pradera. Apenas hay elementos de ecosistemas de sabana en la dieta de A. ramidus (según su esmalte dental). Las plantas y animales más abundantes de su hábitat serían la higuera, el almez, los monos colobinos y diferentes antílopes de bosque, además de loros, búhos, pavos reales, varias especies de tigres dientes de sable y hienas, grandes osos, nutrias, puercoespines, jirafas, rinocerontes, elefantes, hipopótamos, etc. Los datos de la biomasa de Aramis indican que el ecosistema estaba dominado por animales ramoneadores (que comen brotes de árboles y plantas) y frugívoros (que comen frutos arbóreos).
En cuanto a los esfuerzos del equipo, su auténtica dimensión se aprecia por el largo lapso de tiempo entre los hallazgos (algunos de los años 90) y las publicaciones. Diecisiete años de trabajo han culminando en un volumen monográfico de la revista Science, cuya portada expone el esqueleto de nuestra protagonista. Nunca antes los restos de un homínido habían acaparado tanta atención como para protagonizar 11 artículos que diseccionan cada elemento de esta pequeña e importante homínido. Para mí, ha resultado apasionante formar parte de su historia.

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